Era el último día del año. Después de una década, en el palacio se llevaba a cabo el baile de año nuevo. Una celebración comparable a los festivales de solsticio, en la que se reúnen la mayor parte de la nobleza, y son invitados plebeyos con talento e influencia. Se podía sentir la alegría, las expectativas y los agradecimientos. Y los últimos podían leerse en las tiras de tela que colgaban de los árboles de fresno que, trece días antes, habían sido talados y colocados en medio de las plazas de todas las ciudades y pueblos del reino. Una tradición que culminaría en hogueras encendidas a media noche.
Amace terminaba de ser maquillada por Cyna, sentada en el taburete de su alcoba, ya vestida con el elegante vestido que le había regalado la reina y su tiara de virreina sobre la cabeza. Su estómago se removía inquieto, mientras recordaba las reuniones sociales a las que debió asistir.
La reina, Hazel de Duhjía, la invitó a tomar el té en cuatro oportunidades. Cada una bajo la premisa de “informal”. En cada una, siendo presentada a un nuevo grupo de damas, quienes iban llegando al palacio a medida que se acercaba el baile de año nuevo.
Fue en la última reunión donde, sonriente, la reina le hizo entrega de un vestido nuevo, con guantes y zapatos a juego. Las damas, maravilladas, alabaron a su reina por el gesto, ignorantes de la incomodidad que carcomía a Macy. Ella no conseguía sentirse cómoda rodeada de tantas personas. Una decena de damas rodeadas por más de dos docenas de doncellas y mozos que se ocupaban de sus necesidades.
Ignorar tantos ojos indiscretos le era difícil.
Casi una tortura.
Y por otra parte, Lady Maica la guió de igual modo en reuniones más “formales”. Comidas y cenas, conciertos privados de músicos, exposiciones de arte, e incluso el club de lectura presidido por la misma, en el que analizaban y opinaban sobre novelas de romance.
Se estremeció, reviviendo la incomodidad que el tema le provocaba.
—Ya casi —murmuró Cyna, malinterpretando su reacción involuntaria.
Dio un par de pinceladas más a sus labios con el labial de un suave tono rojo, y al fin dio un paso atrás, contemplando a su querida Lady con una gran sonrisa.
—Se ve preciosa —dijo.
—Gracias.
Las mejillas de Macy se cubrieron de un suave sonrojo, el cual aumentó cuando escucho la voz de Clim diciendo:
—Es lo más precioso del mundo.
Volteo hacia las puertas con sorpresa, encontrándolo bajo el umbral. Su atuendo formal era gris y azul, con solo dos detalles en rojo, provenientes del emblema de General y la medalla conmemorativa que llevaban todos los soldados que participaron en la subyugación de los Monstruos. No era el traje formal oficial de la armada, más bien, era una versión con menos botones y más clara. Obra de la señora Beena.
—Uh…
Macy no pudo articular palabra. Su corazón bailaba extasiado, aumentando su temperatura corporal y humedeciendo las palmas de sus manos.
—Vamos —dijo Clim, ofreciéndole su mano.
Rendida ante su sonrisa, ella estrechó su mano enguantada y salieron de la habitación despidiéndose de Cyna.
—Hasta mañana, Cyna.
—Hasta mañana, milady, General Clim. Espero disfruten esta noche —agitó una mano con una gran sonrisa.
Salieron al pasillo, donde se encontraban Wills y Guim, el primero con mala cara. El ceño fruncido que Macy rara vez le veía, se profundizó al ver la gran sonrisa de Clim.
—Es injusto, ¿porque tengo que trabajar en año nuevo? —gimoteo.
—Te lo mereces —le dijo Clim, inmune a su enfado.
Como nadie quería trabajar durante esa noche, Clim había dejado en manos de cada Mayor y Teniente la decisión de cómo organizar sus grupos, incluyendo al Mayor Wills. Quien había escogido un juego de cartas para decidir, seguro de que ganaría y sería libre de disfrutar la fiesta… Él y Guim habían perdido.
Ignorando sus quejidos y gimoteos, Clim y Macy continuaron su camino. Guim, por su parte, empujó la espalda de Wills yendo detrás de ellos. Ninguno le dio la menor importancia a su comportamiento infantil, que fue mermando a medida que llegaban al gran salón de baile, y las miradas cayeron sobre Macy y Clim. Guim y Wills les siguieron a poca distancia, prestando atención a cada movimiento y sonido a su alrededor.
Los cientos de asistentes se reunían en los pasillos aledaños, a lo largo y ancho del jardín de la glorieta de unión, dentro de los ocho salones y en las galerías que rodean el jardín. Vistiendo sus mejores galas, luciendo oro y joyas, eran un mar de colores que se abrió dejando pasar a la pareja y sus escoltas.
Los susurros y miradas se sentían demasiado pesados para Macy. Sólo la firmeza del brazo de Clim impedía que arrojase la tiara y corriera lejos, buscando un agujero donde esconderse del mundo.
Los colores del vestido, blanco, rojo y azul, no eran usados por cualquiera. Dado que representaban al mismo reino, la familia real era la única que solía vestirlos durante eventos oficiales, como bienvenidas a extranjeros de alto rango, o eventos relevantes como fiestas de cumpleaños y la celebración de año nuevo. Que la misma reina le hubiese dado un vestido con los colores, era una inequívoca autorización para vestirlos. Cosa que fue confirmada cuando ingresaron al salón, y fueron recibidos por la reina y el rey. Ambos, con atuendos a juego en rojo, blanco y azul, sonrieron y les dieron la bienvenida.