Agua en sus venas (radwulf 3)

CAPÍTULO XVII

Las sombras que se movían entre las calles de Minkah, esquivando las débiles luces de las farolas, eran lo que veía Lady Wet desde la ventana de su alcoba. Ubicada al otro lado del pasillo del cuarto en que dormía su esposo, era una estancia poco iluminada, pero decorada con un sin fin de detalles. Figuritas de porcelana, floreros coronados con flores de seda, un tocador con un gran espejo rodeado por dos enormes árboles tallados, que unían sus ramas en lo alto. Las pequeñas gemas incrustadas en las ramas, brillaban cuando la luz les golpeaba en ciertos ángulos, creando un colorido reflejo por la habitación. La gruesa y gran alfombra, tenía figuras marinas entremezcladas, como medusas, peces y corales, y en su centro, asomándose debajo del lecho, un Ohsen.

Sonaron dos golpes en las puertas y tras su seco “entra”, su ama de llaves abrió las puertas e ingresó cargando una bandeja con con una botella de licor y dos copas. La dejó con cuidado sobre la mesita a un lado de su señora, y le preguntó;

—¿Necesita algo más, milady?

—No, vete —fue su brusca respuesta, sin molestarse en voltear.

En ese momento, una sombra se separó de las demás, dirigiéndose a la puerta de servicio tras el Palacete. Ingresó a la cocina, y de ahí hacia la escalera secundaria por la que bajaba una nerviosa Glyn. Se detuvieron de golpe, frente a frente durante largos segundos, hasta que ella logró mover su cuerpo a un lado e inclinándose con respeto le permitió avanzar.

El misterioso encapuchado continuó su camino hacia la alcoba de Wet, e ingresó sin molestarse en llamar. Ella ya lo esperaba.

—Tenías razón —dijo ella, tras escuchar que la puerta se cerraba detrás de él—. Amace se ha tomado muy en serio su papel como Virreina.

Él se quitó la capucha con una sonrisa irónica. La palidez de su piel, casi cadavérica, contrastaba mucho con el rico tono caramelo de ella.

—Si… no me gusta ser quien lo diga, pero “te lo dije”.

Ella soltó un bufido nada femenino, jaló las cortinas cerrándolas con enfado y volteo. Sus ojos se encontraron en la tenue penumbra. Un profundo azul, contra una apagada sombra violeta.

—No necesitas esto —dijo él, señalando la habitación mientras se sentaba sobre el lecho—. Tan sólo termina de romperla y podemos continuar donde lo dejamos. Destruiremos este patético reino…

—Si la hubieses convencido… —protesto Wet.

—Es imposible. Reconozco una causa perdida cuando la veo y no había ni una mínima posibilidad de que Amace de Quajk esté de nuestro lado —gruñó él, comenzando a molestarse por su necedad.

Ella dio un paso hacia él con el ceño fruncido.

—Si en lugar de torturarla la hubieses convencido…

—Era una niña muy terca, querida. Balkar se aseguró de inculcarle una profunda lealtad a la corona.

Ella soltó otro bufido, y tras dar los restantes pasos que les separaban, se inclinó hacia él relamiendo sus labios.

—Si no te gusta como hago las cosas, eres libre de intervenir.

Él alzó su mano derecha, envuelta por un oscuro material metálico, casi completamente duro, y acarició la mejilla de Wet. Sólo sentía una pequeña fracción de su calor y la movilidad de los dedos se había reducido tanto… los deslizó hacia su cuello y apretó.

—Tan terca —murmuró, y entonces la jaló hacia él, uniendo sus bocas en un profundo y posesivo beso.

Dentro de la cocina del Palacete, Glyn de Minkah se colocó una larga capa con capucha, ocultándose bien antes de salir por la puerta de servicio por la que aquel hombre había entrado. Se movió por las sombras, en silencio y con mucha precaución. Si algún ojo curioso se hubiese posado sobre ella, su vida habría acabado.

Se dirigió al atrio a pocos pasos del Palacete militar. Vacío a esas horas, excepto por un par de soldados que custodiaban a un hombre encapuchado, quien la esperaba sentado en el suelo, bajo un tapiz con el escudo del reino. Ella se acercó, asintiendo a los hombres, quienes devolvieron el gesto y salieron del lugar, dándoles privacidad mientras se ocupaban de vigilar los alrededores. Tras observar brevemente al hombre frente a ella, decidió sentarse en el suelo frente a él.

—Milord —murmuró, nerviosa.

—Por favor, solo llámame Drave —le pidió él, con un tono gentil que la estremeció por reflejo.

Sabía que Drave era sincero, al contrario de Wet, pero la costumbre era algo difícil de perder.

—Como usted diga… Drave —dijo ella sonriendo, y sintiendo una extraña sensación tras decir su nombre.

—¿Amace regreso al Palacete hoy? —le preguntó él.

—Si, tras enterarse de la muerte del señor Adolf. Pero sólo una media hora, luego fue a la Biblioteca —respondió ella.

—Bien —asintió Drave—. Mientras la ignore, se sentirá más ansiosa y terminará dejando el Palacete. ¿Está segura de querer ayudarme?

—Por supuesto —asintió ella, algo sorprendida por tal cuestionamiento—. Lord Evron no puede vivir mucho más en ese estado. Sobre todo con su hijo, Lord Cosser, ansiando su muerte para casarse con ella. No le importa ni un poco su padre o que ella lo utilice sin reparos…

—Entiendo —asintió Drave—, pero tenga mucho, mucho cuidado. Al primer indicio de que ella sospecha de usted, cruce el puente y aléjese tan rápido como pueda.

—Por supuesto —concordó ella, sabiendo que de nada valdría el riesgo si perdía la vida.

—Encontrémonos otra vez en… pasado mañana. En caso de que ella no deje el Palacete, debemos encontrar una forma de presionarla. El tiempo corre.

—Está bien —asintió ella y se puso de pie.

Se despidieron. Ella salió por un lado, pasando junto a uno de los soldados y lejos del Palacete, y él se puso de pie y se dirigió en dirección contraria. Ambos acomodando sus capuchas para asegurarse de que nadie viera sus rostros.

Glyn se sentía sumamente ansiosa por lo que estaba sucediendo… Pero ya había tomado la decisión de intervenir, y no daría marcha atrás.

Caminó varios minutos hasta la entrada trasera de una panadería, donde dio unos golpes y fue recibida por el anciano panadero, quien le permitió entrar con una pequeña sonrisa. El cálido ambiente interior alivio un poco sus inquietudes, y tras comprar un pan de miel y una botella de leche tibia, regresó a la calle. Fue hasta la fuente cercana, coronada por una estatua del Dios del mar, Latsum Fhosedaw, y se sentó en su borde a comer.




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