Agua en sus venas (radwulf 3)

CAPÍTULO XII

Amace

El Comandante Argus abrió las puertas, y se hizo a un lado… Casi perdí la firmeza en mis pasos cuando mis ojos dieron con los de ella. Mantenerme tranquila, sin revelar la sorpresa a través de mi expresión facial ni en mis movimientos, fue difícil.

—Bienvenida, su excelencia Lady Amace. Es un honor al fin conocerle —dijo, inclinando su cabeza brevemente.

Sonreía, pero era una sonrisa recatada. La sonrisa de una mujer hermosa.

—Gracias, Lady Wet —dije, incapaz de apartar mis ojos de su persona.

—Adelante, por favor. Tome asiento —dijo señalando el sofá frente a ella.

Hice como dijo, mientras mi mente intentaba relacionar toda la información que sabía con la mujer ante mis ojos. Tan elegante y amable.

Algo no encaja.

—¿Le gustaría una taza de té? —preguntó, sentándose y alcanzando la tetera—. Estas hojas fueron traídas desde las montañas Suphen, al extremo oriente de Cicena. Es una variante Lagan especialmente aromática…

—Lady Wet —le interrumpí, comenzando a enfadarme ante su obvio intento de dar rodeos—, quiero hablar con Lord Evron cuanto antes.

Sin inmutarse, dejó la tetera y asintió.

—Por supuesto —se puso de pie y señaló el pasillo—. Sígame, por favor.

Eso hice. Le seguí hacia las escaleras, a través del pasillo y hasta el fondo del mismo, con mis escoltas pisando mis talones. No necesitaba preguntarles para saber que estaban alertas y enfadados.

Ingresamos a la antesala de lo que debía ser la alcoba matrimonial, justo cuando las puertas de la habitación fueron abiertas y cerradas por una doncella. Por su uniforme, supe que era la “ama de llaves”, pero su rostro no encajaba con la posición. Demasiado joven, fue mi pensamiento inmediato, que fue ahogado ante el atisbo de miedo que cruzó sus facciones.

Tan breve, que nunca me atrevería a jurar que lo vi.

—Buenas tardes —dije dudosa.

—Buenas tardes, su excelencia. Me presento, soy Glyn de Minkah, ama de llaves del palacete de Minkah. Es un verdadero honor poder conocerle al fin —dijo, presentándose con una reverencia.

—Me halaga…

Wet paso a su lado ignorando nuestras cortesías, directamente a las puertas de la alcoba. Con sus manos sobre las manijas, nos dirigió una sonrisa sobre su hombro.

—Intenten no verse sorprendidos, por favor. Eso le altera —dijo, con un ligero tic en su mejilla izquierda.

Y entonces abrió las puertas, e ingresamos a la habitación. Un fuerte aroma a hierbas golpeó mi nariz, sin duda proveniente de las medicinas con que trataban al hombre. Ella se dirigió a un lado del lecho, e inclinándose hacia él, le dijo en tono bajo:

—La Virreina quiere verte, querido.

Me sacudí la sorpresa y… el miedo, que la escena me provocó.

En medio del lecho y a la tenue luz de una lámpara, yacía un hombre somnoliento, con grasiento y canoso cabello esparcido en torno a un arrugado, manchado y esquelético rostro. Apenas se movía, más que nada su pecho en cada inhalación y exhalación, y algunos estremecimientos en sus extremidades.

A pesar de haber leído una decena de veces los informes sobre su salud, intentando entender a fondo su situación, nunca había imaginado que sería tan grave.

—Buenas tardes, Lord Evron —le dije, buscando alguna reacción de su parte.

—Me temo que no puede responderle —intervino Wet con un tono lastimero—. Pero ya llamé al señor Adolf, el sanador a cargo del cuidado de mi esposo, por lo que debería llegar pronto para esclarecer sus dudas.

A mis ojos, él pareció reaccionar ante la voz de su esposa, dirigiendo su mirada hacia ella con ojos desenfocados. Asustados. Así que hice la única pregunta que, creí, comprobaría aquella impresión.

—¿Cómo fue que terminó así? —pregunté, sin apartar mi mirada de él.

—Oh, bueno, fue hace unos años. Salió a inspeccionar el territorio y cayó del caballo —contestó ella brevemente, con un tono lastimero poco creíble.

Los ojos de Evron dieron con los míos, y aunque deseaba hablar con él a solas, supe que no sería capaz mientras estuviese junto a ella.

—Entiendo —dije—, entonces esperaré al sanador.

—Tomemos el té mientras esperamos —aplaudió contenta—. Glyn, calienta el agua y trae bocadillos.

—En seguida, milady —respondió ella, desde las puertas y entonces se marchó.

—No es… —comencé, pero al final cerré la boca, repentinamente consciente de que mi hostilidad podía ser contraproducente.

—Si hay algo que necesite, no dude en pedirlo. Estamos para servirle —dijo, y entonces nos guió fuera, de regreso al salón en que nos había recibido.

Mostrandose considerada, ofreció a mis escoltas algo de beber o comer, pero Wills declinó con cortesía, aduciendo que estaban de servicio y no podían serle una molestia. Como pocas veces, siendo inflexible. Algo que, curiosamente, pareció divertir a Wet.

Dos horas después, el señor Adolf todavía no daba señales de vida.




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