Amace regresó a Duhjía, pero después de diez días tras su llegada, fue llamada de vuelta a Real por el rey. No tenía claro la razón, sin embargo, la reconstrucción estaba casi lista. Pronto los habitantes de la ciudad escogerían a su siguiente alcalde, y podrá dar por terminados sus deberes en aquel lugar.
Se reunió entonces con su majestad Ambon.
—Necesito que viajes a Minkah —dijo, sentado frente a ella en la oficina que le había dado.
—Entiendo —asintió ella, sacudiéndose la sorpresa—. ¿Cuál sería mi objetivo?
—El alcalde de Minkah —comenzó a explicar—, ha estado enfermo durante un par de años. Su tiempo a cargo todavía no termina, pero desde que cayó enfermo su esposa le ha ayudado con la administración. Por supuesto, fue escogido sin mi ratificación, dadas las circunstancias de entonces.
»En apariencia, no sería un problema. Los reportes oficiales no mencionan nada extraño, las cuentas públicas cuadran y su ciudad más cercana, Onode, no reporta otra extrañeza fuera de las desapariciones de algunos ciudadanos que cruzaron el puente que los une.
—¿Cuántos ciudadanos desaparecieron? —preguntó Macy.
Bien sabía que, pese a llevar el nombre del mismo río que divide gran parte de Radwulf, la ciudad de Onode nunca ha llegado a poseer una gran población. Tan sólo comparada con Minkah, que sobrepasaba el millón de habitantes antes del Traidor, Onode apenas conseguía sobrepasar los cincuenta mil.
Dependiendo de cuántas personas desaparecieran, podría pasar de ser una coincidencia a un terrible caso criminal.
—Han sido reportados dos mil, pero probablemente sean muchos más —respondió él, y agregó—. Envíe algunos Bletsun a confirmar y descartar la migración de todos los reportados, y cualquiera que haya migrado desde Onode los últimos cinco años.
»Hasta ahora, no hay rastro de estas dos mil personas. Y nada apuntaba a un posible culpable… hasta ahora.
El rey sacó una carta del bolsillo interno de su abrigo, y se la tendió a Macy. Ella leyó el contenido mientras él bebía su té. La expresión de ella, habitualmente estoica, cambió a una de completo estupor.
—¿Usted confía en esta información? —le preguntó, dejando la carta en medio de la mesita entre ambos.
—Es el único indicio que tenemos. Si es cierto, él podría estar involucrado.
“Él”.
El desconocido detrás del Traidor, quien había secuestrado, encarcelado y atormentado a Macy.
Ella no necesitó más incentivo. Acepto la misión y escuchó atentamente las instrucciones de su rey. Ni siquiera los gruñidos de Clim flaquearon su determinación.
—¡Su majestad puede ir!
—No, no puede. Todavía no nace su primer hijo…
—Eso sólo es necesario cuando no haya más miembros de la familia real. ¡Tenemos al príncipe Markoh! —insistió él.
—¡Clim de Kuejt, sabes que su majestad no dejará a su alteza en este momento! ¡Y mucho menos puede permitir que el príncipe Markoh sea considerado el heredero!
La discusión continuó, incluso minutos antes de su apresurada partida. No le importaba que Wills, Verha, Alton y Lyssa fueran escogidos para la misión. Él no se sentía cómodo con el inesperado viaje “de inspección”, y que fueran tan tajantes con excluirlo sólo acrecentaba su enfado.
Dentro del palacete de Minkah, la joven ama de llaves, Glyn de Minkah, paseaba nerviosa por el vestíbulo. Más que nerviosa, para ser precisos, sentía un “frío pánico” recorriendo sus venas. La situación frente a ella podía salir mal. Muy mal.
En sus manos ligeramente húmedas, estaba una carta con el sello real dirigida a su señora. No tenía el conocimiento ni el valor de abrirla, para adelantarse y hacerse una idea de la posible reacción de ella. Sus años de servicio en ese momento le parecían inútiles.
No quiero morir, pensaba, cansada del constante miedo en que vivía.
Y entonces las puertas se abrieron.
Borró de golpe toda expresión de su rostro, bajo una máscara estoica practicada frente al espejo hasta el cansancio. Sus ojos observaron la figura en el umbral, tan tranquila y atractiva, quitándose el ligero abrigo y tendiéndoselo a una doncella.
Lady Wet de Minkah, regresó a su hogar pavoneándose con una seguridad que parecía gritar “el mundo está a mis pies”. Su vestido azul, ajustado al cuerpo, dejaba al descubierto sus hombros y terminaba en capas bordadas de algodón.
Daba la impresión de que caminaba sobre las olas.
—Bienvenida, milady —le saludo Glyn, inclinándose ante su señora.
—¿Cómo va todo, Glyn? —le preguntó ella, sonriente.
Una sonrisa incapaz de iluminar sus ojos.
—La comida estará lista a tiempo, milady. Y llegó esto para usted. —Sin perder más tiempo, le tendió el sobre mostrándole el sello real.
Para su sorpresa, Wet extendió su sonrisa todavía más, con una alegría que provocó escalofríos en todos los presentes. Tras quitarle la carta, abrirla y leer el contenido con burbujeante emoción, ordenó que prepararan todo para la llegada de la Virreina. Entonces subió las escaleras y se dirigió a la habitación del alcalde. Su esposo.