Agua en sus venas (radwulf 3)

CAPÍTULO XIX

Amace

No podía comer. Sentía un nudo en la garganta, por lo que removí el huevo con tocineta en mi plato, mientras intentaba prestar atención a la charla. Estaban presentes el alcalde, su esposa, sus hijos y un par de nobles amigos de la familia, por lo que mantener una apariencia cortés había sido mi prioridad. No importaban las ansias que tenía de ponerme en marcha hacia la biblioteca de Minkah. Aunque nadie se atrevió a sacar el tema de los asuntos por los que me encontraba ahí, cada pocos minutos logré atisbar sombras de miedo cruzando sus facciones. Quizás provocadas por pensamientos intrusivos que descartaban de golpe. O, tal vez, recuerdos que preferían enterrar en algún rincón de sus mentes y corazones.

No podía preguntarles, puesto que era una total desconocida para ellos.

Y ellos no tenían razones para confiar en mí.

Si bien eran gentiles y alegres, también fueron testigos y víctimas de las circunstancias.

La falta de descanso, por otra parte, comenzaba a ser evidente con sombras bajo mis ojos y esporádicas punzadas en mi nuca. Sin duda, ya me había acostumbrado a la tranquila vida en el Palacio.

Finalmente, Lord Richard dio por terminado el desayuno y me retiré hacia mis habitaciones intentando no lucir demasiado impaciente. En menos de cinco minutos ya había cambiado el “vestido mañanero” por pantalones y chaqueta, y partí junto a mi escolta de regreso a Minkah. Esa vez, extendiendo mis sentidos en busca de algo inusual, algún rastro de magia.

Estaba tomando nota mental de aquellos escasos rastros de magia, mientras nos dirigíamos a la biblioteca, cuando el horror me hizo olvidar todo. Espoleé a Rhym acelerando su trote. Decenas de personas se reunían frente a las puertas. Denso y oscuro humo salía del interior, alzándose por sobre las llamas que consumían todo. Los baldes con agua que eran acarreados por los alterados ciudadanos y soldados, no iban a poder apagar el fuego. Yo lo sabía.

¿Quién haría algo así, justo en ese momento?

No podía ser una coincidencia.

Con mi corazón latiendo angustiado y furioso, extendí mi frío a través de las puertas, por los pasillos y estantes, subiendo y bajando las escaleras, y colándose a través de toda rendija en su camino. Para sorpresa de los presentes el fuego desapareció.

Mis escoltas, ya acostumbrados, se detuvieron junto a mí mientras desmontaba a Rhym y entregaba las riendas al primer soldado que se acercó a nosotros.

Soy la condenada Virreina, me dije a mi misma, armándome de coraje para enfrentar la situación, e ignorando a todo aquel que intentó interponerse en mi camino.

Ingresé a la biblioteca tras ordenar un seco “quédense afuera” a los soldados que intentaron seguirnos. Me aseguré de que el frío no se hubiese quedado en los documentos restantes, mientras alcanzaba una lámpara del suelo y Wills daba un paso adelante para encender la mecha con su mechero. Atravesamos lo que quedaba de la quemada puerta escondida tras las escaleras principales, con el fuerte olor del humo golpeando nuestras narices, y descendimos las escaleras que llevaban hacia la sección subterránea conectada a las catacumbas. Alcanzamos la puerta de los “archivos”, o mejor dicho, lo que quedaba de ella. Los tablones de madera que la componían, fueron convertidos en carbón y hollín, las bisagras colgaban de la piedra y el picaporte estaba perdido en algún lugar.

Me bastó una breve mirada hacia el oscuro interior, para confirmar que todos los estantes y cajas habían sido destrozados. Entonces no me molesté en permanecer ahí, seguí por el pasillo, adentrándome más profundo en las catacumbas. El silencio solo era roto por el sonido de nuestras pisadas.

Tras algunos tensos minutos, alcancé la puerta e ingresé a la polvorosa habitación.

Me sentí aliviada. Las cajas llenas de documentos estaban intactas, en los mismos lugares en que las habíamos acomodado la noche anterior. Había valido la pena el esfuerzo de mover los valiosos documentos del archivo hasta ahí, y reemplazar todo con cajas llenas de papeles en blanco y garabatos hechos por los escribanos.

Nadie sabía ni sospechaba, así que di media vuelta y me propuse fingir que el fuego había logrado su cometido.

Abandonamos la biblioteca permitiendo que los oficiales se encargaran de investigar, y volvimos a montar, solo que esa vez en dirección al Palacete de Minkah. Mantuve mi enfado vivo, recordándome que muchas personas pudieron salir heridas por aquel fuego, y que muchas otras habían sido heridas.

Ignore los modales y entre en el edificio, dirigiéndome a la oficina del alcalde mientras ignoraba a las doncellas que se cruzaron en mi camino. Ahí estaba Wet.

—Su excelencia, ¿cómo está? ¿Ha sido provechosa su mañana? —me preguntó, viéndome a los ojos con una pequeña sonrisa.

—No me gustan los juegos, Wet —le gruñí—. Sobre todo los que involucran vidas inocentes.

—No sé de que habla —negó, finjiendo una “inocencia” que solo un tonto creeria.

—Comience a preparar sus maletas. Minkah tendrá un nuevo alcalde muy pronto.

—Entiendo —asintió, sin inmutarse.

Sin más palabras, salí del Palacete y regresé a Onode, junto a Wills, Alton y Verha. Tras cruzar el puente les dije;

—Esta noche.

Los tres asintieron, comprendiendo a qué me refería.

Estaba sentada frente al tocador, después de la comida y el posterior baño, viendo mi reflejo mientras Lyssa cepillaba mi cabello. Me veía tan pálida como siempre, con el claro azul grisáceo de mis ojos y el suave rosa de mis labios siendo los únicos colores destacables.

Entonces, un recuerdo cruzó mis pensamientos.

Con una mano, Clim sujetaba mi cintura, su calor traspasando las capas de ropa. Mientras que con la otra, sujetaba mi cabeza con sus dedos presionando mi nuca. Deslizándose entre las hebras de mi largo cabello.

Está bastante largo —dijo, inclinado sobre mi rostro con su aliento acariciando mis labios.




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