Agua en sus venas (radwulf 3)

CAPÍTULO X

Clim

La inquietud, la ansiedad y los pensamientos calamitosos me mantenían dando vueltas por mi oficina. Una burbujeante energía que recorría mis venas, y debía liberar. De una u otra manera, sí esperaba poder dormir esa noche. Suspiré y me quité el abrigo a jalones, ignorando la voz de Gale, que resonó en mis oídos con su habitual regaño por no cuidar mis ropas. Lo arroje sobre el sofá y salí del palacete, caminando con prisa y sin prestar atención a quienes intentaron acercarse a mi, hasta llegar al atrio.

Al poner un pie en el recinto, subí las mangas de mi camisa hasta el codo revelando los brazales que me había regalado Lesson. Agradecido con mi terquedad de llevarlos puestos, pese al enfado que provocaba en Gale y que cubrían la pulsera que me dio Macy, di un vistazo a mi alrededor. Varias decenas de reclutas estaban ahí, ejercitando sin la supervisión de Lesson, con sólo un puñado de Tenientes que les vigilaban. Estiré mis músculos bajo la curiosas miradas de algunos, y alcancé una espada de entrenamiento.

—¿Quién va primero? —pregunté.

El primer valiente aunque ingenuo recluta dio un paso al frente, y así, durante la siguiente media hora, me enfrente a un par de decenas más. Lamentablemente, todavía carecían de habilidad, y aunque eran fuertes, se apegaban demasiado a su “fuerza bruta” perdiendo de esa forma su centro del equilibrio.

No costó mucho esfuerzo hacerlos caer y rendirse.

Mi camisa empapada comenzaba a sentirse irritante sobre mi piel, cuando vi a alguien acercarse. Era Lesson, vestido con el uniforme y unos cuantos libros en las manos. Me miraba con evidente molestia.

No puedo culparlo…

Mi apariencia debía distar mucho de lo habitual, y los quejosos cadetes que se arrastraban fuera de mi alcance no ayudaban. Él se acercó a un taburete, dejó sobre este los libros y tras hacer gestos a los Tenientes para que despejaran la zona, subió sus mangas y agarró una espada de entrenamiento.

¿Sería mucho pedir que su atuendo me facilitara las cosas?

Sin miramientos, se lanzó hacia mí dando un fuerte golpe a mi espada. Di un paso atrás, pero él me siguió, y antes de que pudiese responder, dio dos rápidos y certeros golpes que terminaron por partir mi espada. Nada sorprendido, arroje la empuñadura, me aleje y alcance otra espada.

Podría jurar que apenas contuvo sus ganas de golpear mi cabeza con su arma.

Se mantuvo en posición defensiva hasta que estuve a poco más de tres metros, y entonces volvió a atacar. Hice mi mejor esfuerzo en defenderme de sus ataques, mientras buscaba alguna abertura, algún desliz que me permitiera hacer algo más que sostener la espada y empujar con el brazal. Si bien era poco probable que la dura madera me hiciera un corte, sabía de primera mano que el golpe dolería semanas.

Durante una hora o más, rompió otro puñado de espadas en mis manos y no logré hacerle retroceder. El idiota me presiono hasta que, exausto, arrojé la espada medio rota y sacudi la cabeza.

—Suficiente —dije, y me dejé caer de espaldas sobre el empedrado.

El dolor del golpe en mi nuca fue una punzada en medio de los dolores que recorrían mi cuerpo. Mis músculos se quejaban con razón. No había dedicado el suficiente tiempo al entrenamiento físico, demasiado enfrascado en el pesado papeleo y las responsabilidades que conlleva mi rango.

Que bueno que ya nadie está cerca para ver la paliza que recibí.

—¿Te sientes mejor ahora? —me preguntó.

Le di un vistazo por el rabillo del ojo. Estaba agitado y algo desarreglado, pero más indemne de lo que debería estar cualquier soldado tras todo ese tiempo de lucha.

—¿Cómo mierda le haces? —gruñí como respuesta.

Sin inmutarse, arrojó la espada a un lado y se sentó en el suelo. Un pájaro escogió ese momento para cantar desde algún lugar, con un entusiasmo que me irritó. El mundo parecía cómodo con su existencia.

—Le pediste matrimonio a Macy —dijo, sorprendiéndome.

—¿Cómo…?

—Nadie me lo dijo, fue obvio en la actitud de ella —aclaró, con un tono monótono.

—No te incumbe —gruñí.

—Es mi hermana —me miró con el ceño fruncido—, claro que me incumbe. Más cuando es obvio que no está lista para tomar una decisión así de importante.

—Ella…

—Se lo diré. Tan sólo estoy buscando el momento adecuado, y no quiero discutir sobre ello ahora —dijo tajante—. Además, de seguro que no le has contado lo que sucedió en las catacumbas.

Un escalofrío me recorrió, y no pude contener el gemido que los recuerdos provocaron. No todo había sido terrible, pero definitivamente había evitado el tema en nuestras conversaciones.

—Sí… no hemos sido del todo honestos con ella —asentí, dirigiendo mi atención al brillante cielo.

Una ligera brisa comenzaba a soplar por el atrio, erizando mi piel y recordándome que debía tomar un baño pronto. El sudor “arruina la ropa”, según Gale.

—¿Necesitas otra paliza? —me preguntó tras un minuto.

—No —gruñí.

—Bien —asintió y se puso de pie—. La próxima vez que necesites quemar energía, ven conmigo y evita magullar a los cadetes. Terminarán lesionados si continúan siguiendote cada vez.

—Si, si. Lo que digas —asentí de mala gana.

Con un gesto se despidió, alcanzó los libros que había dejado sobre el taburete y se marchó.

Tardé algunos minutos en reunir las fuerzas para ponerme de pie. Guarde las espadas en una de las cajas llenas de estas, reuní los trozos de las rotas, las arroje en un barril fuera del atrio, y finalmente me fui. Regresé a mis habitaciones resignado a continuar con mis deberes, pese al profundo deseo de ir detrás de Macy…




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