Agua en sus venas (radwulf 3)

CAPÍTULO XXIII

Amace

El tibio té entre mis manos no lograba relajar mi mente. Había decidido desayunar a solas, dentro de la alcoba y sobre la cama, pero todo lo que hacía era dar bocados mientras sopesaba, una y otra vez, mis escasas opciones. Sin un reemplazo, no podía sacar a Lady Wet y Lord Evron del palacete. Sin pruebas sólidas de un crimen atroz, no podía encerrar a nadie en un calabozo. Y algo me decía que no sería sencillo mantener a Lady Wet ahí, en espera de su juicio… Sería la parte más dura de mi trabajo, sin duda.

Dejé la taza a un lado junto a mis infinitas preocupaciones, y continué mi día. Lord Richard preparó para mí una sala más cómoda en la primera planta, donde recibí a diversos visitantes. Un carnicero, un par de agricultores, una modista e incluso una fregona, entre tantos otros. Todos incapaces de ocultar su sorpresa cuando me veían por primera vez, y la mayoría demasiado nerviosos y temerosos para hablarme de frente. Sus cabezas bajas y las excesivas reverencias, fueron tan habituales, que mi molestia inicial terminó derivando en una profunda lástima.

No podía culparlos. No debió ser fácil reunir el valor necesario para encontrarse con “la bruja de hielo”, además de ver mi peculiar apariencia y lidiar con el desconcierto general por mi título de Virreina. Si bien en Duhjía parecía que se habían acostumbrado a la situación, era una reacción natural para los humanos promedio.

Una reacción que casi había olvidado.

Aunque agotador, debí fingir que no lo notaba. Prometí ayuda, anoté sugerencias, solicitudes y acepté interceder ante el rey en diversos temas. Siendo la seguridad lo más habitual y aunque deseaba informar de inmediato al rey, me había ordenado evitar la comunicación a menos que fuera una emergencia, o cuando ya hubiese resuelto todo y los culpables fueran arrestados. Así que di por terminada la mañana sintiéndome inutil.

Almorcé junto a Lady Bashe y Lord Richard, pese a mi agotamiento mental y físico. La plática transcurrió a mi alrededor con algo de tensión, quizá por mi falta de entusiasmo o meramente por tener que estar a solas conmigo. Todo lo que deseaba durante esos largos minutos… era abrazar a Clim. Sentir su calidez y permitir que me alejará de todo el mundo, como tantas veces dijo que quería hacer.

Lo llevo tan dentro, pensé, lamentándome en silencio.

—Su excelencia —comenzó Lady Bashe, rompiendo mi burbuja—, ¿podría darme algo de su tiempo esta tarde? Hay un lugar que me gustaría mostrarle.

—Querida… —murmuró Lord Richard con preocupación.

Mi sorpresa quedó en segundo lugar ante su firme mirada.

—Está bien —acepte, sin excusas obvias a las que aferrarme.

No sabía cómo se supone que debía reaccionar, qué tantas emociones debía expresar mi rostro, ni cómo proceder ante la escena frente a mi.

Lady Bashe me llevó hacia una mansión a un par de calles del palacete, explicándome que era una de las tres mansiones que habían decidido habilitar para el hospedaje de los refugiados de Minkah. Dentro, varias decenas de niños y jóvenes de diversas edades, se reunían en lo que había sido un salón de baile para comer. Largas mesas de madera se extendían a lo largo de la estancia y al fondo, donde seguramente se debieron colocar las mesas con aperitivos y bebidas durante los bailes, estaban dispuestas un par de mesas y un puñado de mujeres nobles sirviendo comida desde el otro lado.

—Intento venir todos los días —me explicó—. Junto a otras damas, nos aseguramos que tengan todo lo necesario. Después de que perdieran a sus padres o tutores, durante varios años hemos intentado contactar con familiares en otras ciudades que pudieran hacerse cargo de ellos… pero no los encontramos, o alegaron no tener los recursos necesarios para tal responsabilidad.

»Lo cierto es… —suspiró—, aunque la mayoría provienen de familias humildes, los rumores se han extendido tanto que la mayoría prefiere evitar el riesgo de venir. No puedo culparlos por valorar sus vidas, pero…

—Los soldados podrían escoltarlos —dije desconcertada.

Bashe sacudió la cabeza, viendo a los niños comer ruidosamente.

—Lo intentamos, pero se negaron —suspiró—. Hacemos cuanto podemos… La mayoría desea regresar “a casa”.

Me sentí acongojada, viendo sus jóvenes y expresivos rostros. Algunos sonreían y reían, otros tantos veían hacia mí con miedo, y unos pocos comían lentamente, sumergidos en dolorosos pensamientos que ensombrecían sus semblantes.

Podía imaginar perfectamente como había sido aquel lugar, los cientos vals que resonaron, las parejas dando vueltas con coloridos atuendos. Los detalles labrados en las columnas y el cielo raso, tan elegantes, se sentían tan incoherentes ante la inocencia y sencillez de sus habitantes.

De repente, una pequeña niña rubia se puso de pie frente a mí, con sus grandes ojos verdes resplandeciendo. Esperando no asustarla me puse de rodillas, y viendo a sus ojos le pregunté:

—¿Necesitas algo?

Pestañeó varias veces y dio un vistazo a nuestro alrededor, como si saliera de un trance. Y entonces, el pánico rasgó mi pecho mientras veía que sus preciosos ojos se empañaban y su boquita temblaba. Antes de que pudiera pensar en qué hacer ante tal situación, la pequeña estalló en un desgarrador llanto.

Yo era la adulta, lo sabía, pero… por unos segundos regresé a ese doloroso momento. Aquel día en que había llorado con tanto desconsuelo como la pequeña frente a mi.

Estábamos en Kuejt, frente a la pira funeraria de la abuela paterna de Clim. La señora Naya de Kuejt, quien me había dado tanto cariño, quien solía escucharme con atención y, pese a su edad, jugaba conmigo con una sonrisa y mucha creatividad… Y luego regañaba a Clim por ser desconsiderado conmigo.

Yo no podía entenderlo.

Sentía el brazo de Clim sobre mis temblorosos hombros, mientras un torrente de tibias lágrimas inundaban mis ojos. Sin poder reprimir los sollozos que desgarraban mi pecho, el mundo de repente se sentía “injusto”. No había podido despedirme. Su salud se había deteriorado tan rápido, y pese a que el Maestro se había apresurado en llevarnos de regreso desde la otra punta del reino, tan sólo llegamos la mañana en que su cuerpo iba a ser cremado.




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