Amace
Se cumplían dos semanas desde la celebración de año nuevo, pero todavía podía ver rastros de ello por los rincones de la ciudad. Algunas decoraciones, alimentos tradicionales y la alegría de la población.
Mientras revisaba la montura de Rhym, recordé el baile. Guiada por Clim, me había deslizado por el salón ignorando la animosidad de algunos. Disfrutando, quizá demasiado, la seguridad que me brindaban sus manos… su cálido amor.
Después no quería soltarme.
Tarde varios frustrantes minutos en convencerlo de soltar mi mano, y sólo porque prometí, a regañadientes, que no bailaría ni hablaría a solas con Tyrone. Los únicos con su autorización eran mis escoltas y Lesson. Lyssa le gruñó por ser posesivo, pero él la ignoró. Todo hombre que intentó entablar conversaciones conmigo, terminaba disculpándose y huyendo, demasiado asustados por su ceño fruncido.
—Dioses —suspiré, sintiendo antes de ver a Clim.
Venía junto a Lyssa, ambos cargando abultados morrales.
—Milady —asintió Lyssa sonriendome, para luego comenzar a atar el morral sobre Rhym.
Antes de poder quejarme, él dejó su carga en el suelo y me alcanzó, jalándome dentro de sus brazos. Apresada contra su pecho, me vi tentada a quedarme así, cómoda entre su calor y cariño. Ansiosa por todo lo que significaba ese viaje.
—No vayas —dijo sobre mi cabeza.
—Ay, no empieces Clim —gimotee, alzando el rostro.
Ugh.
No se veía nada contento, y aunque entendía sus preocupaciones, ya me había comprometido con el rey. Dar un paso atrás no era opción.
—Tendré cuidado —dije y bromeé—. Todos en Radwulf saben que sufrirán tu ira si me lastiman.
Un quejido fue toda su respuesta. Y aunque apreciaba su genuina preocupación, no podía evitar sentirme dolida, pensando que él no confiaba lo suficiente en mis capacidades. Por supuesto, yo no estaba ignorando los hechos. Las dificultades que hasta entonces había vivido, mi propia torpeza y deficiencias… era consciente de todo.
—Mientras más pronto me vaya, pronto volveré —dije, viendo a sus preciosos y molestos ojos.
Mis sentimientos por él estaban cerca de derramarse fuera de mi pecho.
—Estará bien, Clim. Deja de preocuparte tanto —dijo la reina, acercándose a nosotros con el rey y Noemia a su lado.
—Agh, aunque digas eso… —dio una vistazo a la reina, cambiando su expresión molesta a una de sorpresa—. ¿Subiste de peso?
—¡¿Qué cosas le dices a la reina?! —le regañé, y di un puñetazo a su estómago.
Estúpidamente duro, agh.
Ni siquiera se inmuto y se negó a soltarme, riendo mientras la reina reñía al rey por reírse de su desagradable comentario. Incluso Noemia se cubría medio rostro, conteniendo la risa.
—¡No estoy gorda! —gruñó.
Sabiamente, Alton y Vehra fingieron no atestiguar la escena, concentrándose cada cual en sus corceles.
—¿Quién le dijo a su alteza que está gorda? —preguntó Wills detrás de sus majestades.
Con su uniforme algo arrugado, un morral colgado de un hombro y un emparedado a medio comer en la mano contraria, era la viva imagen de la despreocupación.
—Todo listo para partir, Mayor —intervino Alton, recalcando su rango con un tono que rayaba en el enfado.
—Estupendo…
—Mejor muerdete la lengua —le dijo el rey, extendiéndole la misiva con las órdenes sin darle tiempo a soltar uno de sus famosos e inadecuados comentarios.
Pude notar en la lastimera expresión de Wills, cuanto deseaba abrir la boca. Pero, quizá gracias a las miradas de todos los presentes, finalmente fingió colocar un candado en sus labios cerrados. Mordió el emparedado, dejándolo entre sus labios mientras aceptaba la carta, y la guardaba con algo de descuido en su chaqueta.
Mis escoltas comenzaron a montar sin más. No obstante, Clim no me soltó.
—¿Clim? —murmuré, viendo a sus evasivos ojos.
—Clim, déjala ir —le dijo la reina—. Lady Amace estará bien. Va con dos de los mejores espadachines del reino.
—Oh, no quiero ver esto. Que los Dioses te acompañen, Macy —dijo Noemia, dando media vuelta.
—Gra-gracias…
—No vayas —murmuró Clim, tan bajo que casi no le escuche.
—General —dijo el rey, con un tono severo.
—Ella debe ir, y tú tienes mucho trabajo aquí —insistió la reina.
¿Qué está pensando?, me pregunté. Por unos segundos pensé que él rey le había hablado de la posibilidad de que aquel monstruo estuviese involucrado… pero ello no podía ser.
De saberlo, él no estaría tan calmado.
—Volveré pronto, será rápido. Estaremos de vuelta antes de que comience Fhaely —le dije.
Vi la indecisión en sus ojos. Algo lo atormentaba, algo oscuro que casi me convence de dar marcha atrás.
Casi.
—Clim… —gruñó el rey.
A regañadientes, bajo sus manos, besó mi mejilla y susurró;
—Casémonos.
Esa única palabra estremeció mi corazón. Y mientras él daba un paso atrás, mis mejillas ardieron y estuve tentada a decir si.
¡No! ¡¿Cómo podrías?! ¡No mereces esta felicidad!
—¡Agh! ¡Me voy! —gruñí, y di media vuelta para montar a Rhym.
—Te ayudo.
Di manotones a sus manos, negándome a dejar que me ayudara a subir. E ignorando la risa de la reina, quien, para mi fortuna, jaló a Clim hacia ella apartándolo de mí, me despedí de sus majestades y monte fuera del palacio.
Suspiré aliviada cuando las calles de la ciudad dieron paso a los campos colindantes.
Aunque no podía “cantar victoria”, desde que Lyssa había accedido a practicar autodefensa conmigo, tras retomar sus prácticas en preparación a su ascenso como Comandante Mayor de la división femenina… me sentía más segura. Habían diferencias en las habilidades físicas que podían desarrollar los hombres y las mujeres. La fuerza que podían ejercer los músculos, la agilidad, la resistencia, etc.