Clim
La mañana llegó y, pese a que regresé a mi habitación después de la medianoche, me levanté a eso de las ocho y fui a entrenar durante una media hora. Dado que Gale tenía el día libre, Mirayn, la doncella personal del rey, me preparo el baño.
—Hum, ¿no tenías el día libre? —le pregunté al regresar a la habitación, mientras secaba mi cabello con una toalla.
Ella, con la cesta de la ropa sucia en sus manos, dio un par de titubeantes pasos hacia la entrada.
—Bueno… necesitaban a alguien para atenderle —respondió, restando importancia.
—Su majestad se va a enfadar.
Ignorando mi advertencia, señaló la ropa que había dejado sobre la cama y se despidió sonriente. Suspirando, me vestí rápidamente y, pese a lo nervioso que me sentía, fui a las habitaciones de Macy.
La noche anterior, de camino al palacete, habíamos acordado desayunar juntos. Dado que al día siguiente ella iba a partir hacia Duhjía, donde estaría durante un par de semanas, estar con ella todo el día era una necesidad de mi corazón. Di un par de golpes a las puertas, tomando nota de la ausencia de Alton y Vehra, y entré. Las voces de Cyna y Macy se escuchaban desde la alcoba, mientras tomaba asiento frente a la mesa ubicada junto a la ventana. A través de ella se podía vislumbrar el cielo despejado, y el jardín exterior con el camino por el que transitaban algunos soldados.
—El aire aún se siente fresco —decía Cyna, colocando un chal sobre los hombros de Macy.
Ambas salían de la alcoba, pero Macy me vio primero.
—Está bien, entiendo —dijo, sonrojándose.
—Oh, General, el desayuno debe estar por llegar —me informó Cyna, tras seguir la mirada de Macy y notar mi presencia.
—Está bien —dije, conteniendo el impulso de tocar a Macy mientras ella se sentaba enfrente, al otro lado de la pequeña mesa.
Tan cerca…
—Regreso enseguida —dijo Cyna, saliendo al pasillo con rapidez.
Le di un vistazo a las puertas entreabiertas con algo de molestia, y una duda que salió de mis labios.
—¿Cuando escogerás un reemplazo de Lyssa?
Ella frunció los labios en un gesto infantil que casi, casi consiguió que olvidase mi molestia.
—Sabes que no puede posponerlo mucho más —dije, y señalé—. No tienes dama de compañía, todo recae sobre Cyna.
—Lo sé…
—En realidad, lo mejor sería que escojas dos o tres.
—¡Dioses, Clim! ¡No es necesario…!
—No puedes comparar a una doncella común con Lyssa.
—¡Pero…!
En ese momento llegó Cyna, interrumpiendo lo que bien podría considerarse una discusión. Aunque prefiero que me hable con toda honestidad por sobre su silencio.
Cyna empujó el carrito de servicio a un lado de la mesa, e ignorando la expresión enfurruñada de Macy, comenzó a colocar las cosas. Los platos con huevos revueltos y panecillos, sus respectivas cucharas y cuchillos, y un vaso con zumo para Macy y uno con leche para mi.
Un desayuno bastante ligero.
Comimos entonces con tranquilidad. Mi corazón daba volteretas cada vez que nuestros ojos se encontraban, y ella intentó retomar la discusión. Pero agite la cabeza y alcancé su mano, dándole un apretón antes de soltar con una sonrisa:
—Casémonos.
Sus ojos se abrieron con sorpresa y un brillante sonrojo encendió su rostro.
—¿Q-qué…? Y-yo… eso… —balbuceó.
Cyna ahogó su risa a sus espaldas, mientras su sonrojo se extendía a sus orejas y cuello. Intentó apartar su mano, pero me aferre a ella e insistí medio en broma:
—Si nos casamos, no necesitarás una tercera doncella.
—Ugh. No crees que es… precipitado… Eso no… —balbuceo, apartando la mirada.
Me reí de ella y la situación, ni un poco arrepentido de perturbarla.
Evidentemente molesta, terminó de comer y bebió el resto de su zumo de golpe, casi ahogándose. Y antes de que ella pudiese retomar la discusión, me puse de pie y extendiendo mi mano le dije:
—Vamos.
Soltando un suspiro exasperado, acepto mi mano.
Salimos por una de las puertas laterales al sureste del muro que rodea el palacio, sin carruaje ni caballos, y con Alton y Verha siendo los únicos escoltas. Caminamos por el mercado, tanto por las largas calles con grandes negocios, como los callejones con sus tiendas y fuentes.
Todos vestíamos con la sencillez de cualquier plebeyo, pero Alton y Verha tenían inconfundibles posturas militares. Y probablemente yo también.
Hay cosas que no se pueden ocultar.
Macy insistió en detenerse en casi todos los negocios y las tiendas, disfrutando de comprar baratijas y alimentos. Pese a que su cabello estaba cubierto por un pañuelo y trenzado a su espalda, era de público conocimiento “el color del cabello de la bruja del hielo”. Sin embargo, mi preocupación quedó en segundo plano tras cada sonrisa que intercambiaba con los comerciantes, y las mordidas a cada comida que ponía en mi mano.