Amace
Wet cruzó el umbral de El Perezoso, dirigiéndose directamente hacia mi mientras se quitaba el pequeño sombrero que decoraba su cabeza. “Es hermosa” pensé, viéndola navegar entre las mesas y sillas con fluidez, balanceando las caderas enfundadas en la misma tela azul del sombrero. Mantuve la compostura como mejor pude. Aunque me sentía capaz de enfrentar cualquier peligro, en realidad esperaba, quizá con una esperanza demasiado infantil…. que no tuviese que hacerlo.
Sus ojos seguían siendo inexpresivos, pero con una sonrisa siniestra que me perturbaba.
—Buenas tardes, su excelencia. —Me saludó, inclinando ligeramente su cabeza—. Muchas gracias por aceptar esta reunión…
—Lady Wet —le corte—, estamos a solas. Así que no hay necesidad de seguir fingiendo.
Sin perder la sonrisa, dejó su sombrero sobre la mesa y tomó asiento enfrente de mí. De espaldas hacia la puerta.
—Bueno, Amace. Eso es un poco aburrido —dijo, y alcanzó la tetera para servirse té en la taza extra.
—No confío en usted, ni en sus intenciones —declaré.
—Era de esperarse.
—Así que vaya al grano —le ordené.
—¿Por qué la prisa? —preguntó antes de beber un largo sorbo.
Su actitud desafiante comenzaba a enfadarme.
—Lady Wet de Minkah, desde este momento se encuentra bajo custodia —dije, observando con atención sus reacciones.
—Que ruda, Amace. ¿No me preguntaras nada sobre lo que supuestamente hice? —inquirió, dejando la taza sobre su platillo.
Sus evasivas eran más irritantes que nada. Pero me calme pensando que en ese mismo momento Wills debía encontrarse con Lord Evron, por lo que era mi deber distraerla y arrestarla. O al menos, esperaba proceder con su arresto sin mayor problema.
—¿Confesará sus crímenes? —pregunté de vuelta, alcanzando mi taza para beber lo restante del té, ya frío.
Di un sorbo mientras ella se inclinaba sobre la mesa colocando un codo sobre la misma, y abrió la boca para decir algo… pero sus ojos brillaron y su sonrisa desapareció.
Era un “brillo Bletsun”.
El aire se sintió extraño. Un susurro agrio se arrastró sobre mi desde los dedos de mis pies, y aunque me puse de pie de golpe, dejando caer la taza sobre la mesa, no pude mover ni un músculo más. Algo se había introducido en mis venas, recorriendo cada centímetro de mi cuerpo hasta que mis pulmones fueron obligados a detenerse. Un casi imperceptible quejido salió de mis labios y mi visión se fue nublando, tragada por una familiar oscuridad.
Con horror, comprobé que ella tan solo me observaba en silencio mientras perdía el conocimiento. Aunque creí escuchar que murmuraba un “oh, bueno”.
La oscuridad, tan familiar, dolorosa y aterradora, me envolvió con tanta fuerza que me fue difícil recordar que debía pelear en su contra. Cuando al fin logré abrir los ojos, no hubo mucha diferencia. La ligera llama de una lámpara iluminaba tan poco, que distinguir las paredes de roca astillada y el hueco que hacía de entrada a la pequeña habitación me tomó varios minutos. No cabía duda de que me hallaba bajo tierra.
Intenté ponerme de pie, pero sentía tanto dolor en cada hueso, músculo y articulación, que solo conseguí sentarme. Y los recuerdos de lo sucedido me impulsaron a soltar una colorida maldición. Una de las tantas que había escuchado decir a Clim.
Entonces lo note.
Envolviendo mis muñecas, dos gruesos aros de oscuro metal. La cadena replicó al alzar mis temblorosos brazos, reverberando en lo profundo de mi alma mientras me arrastraba de vuelta a esa habitación. En lo alto de la torre, rodeada por los monstruos del Abismo y mi propio hielo.
El amargo pánico desgarró mi alma, sacudiendo mi cordura bajo los vividos recuerdos…
Podía sentir cada ardiente herida sobre mi piel.
Podía saborear la bilis y la sangre llenando mi boca.
Podía escuchar la profunda y siniestra risa de mi captor.
Estarás bien, Macy. Ya no eres esa niña asustada y rota.
En medio de la densa oscuridad, recordé a Clim. Tal y como en esas incontables veces que había recurrido a sus recuerdos en busca de refugio, dolorida y destrozada, solo gracias a él logré preservar mi cordura y encontrar algo de paz.
No estoy sola.
Cerré los ojos, tomé una gran bocanada de aire y jale mis manos, comprobando el largo de las cadenas. Eran más cortas que las anteriores. De inmediato intenté congelarlas, pero estaban compuestas del mismo material que las otras, inmunes a mi magia. Así que, reuní todo el valor que pude y comencé a hacer lo mismo que la primera vez: forzar el congelamiento de mis muñecas.
Debo huir.
—Yo no intentaría eso si fuera tu.
Me detuve de inmediato con un estremecimiento. Deje caer mis manos, atenta a cualquier movimiento o indicio de magia, y observe a Wet de pie bajo la luz de la lámpara.
No puedo dejar que me tome por sorpresa otra vez.
—¿Qué? —inquirió, ladeando la cabeza—. ¿No tienes más palabras elocuentes?
Sin duda, ella se había percatado de la partida de Lord Evron, y aunque no estaba segura de los detalles, supuse que me había sacado de El Perezoso a la fuerza. Mis escoltas lucharon para impedirlo, no tenía dudas al respecto. Y aunque sentía una gran preocupación por el bienestar de los tres, debía concentrarme en salir de ahí con vida.
—Como quieras —dijo, y dio un par de pasos hacia mi.
Me deslicé lejos, apoyando mi espalda contra la pared de roca. Lista para saltar a mis pies.
—Continuemos nuestra plática —continuó, deteniendo sus pasos con una sonrisa—. ¿Qué fue lo que preguntaste antes? Ah, ¿qué si confesaré mis crímenes?
Una seca y molesta carcajada dejó su garganta, provocándome escalofríos.
—Eso tomaría demasiado tiempo, querida Virreina. Mejor quedemos en que ambas tenemos las manos empapadas con sangre ajena.
—Yo no…