Clim
Me dirigí al salón del trono con prisa, sabiendo que ese día el rey y la reina tendrían audiencias públicas. Esperaba conseguir unos minutos de su tiempo para preguntarles respecto a la maldita nota, que había encontrado entre los documentos dirigidos a Macy pero erróneamente enviados a mi oficina. No fue mi intención hurgar entre sus cosas, por supuesto. Fue un accidente. Tome algunos de los documentos sobre mi propia pila de pendientes, y en mi torpeza tire algunos de la parte superior de lo suyo. Cuando fui a recogerlos reconocí la letra desprolija de Drave.
Fue un impulso leerla.
Un impulso tonto… por el que terminé frente a las puertas cerradas del salón del trono, con el trozo de papel arrugado todavía en mi mano y la incertidumbre bailando con el miedo en medio de mi pecho.
Di un vistazo a los guardias que custodiaban las puertas, quienes intercambiaron una mirada antes de abrirlas sin decir nada. Entré y cerraron otra vez, mientras avanzaba hasta el grupo reunido frente a los tronos. Ambon, Hazel, Noemia y una joven, quien, rompiendo el protocolo, llevaba calada la capucha de su capa.
—Disculpen mi intromisión, sus majestades —les salude, inclinándome ante ellos.
—Descuida, Clim —dijo Hazel, sonriente—. Eres bienvenido… de hecho, permítanme presentarles formalmente. Ella es Raisa de Pywen. Raisa, él es el General Clim de Kuejt. De hecho, nos encontramos con ella cuando fuimos a Kuejt, ¿recuerdas?
—Oh, eso… —murmuré.
—Es un placer volver a verle —dijo la muchacha, con una sonrisa algo nerviosa.
Algo en su postura me mantuvo alerta. Sin pretenderlo, centré mi atención en su pequeña figura, ganándome un regaño por parte de Hazel.
—Clim, deja de mirarla.
—Lo siento —dije entre dientes, y dirigiendo mi atención al rey y la reina, fui al asunto—. Llevo una hora buscando a Drave, ¿ustedes saben donde puedo encontrarlo? Ni siquiera Midra sabe a dónde pudo ir.
—No se me ocurre a donde podría haber ido —dijo Ambon.
—Pero si no se encuentra en el Palacio, debió ir como Sanador a alguna parte. ¿No estaba enferma la hija de Lord Simon? —dijo Hazel, dirigiendo la pregunta a su esposo.
—No lo sé. Drave dijo que debía tratarse de un parásito. Algo común en los lagos de la zona… —decía Ambon.
—¡Oh, la lombriz parda! —dijo la muchacha, y como si recitara el contenido de una enciclopedia continuó—; El parásito más común que viven en los charcos y lagos al sureste de Radwulf.
—¿Has estudiado al respecto? —le preguntó Noemia.
—Sólo un poco —asintió.
—Eres muy lista —la alago Hazel.
La mayor parte de las habilidades de Drave son un secreto. Aunque los rumores abundan, la familia real solo admite su capacidad de diagnosticar una enfermedad con simplemente tocar a la persona, y un basto conocimiento innato sobre medicinas. Solo aquellos cercanos al trono podemos estar al tanto, y dudaba mucho que la joven Raisa llegase a ser de tan alta confianza.
—Yo… creo que es mejor si me retiro… —dijo ella, dando un titubeante paso atrás.
—No —dije cortante y por impulso, pese a que el rey y la reina asintieron dándole permiso de retirarse.
—¡Clim…!
El regaño de Hazel fue cortado por un feroz gruñido. En un parpadeo, una bola de pelos saltó fuera de la capucha de Raisa y se lanzó hacia mi. Su pequeño hocico abierto, listo para darme un mordisco, se cerró con fuerza en el aire mientras ella lo alcanzaba.
—¡Khiss, no! ¡No muerdas! —lo reprendió, mientras intentaba envolver su cabeza con la capa.
Con incredulidad, no pude mover ni siquiera un músculo. Esas largas orejas que se balanceaban fuera de la oscura tela, eran, sin duda alguna… de un Gibet. Una de las tres criaturas divinas que resguardan a Radwulf, y que hace siglos no se veían.
¿Cómo es posible?
—No debías enterarte de esta forma —dijo Ambon, con un tono nada preocupado.
—Verás… —comenzó Hazel, con evidente nerviosismo—, Raisa y Khiss han sido los primeros. Después de nuestra boda y durante estos meses, han ido apareciendo más, tanto Gibet como Ohsen y Phewn. Lo mantuvimos en secreto mientras Lesson ideaba un plan de entrenamiento adecuado…
—¡¿Lesson lo sabe?! —gruñí de golpe, logrando al fin apartar la mirada de la retorcida bola de pelos que consiguió asomar la cabeza.
Hazel se veía un poco apenada, al menos.
—Tenías demasiado por lo que preocuparte, Clim —intervinó Ambon—. Y sabes que las criaturas divinas no son un peligro, siguen las órdenes de sus Tamers y los Tamers no son personas violentas.
—Aún así…
—De-de todas formas… —dijo Raisa, con las mejillas rojas, pero poniéndose firme ante mi—, yo misma quería decirle y pedirle autorización para recibir entrenamiento previo. Los demás Tamers y yo, deseamos recibir instrucción por parte de oficiales retirados y en reserva, hasta que el Maestro Lesson pueda recibirnos oficialmente.
Era una petición algo inesperada, pero sensata. Dado que el reino ya no estaba en una situación extrema, la edad mínima para enlistarse volvió a ser los dieciocho años cumplidos. Ella todavía no los cumplía, ni siquiera me molesté en preguntarle, era obvio.
—Está bien, como sea —dije, y mirando a los ojos de la muchacha, aclaré—; Que todos escriban sus solicitudes y las envíen directamente a mi oficina.
—¡Si, General! —asintió sonriendo.
Tragándome el montón de quejas que danzaron sobre mi lengua, balbuceé una despedida hacia sus majestades y di media vuelta. Abandonando el salón del trono con un regusto amargo. Un hecho tan trascendental e increíble… deseaba sentirme enojado. Me habían hecho a un lado, pese a ser quien está a cargo de las fuerzas armadas del reino, y que de mí dependía la administración de las mismas.
“Tenías demasiado por lo que preocuparte…”
Ugh. Ambon estaba en lo cierto. A casi ocho meses desde que maté al Traidor, tomar las riendas de todo el ejército no había sido un trabajo fácil. Aunado a mi papel como protector de Macy… Sacudí mi cabeza, apartando los reproches, y regresé a mi oficina tomando el camino más largo posible.