Clim
—No irás —repitió Hazel, cruzándose de brazos.
Di un vistazo a la Guardia Real detrás ella, bloqueando mi camino hacia las caballerizas. Eran siete, valientes pero idiotas. Probablemente habría tenido que herirlos, pero estaba dispuesto a ello con tal de ir hacia Macy. Ellos lo sabían, Hazel lo sabía, e incluso los Dioses no podían ignorar mis claras intenciones.
—Sal de mi camino, Hazel —le dije, cortante.
—No. Vamos a hablar antes de que corras sin pensar —insistió.
El furioso calor que emanaba de mi cuerpo llegaba a ellos, envolviendolos hasta el punto en que sudaban y se removían incómodos. No obstante, ella estaba libre de la pequeña tortura. Incluso furioso como estaba, yo jamás habría lastimado a Hazel a propósito. Y no solo porque llevaba en su vientre al heredero del reino.
—Nada de lo que digas me convencerá, Hazel.
—Sé que estás molesto…
—¡“Molesto” no termina de abarcar todo lo que siento! —le corte.
Tras un suspiro, ella alzó la barbilla con decisión.
—Clim, ella tiene que hacerlo por sí misma. Si te presentas en Minkah, no solo podrías perjudicar su trabajo, también sería contraproducente en su recuperación —dijo, frunciendo el ceño—. Amace se ha esforzado mucho, no tienes derecho a interponerte. Por mucho que la ames…
—¡Me mintieron! —gruñí—. ¡Me dijeron que no había peligro para ella, que bastaba con su escolta! ¡Tu y Ambon me convencieron de dejarla partir, sabiendo que su vida corría peligro en cuanto pusiera un pie en Minkah! ¡Me traicionaron…!
Me detuve de golpe, consciente de cómo se podía interpretar mi arrebato. Ante cualquiera que pasara por ahí y su escolta, alzar la voz a la reina no solo es un acto “irrespetuoso”. Por honor, estarían en todo su derecho de alzar sus espadas contra mí. Comandante General o no. Y ellos, la Guardia Real, un selecto grupo de soldados que sólo responden ante Ambon, dirigieron sus manos a las empuñaduras de sus espadas.
—Lo siento, Clim —gimoteo—. Sabes que nunca ha sido mi intención lastimarte…
—¿¡Lastimarme?! —gruñí, incapaz de mantener la calma—. Me importa una mierda si me lastiman o no, Haz. Eso lo espero de ti y de cualquiera. Lo que no soporto es que pongan en peligro a Macy. ¡Y eso hicieron!
—Por todos los Dioses, Clim —dijo, alzando sus manos con exasperación—. No actúes como si el mundo intentara separarlos…
Deje salir una sarta de coloridas maldiciones, sopesando la forma en que apartaría a todos e iría por Sath… Y entonces unos fríos dedos tocaron mi nuca, alertándome finalmente de la indeseable presencia a mis espaldas.
La oscuridad me tragó de golpe.
Un palpitante dolor de cabeza fue lo primero que sentí cuando recobré la conciencia. Abrí los ojos lentamente, divisando la cortina del dosel de mi cama y sintiendo, para irritación de mi nariz, el familiar aroma de la infusión favorita de Noemia.
—Debes agradecer a los Dioses que Hazel y Ambon te aman —dijo, sentada en una butaca junto a mi cama, con una taza de té en las manos—. Y arruinaste mi día, date por enterado.
Fruncí el ceño, sintiendo como mi sangre hervía por los recuerdos de lo acontecido. Intenté ponerme en pie, pero de inmediato descubrí que me era imposible. Mis piernas no se movían. Las sentía, si. Tan sólo no obedecían mi voluntad.
—¡¿Qué me hiciste?! —le gruñí.
Sin inmutarse, dio un largo sorbo. Sus oscuros ojos brillando con satisfacción.
—Te lo ganaste —dijo al fin—. Perder los estribos con Hazel no es algo por lo que la gente vaya a aplaudirte.
—Me importa una… —comencé a maldecirla, pero un pensamiento me detuvo—. Lo sabes.
—¿Qué cosa? —preguntó, inclinando un poco su cabeza.
—No finjas ignorancia. Seguro que fue tu grandiosa idea —dije entre dientes, reuniendo mi sarcasmo en el “grandiosa”.
Ella sacudió la cabeza, dejó la taza en mi mesita de noche y tras un suspiro insistió.
—Clim, en serio. No sé de qué hablas…
—¡Y una mierda que no sabes! ¡Fui tan tonto como para creer que te importa Macy!
—¡¿Qué?! —gruñó, frunciendo el ceño e inclinándose hacia mí.
No conseguí evitar el leve toque de sus dedos en mi mano, todavía incapaz de mover mis piernas. Me aparté de inmediato, soltando una sarta de improperios que la hubiesen enfurecido de haber prestado atención.
—Oh, Dioses.
Su angustiado tono cerró mi boca y la observé bien. Estaba pálida, con la mirada perdida y una temblorosa mano cubriendo su mejilla.
—No sabía… —balbuceo—, ellos no… Dijeron que te vigilase…. creí que… Dioses, ¿en qué pensaban?
El tono molesto con qué gruñó lo último, mermó bastante mi propio enfado.
—¿No sabías? —le pregunté.
—¡Por supuesto que no sabía! —rugió, más que molesta conmigo—. ¡Creí que todo estaría bien cuando deje de involucrarme en todo!
Se puso de pie y comenzó a pasearse por mi habitación.
—Comprendo su razonamiento, pero olvidaron una cosa sumamente importante —murmuró.
Un largo minuto transcurrió mientras ella observaba, todavía inquieta, a través del ventanal a medio abrir. Con un gemido, me rendí al impulso de soltar la pregunta, pese a que sabía como reaccionaría.
—¿Qué cosa olvidaron?
Ella me dirigió la mirada molesta que esperaba, prácticamente gritando un “¿eres estupido?”, que me hizo sentir como tal.
—Somos Bletsun, Clim —gruñó—. Sí, Amace necesita hacer cosas por sí misma, demostrarse que es capaz. Pero ha pasado por un calvario que casi la destrozó. Necesita supervisión, sobre todo en situaciones tensas y peligrosas.
Estaba de acuerdo con su razonamiento, pese a que mi preocupación y enfado provenían de mi amor por Macy.
—Muy sensato —asentí—. Ahora… ¡¿me regresas las malditas piernas?!
Una enorme sonrisa apareció en su rostro. Tan grande como la de “el gato encantado”, personaje principal de mi libro infantil favorito y que, irónicamente para mí, enseña la importancia de “pensar antes de actuar”.