Agua en sus venas (radwulf 3)

CAPÍTULO XXIV

Wet fruncía el ceño al hombre de rodillas frente a su escritorio. Su ira no dejaba de crecer, y aunque sabía que era solo un mensajero aterrorizado, no le importo. Con un solo pensamiento, el hombre se estremeció, comenzando a sangrar por cada orificio mientras sus órganos eran drenados. Sólo un ligero gorgoteo fue lo último que escuchó de él, y entonces se derrumbó sobre la alfombra. Un charco de sangre se formó debajo de su retorcida forma.

La indiferencia por la vida ajena era algo habitual para ella. Pero la llegada de la última negativa de Amace a una reunión privada entre ambas, le había enfurecido tanto. Sus dedos hormigueaban por el deseo de sentir sangre fresca, sus pies querían llevarla al otro lado del río y terminar con todo en un mar de cadáveres.

¿Cómo puedo convencerla de ser algo más que un peón?, pensó frustrada.

Ni siquiera era capaz de alejar a sus escoltas, ¿debía recurrir al secuestro? Aunque ello encendería las alarmas de la armada, ya no le quedaba mucho tiempo como “Lady Wet”, pronto tendría que huir.

Una parte de ella comenzaba a creer que Janma tenía razón, que nada ni nadie podía doblegar la lealtad de Amace y que por lo tanto, era momento de desecharla. Romperla por completo para destruir Radwulf, o por lo menos causar un daño considerable. Era difícil creer que después de todo lo vivido, después de las brutales torturas, la soledad y el terror, quedara algo de cordura y bondad en ella. Wet misma había sufrido lo indecible en manos de otros…

—¡Glyn! —llamó a su ama de llaves.

La muchacha abrió la puerta, asomándose al interior con precaución.

—¿Qué necesita, milady? —le preguntó.

—Limpia —le ordenó, relajándose en su silla.

Glyn dio un vistazo al cadáver, apartando la mirada con un estremecimiento mientras daba media vuelta y salía al pasillo. Llamó a un par de mozos para que la ayudaran, y mientras ellos retiraban al pobre hombre, ella fue por una cubeta de agua y varios paños. Acostumbrada a esa clase de sucesos, limpió en silencio cada gota de sangre y bilis, escuchando a su señora trabajar. El ligero roce de las hojas, el rasgueo de la pluma, el crujido de la silla cuando ella se inclinaba.

Su indiferencia no era nada nuevo para Glyn. Se habían conocido hace más de siete años, después de todo. Y ella recordaba con vividez ese primer encuentro.

Oye —le había llamado—. Te estoy hablando, niñita.

Glyn de Nout se hallaba en el jardín del orfanato, bajo el alféizar de una ventana, oculta de los demás niños, sintiéndose sola y miserable. Para tener casi doce años, era demasiado pequeña y delgada.

Al alzar su ojeroso rostro, Glyn vió con sorpresa y fascinación a la mujer frente a ella. Alta, hermosa y seductora, vestía con más elegancia que las pocas nobles que Glyn había visto antes. Pero un escalofrío había recorrido su cuerpo al encontrarse con los vacíos ojos azules, que coronaba una sutil sonrisa.

Ven conmigo —le dijo, y sin esperar respuesta dio media vuelta alejándose

La pequeña no entendía nada, ¿quién era esa mujer y que quería con ella? Pero… no sobrevivirá ni medio año. Recordó las palabras que el sanador le había dicho al director, luego de su última crisis febril, cuando creyeron que ella dormía.

Convenciendose de que nada podía ser peor que vivir sus últimos días como una inútil convaleciente, se puso de pie y siguió los pasos de la mujer. Quien en ningún momento se molestó en voltear, y subió al carruaje que le esperaba cerca de la entrada del orfanato.

Pensaba en sus arrepentimientos, mientras fregaba con fuerza la alfombra. Ella era “afortunada”, lo sabía. El sanador que atendía a todos los niños del orfanato, le había dicho que no iba a vivir mucho, que difícilmente llegaría a los dieciocho años. Pero en su lugar, se convirtió en la doncella personal de una noble y, no mucho después, ascendió al puesto de “ama de llaves”.

Nadie se quejó, por supuesto. Entre todos los sirvientes del palacete de Minkah, ella era la única que nunca había sido receptora del enfado de Wet, ni castigada pese a los múltiples errores que cometió, y todavía cometía. Al contrario, dormía en una habitación demasiado grande del área familiar, tenía un sueldo generoso que probablemente ninguna ama de llaves había recibido antes y, encima de todo, su salud había mejorado tanto, que incluso un simple resfriado se aliviaba en cosa de un día.

Ella podría haber fingido que todo estaba bien, y nunca atreverse a escribir la peligrosa carta que hizo llegar al rey.

No pudo hacerlo.

Así como no podía ignorar cuando sus compañeros cometían algún error, y se interponía asumiendo la culpa antes de que Wet descargara su ira en ellos… Glyn no iba a continuar de brazos cruzados.

Al atardecer, regreso a la oficina de Wet y de pie en las puertas, le informo que quedaban pocas especias, así que iría rápidamente al mercado por más. Como a su dama le gustaban las comidas bien condimentadas, era la excusa perfecta. Sin apartar la mirada de los documentos, Wet espetó un “ve” agitando una mano. Ni un poco interesada en la administración del hogar.

Glyn hizo su camino fuera del palacete y hacia el mercado con prisa, sintiendo la fría humedad de la brisa nocturna con alivio. El constante temor que calaba sus huesos, disminuia a medida que dejaba atrás el palacete. Casi impulsándola a continuar caminando y nunca regresar.

Agradeció a los Dioses cuando llegó al pequeño negocio antes de que el tendero pudiera cerrar las puertas.

—¿Qué necesita? —le preguntó el hombre con el ceño fruncido.

A esas horas casi nadie caminaba por las calles, y él deseaba cerrar ya, antes de que algo malo sucediera.

—Quince onzas de pimienta negra, diez onzas de semillas de hinojo y tres trozos de jengibre deshidratado —dijo ella—, por favor.

El hombre dio un paso atrás y dio media vuelta, alcanzando un pequeño saco y dándole la espalda mientras lo llenaba de lo que tenía más cerca. La pimienta.




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