Agua en sus venas (radwulf 3)

CAPÍTULO XXVI

Amace

Todo estaba en mis manos. Cada documento adulterado, cada cifra contradictoria, cada informe con un mínimo de implicación por parte de Wet… Todas las “pruebas” que mis escoltas y yo, nos esforzamos en reunir. No obstante, antes de proceder con los arrestos debíamos asegurar la custodia del Alcalde. Al ser alguien físicamente vulnerable y un personaje relevante dentro del asunto, podía convertirse en objetivo de sus propios cómplices. Comenzando por Wet.

Lady Wet de Minkah, una mujer de origen plebeyo, que se convirtió en parte de la nobleza local al casarse con Lord Evron de Minkah. Y de la que, por más que buscamos, no encontramos un acta de nacimiento. Incluso su majestad dispuso un grupo de eruditos en la tarea de buscar su origen, pero no habían encontrado nada antes de mi partida.

—¿Alguna idea? —pregunté a mis escoltas, rompiendo el tenso silencio.

Todos se removieron en sus lugares.

—Tengo que poner al Alcalde lejos del alcance de Wet —dije, recalcando lo obvio—. Es la prioridad. Antes de arrestarla y a sus cómplices… entre los cuales hay al menos un Bletsun.

Lyssa se aclaró la garganta y preguntó:

—¿No cree que el Bletsun en cuestión sea Lady Wet?

No podía negar la gran probabilidad. Aunque a momentos me parecía una “locura”, los escasos registros de ella antes de su matrimonio y la actitud que hasta entonces había mostrado, parecían confirmarlo.

—Cualquiera podría ser —dije—, incluso podrían ser dos, tres o muchos más. No podemos descartar las posibilidades.

Si bien los registros cuentan siete Bletsun de primera clase y tres decenas de Bletsun de segunda clase, hasta ese momento sólo veintiún se hallaban al servicio del reino y en conocimiento público. Los de primera clase, Aire, Agua y Vida, eran una gran incógnita. Y el último, dado que Balkar de Ghnom solo llevaba una década difunto, aún debía ser un niño o niña de ocho a nueve años.

Pensar que un Bletsun tomó la decisión de usar su bendición para dañar a otros, revolvía mis entrañas.

—Disculpe, milady —dijo Verha—. No entiendo bien cómo es eso del Hidedís. ¿Sería posible contrarrestar su efecto o hacer que dejen de usarlo a la fuerza?

¡Qué tonta!, me regañé mentalmente por semejante descuido. Mis escoltas necesitaban estar al tanto de todos los peligros existentes, y todos los detalles posibles para cumplir con su trabajo de protegerme.

—Pues… las piedras Hidedís —comencé, reuniendo e hilando mi conocimiento adquirido hace años—, son lo único capaz de ocultar la presencia de un Bletsun a otro. En apariencia, son como cualquier otra pequeña piedra blanca, pero basta observarlas durante más de un minuto para ver diversos colores moviéndose en su interior.

»Surte efecto al entrar en contacto directo con la piel, similar a cuando se cubre la llama de una vela, pero sin extinguir la magia. Sólo la oculta. Y dado que los Dioses nos brindaron la habilidad de sentirnos unos a otros pese a las distancias, los eruditos e historiadores concordaron en que debe ser algo proveniente del Abismo.

—¿Eso quiere decir… que un Bletsun puede pasar completamente inadvertido, toda su vida, con solo poseer una Hidedís? —dijo Alton, en un tono más afirmativo que inquisitivo.

Nadie se molestó en responder una pregunta con la respuesta tan clara.

Tras un largo suspiro, Verha dijo:

—Eso da un poco de miedo.

Lyssa le dirigió una mirada algo molesta, y espeto:

—Enfrentaste enormes monstruos, Verha. ¿Y te asustan los Bletsun que quieran vivir sin llamar la atención?

—¿Qué puedo decir? —respondió él, encogiéndose de hombros—. Al menos a los monstruos puedo alcanzarlos con mi espada, los Bletsun por otra parte…

—Entonces él o los Bletsun en cuestión —dijo Wills, interrumpiendolo—, deben mantener una Hidedís pegada a su piel, ¿cierto?

—Sí, de otra forma perderían el contacto y ya los habría sentido. La única otra forma, sería que usen mucha magia de golpe, como en un hechizo o, por ejemplo, invocando una tormenta de nieve —dije, y me señalé—. Algo ligero como subir o bajar la temperatura, no sería suficiente para alertar a otros. Y dado que fue muy breve la presencia que sentí hace unos días, la mejor suposición es esa. Quien fuera, debió usar su magia de golpe, o para algo considerable.

—Entonces… sólo podemos hacer una cosa —dijo Wills, viéndome a los ojos—. Milady tiene que ser el cebo.

La lluvia de negativas no se hizo esperar. Lyssa y Verha alegaron que era demasiado peligroso, que en realidad desconocíamos a cuantos enemigos nos enfrentabamos, y que si algo salía mal y me lastimaban, ardería el reino…

Alce una mano deteniendo sus arrebatos con molestia.

—Así es —dije—, puedo invitarla a charlar en privado como viene pidiendo desde que llegamos. —Sin darles tiempo a comenzar de nuevo, me dirigí a Wills—. Solicita todos los hombres que necesites para asegurar el traslado del Alcalde hacia Real. Tienes mi autorización para reducir y arrestar a cualquiera que intente interponerse…

—Pero… —gimoteo Lyssa.

Mire a cada uno, descartando sus negativas bajo el peso de mis deberes.

—A menos que alguno tenga una mejor idea, este es el mejor plan que tenemos —dije con firmeza, negándome a dejar que los pensamientos calamitosos se interpusieran.

Ninguno dijo nada más al respecto.

Minutos después, abandonamos las catacumbas por una salida que llevaba río arriba. Llevábamos en nuestras manos las cajas con los documentos, las cuales atamos a las monturas con rapidez, asegurando así las últimas evidencias “oficiales”. Cruzamos el puente y llegamos al palacete de Onode sin mayor contratiempo.

Sentí que acababa de reposar mi cabeza sobre la almohada cuando una doncella llamó a la puerta. No me sorprendería que Lyssa se haya quedado dormida, pensaba mientras iba a las puertas, golpeando mis mejillas en un intento por no verme demasiado somnolienta.




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