Clim
Lesson sonreía ignorando mi enfado. No me sentía nada contento con él, no. Después de sopesarlo bien, me di cuenta que él idiota podía estar ocultandome más cosas. Más secretos que podían o no, involucrar a Macy.
Regrese mi atención al documento sobre mi escritorio. Unas cien páginas, bien encuadernadas en cuero. Era un plan de entrenamiento para los Tamers, dividido en sus tres ramas, y con perspectiva física acorde a la adición de la división femenina. Algo… simplemente “perfecto”.
Ese no era el problema.
—Para empezar —dije, regresando mi atención a su molesta sonrisa—, sin importar lo que te haya ordenado Ambon, suelta todas las cosas que me has estado ocultando.
—¿Estás loco? —gruñó, frunciendo el ceño y dejando su sonrisa en el olvido—. Acusame de insubordinación o lo que sea, no te diré nada que me haya confiado el rey. Sin ánimo de ofender, le temo más a él que a ti.
Se cruzó de brazos, zanjando su posición al respecto.
—Lesson, si sabes algo que podría perjudicar a Macy… —comencé, pero me detuve de golpe.
No pretendía amenazarlo, pero sonó así. El día había sido largo y agotador, por lo que contener mi frustración era difícil.
—Sé que sientes la necesidad de protegerla —dijo—. Pero ella tiene sus responsabilidades, y tú las tuyas. No puedes pretender que no sea capaz de valerse por sí misma.
—Si sabes algo que… —gruñí.
—Concéntrate en tu trabajo, Clim. Llamame si quieres saber algo más sobre el asunto de los Tamers.
Sin más, dio media vuelta y se marchó, esquivando el tintero que por impulso arrojé contra las puertas. El cristal se hizo añicos y la tinta impregnó la madera, goteando hacia el suelo y comenzando a formar un pequeño charco.
Pase los dedos por mi cabello varias veces, maldiciendo por lo bajo. Era algo más que frustrante estar tan lejos de ella, incapaz de hacer algo más que sumergirme en interminables montañas de documentos… nunca había sentido tantas ganas de renunciar.
No seas idiota.
Me reprendí mentalmente, mientras regresaba mi atención al documento. En parte, admiraba la destreza con que él era capaz de poner en palabras los diferentes ejercicios, puntualizando los beneficios de cada uno, e incluyendo proyecciones a largo plazo. No había olvidado, por supuesto, incluir a Lyssa como Comandante Mayor y encargada de la división femenina. Algo que si bien ya era un hecho, yo no terminaba de creerlo.
Ella llevaba un puñado de meses sirviendo a Macy, pero se habían vuelto demasiado cercanas. Su lealtad debía estar con el Rey y la Reina, por sobre la Virreina y el ejército. Pero su actitud sobreprotectora distaba mucho de una posición como “doncella”...
¿Ella sabrá sobre esto?, me pregunté.
Incapaz de regresar mi atención al papeleo, salí al pasillo rumbo a mi alcoba. Pero me detuve a medio camino, al notar una nerviosa figura encapuchada unos metros más allá. Era tarde, no debía haber nadie más paseando por los pasillos del Palacete excepto los pocos guardias en turno. Así que me acerqué lentamente, colocando mi mano en la empuñadura de mi espada… No obstante, quité mi mano de golpe al reconocer la voz que murmuraba.
—... y es mi última palabra.
—¿Qué hace por aquí, señorita Raisa? —le pregunté.
Tras dar un gracioso brinco, se quitó la capucha y con una sonrisa me saludo;
—Buenas noches, General. Disculpeme por venir a estas horas…
Su Gibet se asomaba entre los rizos de su cabello, casi camuflado gracias a tu tono castaño, algo más claro que el de ella, pero incapaz de ocultarse por las franjas rojizas que surcaban su pelaje.
Sus grandes y oscuros ojos me miraban fijamente.
—Está bien —dije—. ¿En qué puedo ayudarle?
—Bueno, yo… —titubeó—. Regañé a Khiss… él no debió… tan sólo está nervioso porque no conoce este lugar, y su tono… él reaccionó porque no le gustó su tono, pero no debió hacerlo…
Balbuceo un poco más, recordándome un poco a Hazel.
—Entiendo —le dije, alzando una mano mientras una inevitable sonrisa florecía en mis labios—. No se preocupe, entiendo a su pequeño compañero.
—Oh, pero no puedo permitir que se comporte así —dijo, y frunciendo el ceño colocó a Khiss en el suelo—. Discúlpate con el General.
Con un lastimero gimoteo, el Gibet frente a mí dio un vistazo a su Tamer, y boquiabierto vi como su tamaño incrementaba, hasta ser de mi misma estatura.
Podría jurar que fui incapaz de respirar, ni procesar lo que mis ojos veían. El antes pequeño compañero de Raisa, que no debía medir más de treinta centímetros, me observó con sus grandes y oscuros ojos, y con un extraño ronroneo inclinó la cabeza ante mí, sacudiendo ligeramente sus largas orejas.
—Es su forma de disculparse —dijo Raisa, asomándose a un lado de él.
Inhale profundamente, aferrándome a mis conocimientos y modales.
—Acepto sus disculpas —dije, inclinando mi cabeza hacia Khiss—, y también me disculpo. La seguridad de sus majestades es mi prioridad, por ello no puedo evitar reaccionar con desconfianza.
Tras sacudir su cabeza en un extraño asentimiento, él volteó y regresó a su pequeña estatura con un brinco, cayendo a los brazos de ella. La orgullosa sonrisa que le dirigió, me recordó a mi madre.
—Muchas gracias, General. Si hay algo que pueda hacer por usted…
—No es… en realidad…
—¿Si? —me instó, con ojos brillantes.
—Ya que usted es la primera Tamer, me gustaría que actuara como intermediaria entre todos los Tamer y yo. Así podré estar al tanto de sus necesidades y progresos, ahora y en el futuro.
—¿Y-yo? —preguntó con sorpresa.
—Sí —asentí, y expuse la principal razón por la que yo prefería que fuese así—. Su majestad y su alteza parecen considerarle de confianza, así que también confiaré en usted y en su compañero.