Wills abandonó el palacete de Onode con el alba, dirigiéndose hacia el sur fuera de los caminos regulares. Iba sin caballo, tan sólo con su espada colgando de las caderas y una larga capa negra con capucha que le ayudó a moverse con sigilo por las sombras. Al salir de la ciudad e internarse en el bosque, caminó en zigzag durante más de quince minutos, atento a cualquier señal de que alguien pudiera haberle seguido. Llegó entonces hasta un pequeño campamento escondido entre la vegetación. La casi extinta hoguera y las gruesas mantas que hacían de cama a su alrededor, no indicaban hacia dónde podían haber ido sus ocupantes. Pero él, conociendo bien a sus compañeros, continuó caminando más allá, hacia la espesura de unos arbustos y tras estos encontró a un soldado de cuclillas. La mano en la empuñadura de su espada se apartó de golpe y, ya de pie, saludo a Wills con una palma sobre el corazón.
—Buenos días, Mayor —dijo, sonriendo.
Sin devolverle el buen humor, dio un vistazo a su alrededor, descubriendo sin esfuerzo a los demás soldados escondidos. Un par trepados a las ramas de unos árboles, y los demás tras los troncos y arbustos.
—¿Somos requeridos? —preguntó otro.
—Tenemos una tarea de gran importancia que podría costarnos la vida —respondió Wills.
Olvidando cualquier atisbo de alegría, todos los miembros del escuadrón bajo las órdenes de Wills de Duhjía, se formaron en frente de él y dijeron al unísono:
—Estamos para servir a su excelencia la primera Virreina.
Mientras Wills explicaba los detalles de la misión a sus subordinados, Clim caminaba por el exterior de Onode hacia el río. Tener que permanecer lejos de Macy era una tortura, pero nada le impedía dar un vistazo a los alrededores.
Dentro de la cocina del palacete de Minkah, Glyn supervisaba la preparación del desayuno. Solo una vez alguien había intentado envenenar a Lady Wet, pero ninguno de los presentes tenía el valor de arriesgarse a repetir la masacre vivida. Aunque muchos no habían estado presentes en aquel entonces, los supervivientes se habían encargado de compartir los detalles del horror con todos los recién llegados.
—Señorita Glyn. —Le llamo una doncella desde el otro lado de la habitación, junto a las puertas.
Al tener su atención, agitó una mano pidiéndole que se acercara. Inquieta, Glyn asintió y caminó hasta ella. Pero antes de poder alcanzarla, la mujer salió al pasillo y la incertidumbre creció.
Lady Wet sabe de mi traición, pensó, tambaleándose en medio del pasillo. El silencio no hizo nada por calmar los latidos de su corazón, ni los temblores de sus frías manos. Siguió a la mujer, quien dio un vistazo sobre su hombro pero continuó caminando, yendo hacia la escalera de servicio más cercana. Ambas subieron hasta la tercera planta, donde estaban las habitaciones de los empleados permanentes.
No, si lo supiera, no se hubiera molestado en enviar a alguien por mi.
Sus pensamientos volaron en todas direcciones, luchando contra el miedo. Y entonces la mujer ingresó a su alcoba compartida. Glyn cerró la puerta tras entrar, y sin perder más tiempo preguntó:
—¿Qué ocurre?
Su tono fue lo más indiferente que pudo. La doncella se removió inquieta por un minuto, reuniendo las palabras que quería decir y decidiendo cómo decirlas antes de finalmente tomar asiento sobre la cama más cercana.
—Me voy —comenzó, dejándola boquiabierta—. Quiero decir… Ayer llegó la respuesta de mi pariente en Kuejt. Va a recibirme, incluso ya tengo un trabajo esperándome, sólo… ¿Puede decirle a la señora, por favor?
Durante unos cinco minutos le pidió, le rogó que interviniera a su favor, que ella nunca había intercambiado más que un puñado de palabras con la señora y temía hacerla enojar. Glyn intentó calmar sus temores, tragándose sus propios miedos y la asfixiante ansiedad, y prometiendo que todo estaría bien la dejo sola.
No obstante, no regresó a la cocina ni fue con su señora. En su lugar, fue a la segunda planta y directo a su habitación, donde se encerró y, sentada sobre la sencilla alfombra color vino, se estremeció mientras intentaba recomponerse. Largos minutos pasaron hasta que logró reunir la suficiente fuerza en sus piernas, se puso de pie y dio vueltas con pequeños pasos, acompasando los latidos de su corazón tanto como le fue posible. Y tras asegurar un impasible rostro en el espejo, bajó por las escaleras principales.
La única forma segura de darle la noticia a su señora sin que se lo tomase como algo personal, según su experiencia, era hacerlo cuando estuviera de “buen humor”. Cosa que no estaba. Ni un poco. La visita de Lady Amace la había puesto inestable, irritable en el mejor de los casos. Como la tensa cuerda de un arco, a punto de empujar la mortífera flecha al primer incauto que se le cruzara.
A media escalera, se detuvo de golpe.
Vio con sorpresa que una doncella corrió hacia las puertas cerradas y dejaba entrar a un hombre bajo y canoso. El mensajero del Alcalde de Onode.
Dioses.
Se apresuró a llegar abajo y alcanzarlo, mientras intentaba no saltar a conclusiones. Pero no pudo evitar temblar cuando el hombre le tendió una carta, con el nombre de Lady Amace como remitente, y la recibió con sus manos delatando el nerviosismo. Tras despedir al hombre con automática cortesía, se dirigió a la oficina de Wet. Se detuvo frente a las puertas para tomar varias bocanadas de aire, en busca de la esquiva tranquilidad, y entonces dio dos ligeros golpes a las puertas.
—Pasa —dijo Wet, sin siquiera levantar la vista de los documentos sobre el escritorio.
Glyn abrió las puertas y entró, sin molestarse en volver a cerrarlas, y fue hasta el escritorio. Dejó la carta frente a su señora y dio un paso atrás esperando su reacción.
Wet frunció el ceño, molesta, pero antes de poder soltar una queja, sus ojos cayeron sobre el nombre en el sobre. Un tenso minuto transcurrió, alcanzó la carta y la abrió, leyendo el contenido rápidamente… una tenebrosa sonrisa se formó en sus labios. Glyn se estremeció consternada.