Clim
Me sorprendí un poco al percatarme de que Macy había cruzado el río. Todavía sentado junto a la fuente coronada por su Diosa, no me sentaba bien saberla tan cerca y no poder ir a su lado.
Maldición.
Minutos después, demasiado intranquilo como para seguir sentado ahí, sin hacer nada, decidí regresar al bosque. Tome un camino distinto y un poco más largo como precaución, pero antes de salir del último callejón, sentí un Bletsun. La magia se agitó en algún lugar de la ciudad por un minuto, y desapareció.
Con la garganta apretada por el pánico y los pies clavados al suelo, intenté convencerme de que no era real. Que no podía… porque fue justo donde sentía que Macy se había detenido.
Trague el regusto amargo que dejó en mi boca.
¿Un Bletsun?
Con largos pasos, decidí desviarme bordeando el río hacia el puente principal.
No es como la presencia anterior, eso es seguro.
No quería creer que ella estuviera en peligro, pero de repente ya no la sentía en ese lugar.
Debo intervenir…
Al acercarme al puente, detecte un rastro de magia. Tan ligero que habría pasado desapercibido si yo no hubiera estado atento.
No puede ser coincidencia.
Me interne en la avenida principal con el corazón latiendo desenfrenado, mientras me centraba en llegar al lugar en que la presencia de Macy desapareció. Ignore todos los ojos curiosos que se asomaron por los rincones, y a los encapuchados reunidos en grupos por el camino. Nadie me prestaba atención, hasta que un grupo en particular se interpuso.
Un puñado de hombres, quienes rodeaban a dos figuras más pequeñas y encapuchadas. Iba a pasar entre ellos, sin intenciones de armar un escándalo.
—Alto ahí —dijo uno de los encapuchados, con una voz ronca pero femenina.
Me detuve, dando un vistazo a todos para guardar sus rostros en mi memoria, mientras sopesaba mis opciones. Me rodearon exudando hostilidad, aunque no eran una verdadera amenaza para mi.
—Quítate la capucha. —Me ordenó la mujer, con un tono molestamente autoritario.
Si, claro. Como si yo, el General y Bletsun de fuego, fuese a obedecerle sin chistar. Existía la posibilidad de que me reconocieran con solo verme, y una alta probabilidad de que intentaran quitarme la capucha por la fuerza… y algo más.
Dos hombres se abalanzaron sobre mí, pero eran lentos y torpes. Con fluidos y rápidos movimientos evadí sus manos, y usando sus propios impulsos, los hice caer de bruces con apenas un toque. No obstante, el paso que di hacia atrás me puso al alcance de un tercero, quien rodeó mi cuello con sus gruesos brazos, mientras un cuarto sujeto se acercaba con un cuchillo y una sonrisa triunfal. Sostuve los brazos alrededor de mi cuello, y di una patada en el rostro del cuarto, sorprendiendo a ambos atacantes. Antes de que el tipo que me sostenía pudiera reaccionar, me retorcí y le di un codazo en las costillas, logrando que perdiera un poco el agarre, y tras un cabezazo contra su mandíbula me incliné llevando su cuerpo sobre mi hombro.
Me endurece rápidamente, dando dos pasos atrás. Mientras los hombres se ponían de pie con quejidos y sangre chorreando de sus rostros, viendo hacia mi con palpable odio, pero manteniendo las distancias. Una precaución tardía.
—Basta de juegos —gruñó la mujer, desenvainando la espada oculta bajo su capucha—. ¡Muéstrate!
No me moleste en reprimir una sonrisa. Que alguien tuviera el descaro de ordenarme algo, sin saber quien soy ni tener la menor autoridad, era gracioso.
—Por favor —dije, alzando mis palmas vacías en un indudable gesto provocador—, permítanme descargar mi frustración en sus pellejos.
Los hombres se abalanzaron sobre mí otra vez.
Sin perder tiempo, desate mi capa y la lancé sobre el más cercano, bloqueando su visión y ataque mientras pateaba el pecho de otro, y bloqueaba la espada del siguiente con mi brazo. O mejor dicho, con el brazal oculto bajo mi ropa. El impacto del metal contra metal resonó junto a las groserías que vociferaban, al mismo tiempo en que el anterior sacaba una cuchilla de su bota e intentaba apuñalarme. Pero alcancé la camisa del primero y le jale girándonos, de modo que chocó con el otro, y ambos cayeron estrepitosamente perdiendo sus armas.
El que había cubierto con la capa consiguió destrozarla con una navaja y arremetió en mi contra con un gruñido, sin embargo, su agarre era incorrecto. Así que bloquee su ataque con mi brazo, golpee su muñeca haciendo que soltara la navaja, y le di un puñetazo en la cara con toda mi fuerza. Cayó sobre su espalda, aullando de dolor y cubriendo su nariz sangrante.
Controlando mi respiración, mire a mi alrededor, atento a cualquier movimiento. Sin embargo, ninguno se atrevió a dar un paso hacia mí, moviéndose doloridos y asustados fuera de mi alcance. Incluso la mujer, todavía bajo su capucha y con su espada en la mano, no se atrevió a insistir.
—¿Y bien? ¿Mostrarán sus rostros o debo usar la fuerza? —Le pregunté a ella, cruzando mis brazos.
No había desenfundado mi espada, ni me iba a molestar en ocultar mi rostro otra vez. Necesitaba quitármelos de encima cuanto antes y buscar a Macy.
La mujer dio un paso hacia mi, pero la figura encapuchada más pequeña se interpuso y con una voz infantil dijo:
—No tenemos intención de herir a un soldado.
Asintió hacia la mujer, y ella finalmente regresó su espada a su vaina para luego quitarse la capucha con brusquedad.
Contuve el aliento, manteniendo mis emociones fuera de mis facciones tanto como fui capaz. La mujer tenía una cicatriz que cruzaba verticalmente la mitad izquierda de su rostro. Desde su cabello hasta la garganta, y otros cientos de pequeños arañazos esparcidos por el cuello y más allá de la vista.
Esas cicatrices me recordaron las cicatrices de Macy. Marcas que la seguirán toda la vida y que son el testimonio de todo cuanto sufrió.