Lady Wet de Minkah fruncía el ceño a la espalda de la mujer frente a ella, mientras ambas caminaban por un oscuro y largo pasillo de las catacumbas. La lámpara de aceite en manos de la mujer, era la única fuente de luz, mientras que sus pasos y respiraciones eran los únicos sonidos perceptibles. Su mañana tranquila y expectante había sido interrumpida por ella. Por lo cual deseaba, mucho, romperle el cuello y terminar con su “inutil” existencia.
El hecho de que no sintiera el menor temor ante la presencia de Wet, demostraba ante la misma que no estaba ni un poco cuerda.
—Ya verá —decía la mujer, dándole una sonriente mirada sobre su hombro—, no necesitamos otros Bletsun.
Palabras que provenían de Yanma, quien se oponía a su idea de “convencer a Amace de abandonar el reino y unirse a ellos”, a la que Wet se había aferrado. Sin saber que en realidad, ella no tenía la menor intención de aquello.
Descendieron hacia una caverna desde la que podían escuchar el ligero replicar del agua. Una corriente subterránea que Wet sentía con claridad. En medio de la estancia y rodeados por varias lámparas, un grupo de hombres se reunían en torno a un niño. Sus miradas se centraron en ambas, aunque Wet pudo notar en sus ceños fruncidos atisbos de temor.
Cuando su atención cayó sobre el niño, su cuerpo se estremeció y el aliento quedó atascado en su pecho. Por un momento creyó estar ante una versión más pequeña y descolorida de Amace. Pero no era ella. El niño no podía tener más de diez años, quizá menos. Claro cabello rubio que rozaba sus hombros, piel pálida sin manchas visibles y unos ojos tan oscuros que no se podía diferenciar el iris de la pupila.
Un Noush.
—Muestrale. —Le ordenó la mujer al niño, removiéndose con alegre expectación junto a Wet.
El niño soltó un suspiro y un segundo después, una espesa oscuridad salió de su cuerpo extendiéndose hasta cubrir el suelo, las paredes y el techo, tragando incluso la luz de las lámparas que los rodeaban. Era como un mar de tinta, y Wet no habría podido distinguir nada de no ser por la lámpara que la mujer todavía cargaba.
Dos cosas pasaron dentro de Wet durante el largo y silencioso minuto que transcurrió. Primeramente y después de muchos años, sintió miedo. Al mismo tiempo, supo que Amace podía sentir al niño tan claramente como ella. La putrefacta esencia de la “magia” que la rodeaba, era la principal razón por la que los Noush no podían vivir en Radwulf sin una hidedís. Según le había explicado Yanma, los Bletsun habían comenzado a ser odiados cuando se hizo público que muchos de ellos habían “matado personas inocentes”, quienes en realidad eran Noush.
Los Dioses crearon a los Bletsun como depredadores de los Noush.
Aunque ella dudaba de las afirmaciones de Yanma, no podía negar que su primer impulso ante ellos… era matarlos.
Conteniéndose como mejor pudo, finalmente dijo:
—Puedo verlo. Un poder muy útil.
En ese momento, Wet lamento profundamente el día en que aceptó la mano extendida de Yanma. Debió dejar que el instinto tomara el control, debió matarlo, poner un punto final en los siniestros planes que él tejía.
Con una sonrisa forzada, ella agregó:
—Seguramente podrán cumplir las órdenes de nuestro señor sin problemas.
La mención de Yanma borró la sonrisa de la mujer, y enrojeció un poco haciendo destacar la cicatriz que cruzaba la mitad izquierda de su rostro. Sin embargo, antes de que pudiera replicarle con una frase que seguramente le haría conseguir una paliza, el niño comenzó a retraer la oscuridad, devolviendo la luz mientras daba un paso al frente e inclinándose ante Wet dijo:
—Me esforzaré en cumplir sus expectativas, señora.
—¡Beta! —gruñó la mujer, con un tono tan molesto como sorprendido.
—Perfecto —dijo Wet, dando una palmada mientras sonreía tensa—. Ahora mismo tengo una reunión importante, así que volvamos a vernos otro día.
Su insinuación de que aquella no era una “reunión importante”, avivó el enfado de la mujer. Pero Beta dio otro paso al frente, alcanzando la lámpara que colgaba de la temblorosa mano de su madre para dársela a Wet con una sonrisa.
—Nos vemos, señora. Que tenga un buen día.
Wet recibió la lámpara evitando tocar sus pequeños dedos, pero antes de continuar con su camino, como esperaban todos, ella les advirtió:
—Manténgase lejos de la Virreina. Ella ya sabe que están aquí.
Beta dio un paso atrás asintiendo, se colocó la capucha de su capa y terminó de suprimir su magia.
Wet no perdió más tiempo y se marchó, regresando por el camino antes recorrido con pasos firmes pero sin prisa. Al menos, hasta que estuvo fuera de la vista del grupo. Maldiciendo mentalmente, apresuro sus pasos hasta casi correr.
La gran mayoría de los Noush sólo son capaces de controlar sombras y poco más. Los pocos capaces de controlar la oscuridad más espesa y profunda, nunca habían llegado a tanto poder. Únicamente un muchacho llamado Sent había destacado en siglos, y para satisfacción de Yanma.
Hasta Beta.
De alguna manera, Yanma había conseguido dos Noush muy poderosos y todo Nanda corría peligro.
Wet regresó al palacete preocupada y furiosa con el mundo. Sobre todo, decepcionada consigo misma. Por mucho que odiara a todos, inocentes o no, existía una persona a la que deseaba felicidad.
Pese a ser incapaz de amar.
—Milady, ¿necesita algo? —Le preguntó Glyn, al encontrarse con ella al pie de la escalera principal.
Estrujaba sus manos, ansiosa y alerta al ver que su noble señora había regresado desarreglada. El vestido cubierto de polvo, mechones de cabello fuera del broche que los había sujetado fuera de su rostro, y un ceño fruncido que había provocado la huida de varios empleados.
—Tengo que salir. —Le respondió cortante—. Ayúdame a cambiar estas ropas y arreglarme.
Subió las escaleras sin esperar respuesta, sabiendo que Glyn iba a obedecer sin quejas. Y así fue, Glyn la siguió, ordenando que subieran agua para el baño de la señora. Tan rápido como pudo, se hizo cargo de bañar, secar, vestir y maquillar a Wet de Minkah, regresándola a su “sensual y elegante” apariencia de siempre.