Agua en sus venas (radwulf 3)

CAPÍTULO XXVIII

Clim

Trepé un grueso roble junto al río para sentarme en una de sus ramas, desde la que tenía una vista bastante buena hacia Minkah, al otro lado del caudal. Macy permanencia en Onode, la sentía, y la tentación de deslizar mi magia hasta ella era casi insoportable. Casi.

Sin embargo, hay una manera.

Respiré profundo, alcancé la bolsita con nueces del bolsillo de mi abrigo y aparté mi capucha. La brisa se sentía muy refrescante e incómoda sobre mi piel, mientras llevaba una nuez a mi boca. La comí acomodando mis piernas sobre la rama y cerré los ojos. Lentamente y a medida que respiraba, fui palpando con mi magia el calor que la luz del sol transmitía, y fue a través de la misma que logré extenderme hacia otras fuentes de calor.

Una magia sutil pero efectiva, que el maestro Balkar nos había enseñado pocos meses antes de…

Extendí mis sentidos buscando algún fuego cerca de ella y cuando lo encontré, me adentré en él comenzando a escuchar. Golpeteos, susurros, pasos, el chirrido del metal, el crujido de la madera y el chapoteo del agua. Abrí los ojos y pude ver un poco. Había algunas personas moviéndose enfrente, sobre un piso de piedra pulida y ante un largo mesón. Una doncella, dos, tres, cuatro. Una cocinera dando órdenes. Sin duda, la cocina del palacete.

Mi visión se fue aclarando, aunque bajo una gran gama de tonos rojizos y dorados. Y entonces escuche que alguien mencionó a Macy.

—No puedo creer que el Rey escogiera como Virreina a la bruja —decía una doncella con tono molesto, mientras pelaba una papa.

Una segunda asintió efusivamente, y dijo:

—Seguramente la bruja de la mente lo obligó. No hay forma de que sea inocente.

—Tal vez, así planean apoderarse del reino. Ya que no lo consiguieron con el hielo…

—¡Ya, callense! ¡Dejen de decir tanta tontera junta! —las regañó una mujer mayor que bloqueó mi visión.

Algo cayó en el caldero sobre mi, haciendo chapotear el agua.

—Pero doña Flora, ¿no la vio? —insistió la segunda doncella.

—El Rey no está bien, doña. La bruja de hielo…

—¡Suficiente! —gruñó la señora, yendo hasta ellas y dando un contundente golpe sobre la mesa—. ¡En mi cocina no hablarán tonteras! ¡Nadie tiene derecho a cuestionar las decisiones de su majestad el Rey, ni juzgar a la Virreina!

—Así es, señora Flora —dijo una tercera, fuera de mi vista—. Sin duda su excelencia ha cometido errores, pero hay que abrir los ojos y escuchar con atención. Hasta el momento se comporta con recato y amabilidad. No tenemos razones para tratarla diferente a cualquier otro noble.

—Está bien, acepto que durante su estancia no ha hecho nada cuestionable —continuó la primera—. Pero, el General le asignó a tres de los mejores soldados como su escolta y envió órdenes con medidas para protegerla. ¿Quién nos protegerá a nosotros si ella enloquece?

El desprecio en su voz me irritó.

Si, había dado más de una orden respecto a la seguridad de su viaje. Tanto por ser la Virreina como por mis sentimientos personales, lo admito. Y si, aprobé la asignación de sus escoltas. Pero estos no estaban en sus posiciones sólo gracias a sus habilidades, ningún soldado ejerce funciones que no desea. Misma razón por la que Wills todavía no aceptaba ser uno de mis Comandantes Mayores, aunque los demás Mayores lo consideraban un superior.

Solo falta que especulen sobre nuestro cortejo…

—¡¿Es cierto?! ¡¿El General corteja a la bruja?!

El chillido de la segunda doncella me hizo retroceder, cortando el débil hilo de magia con tanta facilidad… y la consiguiente punzada tras mis ojos me hizo perder el equilibrio. Por un segundo pensé que caería, pero conseguí sujetarme de una rama sobre mi, la cual crujió mientras soltaba la bolsita de nueces y me estabilizaba sobre el tronco con la otra mano. Maldije por lo bajo, ya sin la más mínima intención de conectarme con mi magia a otro fuego.

¿Tan malo es que ame a Macy?

Con tan solo rememorar aquellos días en que me vi obligado a ser un “amigo” para ella, e incluso mucho antes, cuando solo eramos niños que desconocían la profundidad que podía alcanzar semejante sentimiento.

—No hay forma en que de un paso atrás. No mientras Macy corresponda mis sentimientos —dije al viento deseando que Sismery, la Diosa del amor, escuchase mis palabras y viera mi sinceridad en ellas.

Solté un largo suspiro y bajé del árbol. Rápidamente encontré la bolsita de nueces a pocos centímetros, medio abierta y con algunas nueces esparcidas sobre la tierra. Refunfuñando, la agarre y metí las pocas nueces que quedaban en mi boca, masticándolas con frustración mientras retomaba mi camino hacia el río.

“Debo ser discreto” me recordé, guardando la bolsita y cubriéndome con la capucha antes de abandonar la espesura.

Fui hasta uno de los puentes colgantes que conectan ambos distritos. Ahí, a un lado del camino, dos hombres con apariencia de leñadores hablaban de cerca. El replicar de la corriente a pocos centímetros, me impidió escucharles pese a pasar junto a ellos.

—¡Hey, detente! —Escuché el grito de uno, cuando ya tenía mis pies sobre el puente.




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