Amace
A la mañana siguiente, desayuné con Lady Bashe en su invernadero. Charlamos sobre el clima, las próximas cosechas, el pronóstico financiero y político para Radwulf. Todo, bordeando el asunto principal por el que me hallaba ahí. Algo que silenciosamente agradecí. Después de ello, y más tarde de lo que hubiese preferido, cambié mis ropas y partí rumbo a Minkah. Esa vez, yendo en dirección a la casa del Sanador Adolf, con el objetivo de aclarar las cosas sobre Lord Evron y expresar mi enfado. Cruzamos por tercera vez el puente, encontrándonos con el mismo ambiente inseguro, receloso y gris. Cosa que incrementó mientras nos internamos por las calles hacia el norte.
Wills, quien encabezaba el grupo, alzó una mano indicando que nos detuvieramos. Algunos metros más allá y en las puertas principales de una casa de dos plantas, se hallaban un par de soldados junto al Comandante Argus. Un escalofrío recorrió mi columna al caer en cuenta de que se trataba del hogar del Sanador. Wills me miró sobre su hombro y yo asentí permitiéndole ir, pese a que deseaba comprobar la situación por mi misma.
Respire profundo, intentando mantener la calma e ignorar las posiciones defensivas que tomaron Lyssa y Alton. Cada segundo de espera se sintió como una pequeña eternidad, mientras los pensamientos calamitosos rondaban mi mente. Y entonces Wills regresó con el rostro sombrío, descendió de su corcel y removiéndose con obvia incomodidad, me informo.
—El Sanador Adolf está muerto.
—¡¿Qué sucedió?!
—¡¿Cómo es posible...?!
—Calmense —les ordenó a Lyssa y Alton, y explicó—. El Comandante Argus dice que fue enviado por Lady Wet, para que llevase al Sanador hasta el Palacete cuanto antes. Al llegar encontró las puertas principales abiertas e ingresó, descubriendo el cadáver del hombre en el salón. Dice que es probable, dado el estado del lugar, que se trate de un robo violento. Y hasta el momento, no hay testigos.
El enfado comenzó a tomar forma dentro de mi. No podía ser una coincidencia. Justo cuando yo estaba ahí, buscando respuestas, alguien cometía un crimen semejante a los que venían sucediendo durante años.
¿Alguien intenta impedir que consiga respuestas?
No podía concebir a otro culpable que no fuera Lady Wet, aunque una vocecita me decía que no podía ser del todo así. Algo no encaja. Di media vuelta a mi corcel, guiada por la molesta incertidumbre y la urgencia de poner rostro a mi enemigo.
—¿Milady? —inquirió Wills con sorpresa.
—Vamos —dije, y no espere a que él volviera a montar.
Nos dirigimos al Palacete de prisa, atravesando las casi desiertas calles sin dificultad. Me detuve frente a las puertas principales, y sin esperar ayuda alguna descendí del corcel y abrí las puertas de golpe, atravesando el vestíbulo en dirección a la alcoba del Alcalde.
—Veo que ya se enteró. —La voz de Wet me detuvo antes de llegar a las escaleras—. Estaba por notificarle, aunque no sabía si el mensajero sería capaz de hallarle en Onode.
Retrocedí y me asomé por las puertas abiertas del salón, mientras mis escoltas me alcanzaban. Ella estaba sentada en el mismo lugar que el día anterior, con humeantes tazas de té y varios bocadillos sobre la mesita.
—Que terrible, ¿no? —dijo con tono lastimero—. El Sanador Adolf aún tenía tanto que dar.
Ni por un segundo creí su actuación. Aquel gesto con que sostuvo su pañuelo y secó bajo sus ojos, pese a no derramar ni una sola lágrima, me hizo pensar en que ella estaba detrás de aquella muerte. No obstante, mantuve la calma y me senté frente a ella, alcanzando la taza de té ante mi. Wills y Lyssa entraron y tomaron posición a mi espalda mientras bebía el tibio líquido.
—Sí, es terrible —fue todo lo que dije.
Ella me contó que el Sanador Adolf había enviudado hace años, que su esposa había muerto en el parto prematuro de su primer hijo, y el niño le había seguido poco después. Una “historia lamentable”, pero que no venía al caso. Ignorando su perorata, bebí el resto de mi té.
El Comandante llegó algunos minutos después, e informó lo que ya le había dicho a Wills. Nada nuevo.
—Les mantendré al tanto de la investigación —concluyó.
—Bueno… —comenzó Wet, poniéndose de pie—, regresaré a mis deberes. Su excelencia, por favor quédese todo el tiempo que guste. De hecho, espero que podamos almorzar juntas…
—Gracias por la invitación —dije, poniéndome de pie—, pero debo negarme.
—Oh, bueno…
—Y necesito la llave de los archivos. Ahora —le exigí, cosa que no pareció sorprenderla, ni al Comandante.
—Por supuesto —asintió—. ¡Glyn!
—¿Qué necesita, milady? —preguntó la muchacha, asomándose por las puertas.
—Traeme la llave de los archivos.
—En seguida.
Asintiendo efusivamente, ella dio media vuelta y fue a cumplir su orden.
—Es una pena que no pueda quedarse a comer —se lamentó Wet.
No me moleste en responder a sus intentos de charla. Un par de minutos después, Glyn llegó, agitada, y le tendió la llave que colgaba de una cuerda trenzada.
—Aquí está…
—Me retiro —dije, alcanzando la cuerda y jalandola lejos de sus manos.
Ella, su ama de llaves y el Comandante se inclinaron ante mi retirada, deseándome un buen día.
Durante las horas restantes del día hasta bien entrada la noche, me sumergí en un mar de documentos junto a mis escoltas. Dado que estábamos en una habitación cerrada, en el sótano de la Biblioteca de Minkah, ellos se turnaban para patrullar el exterior y atender sus necesidades. El anciano bibliotecario en jefe nos llevó de comer y beber, y ofreció su ayuda en cualquier menester. Cosa que, dada la situación, debí rechazar con la mayor cortesía posible. Pero parecía gentil y algo olvidadizo, lo que calmó un poco mis emociones.
Debíamos reunir todo lo referente a Lord Evron y su administración, así como todo documento que hubiese firmado Lady Wet, o que siquiera les mencionara. La minuciosa inspección llevaría mucho tiempo, por lo que trasladar todo sería mi deber, justo después de nombrar un reemplazo y trasladar a la pareja hasta Real.