Agua en sus venas (radwulf 3)

CAPÍTULO XVIII

Clim

Custodiando la gran puerta frente a mí, estaban dos escoltas reales. Sin molestarme en llamar, pase entre ellos e ingrese a la estancia. La amplia habitación olía a hierbas medicinales, cosa que irritaba mi nariz y revolvía mi estómago. Me dirigí hasta la larga mesa a un lado, frente a la cual estaban sentadas Hazel y Midra. La joven Bletsun de los cultivos, quien solía ayudar a Drave cada que podía, y que dirigía una enorme sonrisa a la reina.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté a Hazel, sin poder contener mi enfado.

—Sólo pasaba por aquí… —contestó, con una nota cuestionadora.

Midra rió por lo bajo. Era obvio, por el centenar de cartas frente a ellas, que no se hallaba “de paso”.

—Haz… no puedes pasearte por el Palacio en tu condición —le dije.

Ella soltó un bufido nada femenino y concluyó con necedad:

—Estoy completamente a salvo aquí.

Suspiré exasperado, pidiéndole al Dios de la paciencia, Mapucet Oteca, que me brindara un poco de su gracia. Aquellos días me exigían lo que no tenía.

—Le diré al rey —le advertí.

Ambas jadearon con sorpresa, aunque Midra intentó ocultar su sonrisa con una mano.

—Eso es bajo —señaló.

—Ella se lo busco —dije, cruzando mis brazos sin arrepentirme ni un poco.

—Como sea —gruñó Hazel—. ¿Qué te trae aquí? No creo que vinieras hasta este rincón del palacio con el único objetivo de regañarme.

—Si… —asentí descontento—, necesito preguntarle algo a Drave. ¿Todavía no sabes cuándo regresa o dónde está?

Mi pregunta, dirigida a Midra, cambió su expresión alegre por una preocupada.

—Uh, no sé… —titubeó, dirigiendo su atención a las cartas y luego a los documentos apilados en una mesita detrás de ella—. Quizá… aunque no me dijo…

—¿Es muy urgente? —Me preguntó Hazel, frunciendo el ceño—. Seguramente fue a Ro´ime para ver a su familia…

—¿Y no informó a su majestad? —le pregunté, sin poder creerlo ni por un segundo.

En ese momento ella tenía poco más de cinco meses de embarazo, por lo que era prioridad para su majestad, mantener cerca a la única persona del reino capaz de salvaguardar la vida de su esposa e hijo. Drave no podía moverse lejos de la reina sin autorización del rey.

—Ugh, él dijo que no sabe…

—Lo recuerdo —dije entre dientes, con toda la molestia que el hecho me provocaba.

—¡Clim…!

—Como sea, las dejo —di media vuelta, evitando su regaño.

—¡No le digas a Ambon!

Sacudí una mano a modo de despedida y salí del “laboratorio” de Drave”, dirigiéndome de regreso al palacete militar. Solo me quedaba extender mis sentidos más allá de Real intentando encontrarlo, pero la distancia desde la capital hasta Ro´ime sería muy agotadora para mi cuerpo. Así que dude.

¿Vale la pena el desgaste?

Si me hubiese excedido en tal cuestión, podría haber perdido el conocimiento durante algunos días. Pensando en ello fue que me encontré de frente con Noemia.

—Hola, Clim. ¿Cómo te va? —saludó, tan alegre que me sentí fuera de lugar.

—¿Nos conocemos? —inquirí, entrecerrando los ojos sobre su pequeña persona.

Su sonrisa titubeo un poco mientras cruzaba sus brazos.

—Hilarante —murmuró—. No dejaré que arruines mi buen humor. Ha sido una mañana perfecta, y planeo que el resto del día sea aún mejor.

Entonces pasó a mi lado, continuando su camino, y dando por zanjado mi burdo intento de molestarla, agregó:

—Si me necesitas, estaré en el sector verde de las catacumbas.

Con algo de curiosidad, continué caminando hacia mi oficina. Ahí, el extenso papeleo me absorbió durante bastante tiempo hasta que me percate de la presencia de Lesson. Estaba de pie frente a mi escritorio, con una postura entre ansiosa y furiosa.

—¿Qué ocurre? —le pregunté, sin poder contener los repentinos pensamientos catastróficos en torno a Macy.

—El sanador Adolf de Minkah fue asesinado —dijo, tendiendome un trozo de papel medio arrugado.

Obligándome a no temblar por el cúmulo de emociones que arañaban mi pecho, alcance la misiva y leí su escueto contenido. Era de parte del Comandante de Minkah, Argus, informando del suceso y el inicio de la investigación. Algo habitual para el caso, por supuesto.

No obstante, reuní mis dudas y seleccioné la que me pareció la más sensata y apremiante.

—¿Por qué nos enteramos hoy y no ayer?

—Eso mismo quiero saber —gruñó, relajando un poco su postura y tras un suspiro murmuró—: Las órdenes del rey son absolutas pero…

Me puse de pie de golpe y alcance el cuello de su camisa, jalándolo sobre el escritorio.

—¡¿Qué orden?! —le gruñí, viendo a sus sorprendidos ojos con toda mi ansiedad estallando en furia.

Apartó la mirada con una mueca, sin resistirse a mi agarre.

—Ambon me va a matar —dijo.

—¡Habla! —insistí, a punto de estrellar mi puño en su cara.

Él tomó aire y con una mueca explicó:

—Su majestad ordenó a la Virreina y su escolta, que no se pusieran en contacto a menos que fuese absolutamente necesario. Que no se arriesguen a enviar mensajes, pues podrían ser interceptados…

—¡¿Qué estás diciendo?! ¡¿Quién querría hacer eso?! —gruñí, sacudiéndolo.

Para ser de esa forma, la situación era peor de lo que creí. Mucho peor de lo que me hicieron creer.

—No sé —gruñó—. Nadie sabe qué piensa el rey la mitad del tiempo. Ni siquiera Hazel.

Por mucho que aquello fuese verdad, mi paciencia llegó a su límite.

—A la mierda —gruñí, empujando a Lesson y haciéndole tambalear.

—Clim…

Cogí el abrigo del sofá, donde había caído cuando me lo quité, y me dirigí a mi alcoba ignorándolo. Rápidamente me quité los zapatos, cambiandolos por unas botas más viejas y gastadas, pero cómodas.

—Clim, sé razonable —dijo, siguiéndome—. No puedes ir a Minkah sin más…

Gale llegó en ese momento, con una cesta de ropas limpias en sus manos. Intercambiaron una mirada, y entonces el chico me preguntó:




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