Agua en sus venas (radwulf 3)

CAPÍTULO XXI

Amace

Pestañee con insistencia, intentando aliviar el picor en uno de mis cansados ojos mientras Lady Bashe y Lady Mira, su hermana, lideraban la charla.

—... una manada de Gibet —decía la primera con emoción—. ¿Será que pronto tendremos Tamers otra vez?

—Por lo que me comentó el Erudito Axel, Wllnah solía ser el lugar en que se veían hace siglos, así que es posible —dijo su hermana.

—¿Ha oído algo al respecto, su excelencia? —me preguntó Bashe.

—Me temo que los mismos rumores que ustedes —respondí con una pequeña sonrisa, y di un largo sorbo a mi té.

La noche anterior, mis escoltas y yo habíamos hurgado en los documentos bajo la biblioteca de Minkah. Tuvimos que usar el puente colgante a media hora al norte, montando tres corceles que Alton consiguió de una familia a las afueras de Onode. Cruzamos uno en uno, sobre el balanceo y sus tablas desgastadas, y ya en territorio de Minkah, fuimos hasta una de las cuevas conectadas a las catacumbas de la ciudad. En su entrada medio oculta por la vegetación, atamos a los corceles e ingresamos por esos húmedos y abandonados pasillos.

La habitación había estado en desuso hasta el momento, y nadie pareció percatarse de nuestra intervención. Algo por lo que estaba agradecida. Sin embargo, eran muchos los documentos que debíamos revisar, y aparte de eso debía encontrar al candidato idóneo para reemplazar al alcalde.

Del poco progreso que llevábamos, era obvio que las cifras administrativas no cuadraban. Mes a mes, una pequeña fortuna fue acumulándose fuera del gasto público. Y el apoyo financiero del entonces príncipe Ambon, que casi triplicaba el coste anual de mantención, no correspondía a los gastos efectuados. En resumen, una pequeña fortuna desapareció de los registros y alguien había alterado los informes enviados al palacio.

Si al terminar la indagación el dinero no aparecía, podía acusarlos de “robo al estado”. Un crimen grave, ya que el “Estado” se concentra en la familia real, y por consiguiente, sería una afrenta castigada como traición. Una cadena perpetua era el castigo mínimo que todos los implicados recibirían, únicamente por ello. Sin contar todas las muertes y desapariciones, probablemente orquestadas por Wet y su esposo, y de las que no podía acusar a nadie sin pruebas vinculantes o testimonios irrefutables…

Regresamos al palacete de Onode antes de que rompiera el alba. Dormir comenzaba a verse como una opción, más que una necesidad, y mi poca concentración en la conversación de aquella damas era un indicio de mi cansancio. Tras unos minutos, me despedí ambas y fui directamente al salón en la segunda planta que Lord Richard me había concedido, donde me dispuse a “recibir a las visitas”.

En la ciudad vivían seis familias nobles además de la familia del Alcalde, mientras que otra decena residía en pueblos a lo largo del territorio. De los seis primeros, sólo uno me envió una respuesta de inmediato. Lord Rowan de Minkah y su esposa, Lady Chesna de Tian, quienes fueron los primeros en presentarse ante mí.

—Es un placer conocerla, su excelencia Lady Amace —dijeron al unísono, inclinándose ante mí.

—Gracias por venir en tan corto tiempo —les dije, invitándoles con un gesto a que se sentaran enfrente.

Rowan parecía algo nervioso. Era un hombre alto y delgado, pelirrojo de tez clara y un rostro anguloso salpicado con pecas. Mientras que su esposa, morena de baja estatura, rizado cabello castaño y caderas anchas, mantenía el ceño fruncido.

—Seré franco, su excelencia —comenzó él—. No soy el indicado para el puesto.

—¿Por qué cree eso, Lord Rowan? —le pregunté.

Él dio un vistazo a mis escoltas, Lyssa y Verha.

—Soy… consciente de las malas prácticas de Lord Evron y Lady Wet. Es algo que, perdone la expresión, solo un condenado imbécil ignoraría.

—Querido —le murmuró su esposa con tono de reproche, cogiendo su mano.

—La cuestión es… su excelencia. Tememos las represalias que puedan haber. La influencia de Lady Wet es más profunda de lo que cree, no puedo señalar a nadie en particular, pero… —intercambió una mirada con su esposa—. Todos los rumores, todas las cartas que consiguieron llegar a manos de su majestad… le juró ante los Dioses, que no cuentan más que la verdad.

La sinceridad y dolor en sus ojos, parecían sinceros. Casi un reflejo de mi alma.

—Comprendo —dije, sabiendo que mis palabras nunca podrían ser un consuelo para todas las víctimas—. Creanme, por favor. Lamento profundamente todo lo que han vivido hasta ahora. Estoy dando todo de mi para resolver este asunto a la mayor brevedad, y procurar el bienestar de todos es mi prioridad.

Más tarde ese día, monté a Rhym y nos dirigimos a una de las residencias nobles más cercanas. Debía descartar los posibles candidatos nobles para alcalde o alcaldesa, tal como dictan las leyes, pero nadie más respondía a mi llamado. Por un lado, quizá debí esperar más tiempo. Pero por otra parte, podía considerarse como una falta de respeto acudir a ellos sin esperar invitación.

Para mi sorpresa, mis escoltas estuvieron de acuerdo en que, como Virreina, no necesitaba esperar una respuesta o invitación. Así que hice mi camino hasta sus puertas. Como temía, la postura de Lord Rowan y Lady Chesna se repitió. Ninguno estaba dispuesto a dar un paso al frente y reemplazar a Lord Evron. Se negaban tan rotundamente, que llegaron a rozar la descortesía en sus maneras, casi enfureciendo a mis escoltas.

Al final del día, lo único que quedaba era esperar las respuestas de los nobles fuera de la ciudad. Temía admitir que no había forma de convencerlos, y por ende, debía organizar una elección pública con candidatos plebeyos aptos.

Agobiada y frustrada, regresé al Palacete de Onode. Ahí me esperaba el informe oficial sobre la muerte del sanador Adolf. Luchando contra el recuerdo de la mujer pirata que meses atrás intentó matarme, leí su contenido con atención. El sanador que realizó la necropsia no pudo determinar cuál fue el primero o el último de los brutales golpes, así como tampoco pudo asegurar que él o los agresores usaran algo más que sus puños. Por otra parte, los residentes aledaños negaron escuchar o ver algo, la residencia de la víctima estaba hecha un desastre, con muebles volcados y un sin fin de objetos destrozados y esparcidos por las habitaciones. No había certeza de que fuese un “simple robo que salió mal” o un “asesinato premeditado”.




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