Agua en sus venas (radwulf 3)

CAPÍTULO XXX

Amace

Sostenía el trozo de papel frente a mí con una mano temblorosa, mientras bebía los últimos sorbos de mi té sentada frente al escritorio. Era la confirmación de mi cita con Lady Wet. Lyssa estaba en frente, de pie, viéndome con preocupación. Cualquiera de las típicas frases positivas que pudiera decirme, ya las había escuchado.

—Lo sé. —Le dije, dándole un vistazo y bajando la taza de vuelta a su platillo—. No necesitas darme ánimos, Lyssa. Lo sé.

Tras soltar un largo suspiro, Lyssa dijo:

—El General enfurecerá con nosotros cuando se entere de que la dejamos a solas con esa mujer. Y eso, si todo sale bien.

—Yo me encargaré de Clim. —Solté con cierto fastidio, desestimando su advertencia—. No exageres.

—Con todo respeto —comenzó, con mucha seriedad—, usted podría incendiar un orfanato lleno de niños y el General seguiría amándola.

Mi rostro ardió, avergonzada por semejante afirmación. Quería refutar, pero fue difícil reunir las palabras necesarias… así que ella continuó.

—Por el contrario, los soldados y su fiel servidora no podemos ni pestañear sin que él se enfade.

La indignación en su queja, finalmente logró que riera, aliviando en buena parte la tensión de mis hombros… Hasta que un escalofrío recorrió mi columna. Mi risa murió de golpe, provocando que Lyssa llevara su mano a la empuñadura de su espada, tensa y más alerta de lo que había estado antes.

—¿Siente un Bletsun? —preguntó, tras un largo y tenso minuto.

Asentí ligeramente, para luego negar con vehemencia e intentar explicarlo.

—Es distinto. Lo siento… Lo siento con ligera claridad, proviene de Minkah pero… No es del todo como las “presencias” de otros Bletsun. —Cerré los ojos y tanteé la amarga y fangosa presencia—. Tiene cierto…

»Cada Bletsun tiene una esencia única, que evoca en otro una mezcla de fragancias, sabores y texturas. Nos permite reconocernos entre nosotros, e incluso podemos encontrarnos a grandes distancias. Sin embargo, esto se siente como fango, amargo, podrido y… frío. Aunque un frío que me es ajeno.

—Eso no suena alentador —dijo.

Abrí los ojos, la miré e intenté tranquilizarme.

—Así es. No recuerdo haber sentido antes algo tan… siniestro. Ni siquiera con Noemia o Clim, aunque sus presencias son las más espesas entre todos —concluí, y le tendí el arrugado papel para que lo guardara junto a los demás documentos.

—¿Lo dice en serio? —inquirió, mientras recibía el papel—. Eso… ¿significa que el carácter influye en su “presencia”?

El borde burlón en su pregunta trajo una sonrisa a mis labios. Aquella conclusión parecía lógica, hasta cierto punto al menos, dado que era difícil definir por completo cada “presencia Bletsun”.

La presencia se desvaneció.

—Puede ser… —Asentí, y me puse de pie con renovada decisión—. En fin, continuaremos con el plan. Quien sea el dueño de esa siniestra presencia, me encargaré de hallarle luego de concluir nuestra misión.

Salimos de la oficina con rumbo a la entrada principal, lugar en que nos interceptaron Lady Bashe y sus doncellas.

—Su excelencia —ella se inclinó—, permítame darle esto para su salida de hoy.

Señaló a la doncella que se acercaba con una caja para sombreros en las manos.

—Oh, no hace falta… —comencé a negar.

Nunca me había sentido muy a gusto llevando sombreros. En la medida de lo posible, los evitaba incluso durante los días de verano en que el sol golpeaba con excesiva fuerza.

—Por favor —insistió Bashe—, hace juego con su vestido.

Lo sacó de su caja y me lo mostró. Era un sombrero de paja, decorado con cintas de los mismos colores que el vestido que llevaba puesto, y un trozo de velo blanco colgando por un lado. Quería rechazarlo rotundamente, pese a lo bien que encajaba conmigo y el clima, pero los ojos de Lady Bashe me miraban sin malicia. Tan solícitos como toda su postura y actitud hasta ese momento.

—Está bien —cedí—, muchas gracias. Aunque no es necesario que se preocupe tanto por mi, señora Bashe.

Recibí el sombrero y Lyssa me ayudó a colocarlo sobre mi cabeza, dado que no tenía tiempo de buscar un espejo.

—Descuide, es un placer servirle —dijo Bashe, restándole importancia con un ademán—. Espero que tenga un buen viaje, su excelencia.

Ella y sus doncellas se inclinaron ante mí, despidiéndonos con cortesía.

Intentando sacudirme la inquietud, salí del palacete y subí al carruaje con ayuda de Lyssa. Alton conducía, Verha cerró la puerta tras Lyssa y subió sentándose junto a Alton. Nos dirigimos entonces con prisa hacia la taberna en Minkah que había escogido como lugar de reunión. Incluso me había tomado la molestia de escribirle al propietario con la “solicitud” de mantener cerrado su local durante esas horas, evitando así que los civiles inocentes se vieran involucrados.

—Que los Dioses nos protejan —murmuró Lyssa cuando cruzábamos el puente.

Pronto, llegamos al frontis de la taberna. Un letrero negro con forma de Ohsen colgaba de oxidadas cadenas sobre la entrada, con un “el perezoso” escrito en blanco y dorado. La calle estaba desierta, ni un alma a la vista. Lyssa bajó primero y revisó los alrededores junto a Alton, mientras Verha me ayudaba a bajar. El aviso que colgaba de la puerta con un “abierto”, me impulsó a abrir e ingresar a la penumbra. Los tres se apresuraron a seguirme.

El aroma a grasa y especias llenaba el tibio aire. Un candelabro colgante coronaba el alto cielo raso, y lámparas de aceite en medio de las mesas, iluminaban en lugar de la luz del sol que apenas ingresaba a través de las pocas ventanas. Las mesas y sillas cubrían todo hasta el fondo, frente al largo bar, tras el cual se hallaban unas puertas por las que salió un hombre mayor.

—Buenas, ¿usted es el señor Steven? —dije.

—Sí —asintió, y se inclinó ante mí—. Sea bienvenida, su excelencia. He despejado el lugar desde hace diez minutos, nadie debería aparecer hasta dentro de dos horas, pero voltearé el letrero en este momento para su tranquilidad.




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