Amace
Pensé en sus palabras durante un largo minuto, intentando descifrar a qué se refería con aquello. ¿Aquel que quiero destruir?, solo existía un ser sobre la faz de Nanda a quien odiaba con feroz intensidad, pero…
—No sé de qué hablas —dije reticente—. Y puede que no seamos tan distintas, pero nunca traicionaré a Radwulf…
Ella chasqueó la lengua, con una mueca extraña.
—Cambiarás de opinión, querida Virreina —dijo, inyectando sarcasmo en “virreina”—. Hace unos años… él llegó a mi. Se le conoce como Yanma, aunque tuviste la fortuna de conocerlo cuando se hacía llamar Tarsinno.
Fui incapaz de contener el gimoteo que me provocó su mención, ni los estremecimientos que recorrieron mi cuerpo ante la confirmación.
—Es un Noush —continuó—. Fue capaz de hallarme pese al amoroso regalo de mi primer dueño, y me dio lecciones sorprendentemente útiles.
No me gustaba para nada el tono alegre con que hablaba de ese monstruo. El agua a mi alrededor subía lentamente, envolviendo mis piernas en un agarre que comenzaba a ser doloroso.
—Iba y venía, dándome ideas para conseguir y mantener mi lugar como esposa del alcalde. Una alcaldesa en las sombras, decía. —Dio algunos pasos alrededor, estrujando sus manos—. Verás, él necesitaba dinero. Mucho dinero. Así que tomó todo lo que pudo mientras el joven rey se mantenía oculto en las catacumbas de Real, y reunió a otros cientos de Noush bajo su mando. Claro, no podía traerlos a Radwulf sin alertar a todos los Bletsun…
—Hidedís… —murmuré, comenzado a comprender—. Él te dio una Hidedís.
—No, no. Esto —Detuvo sus pasos, se inclinó hacia mí casi tocando el agua que simulaban barrotes, y deslizó el escote de su vestido descubriendo un poco su seno izquierdo—, es el amoroso regalo del hombre que me compro de mis padres.
No podía racionalizar lo que mis ojos veían. Una mancha blanca en medio de su piel tostada, dentro de la cual comenzaron a danzar un sin fin de colores.
Una Hidedís.
Una piedra Hidedís incrustada en su pecho, aproximadamente del tamaño de un Ruff de oro, sin señales de cicatrices ni bultos. Parecía haber nacido con ella.
—Mientras me arrancaba la piel con una extraña cuchara, me contó que se trata de una técnica desarrollada en el reino olvidado. Driclaub —explicó, soltando la tela, y dio un paso atrás.
No pude evitar imaginar lo que describía. El dolor, la sangre, el horror de una niña… Lo sentía en mi propia piel.
—No estás ni cerca de imaginar cómo se sintió —dijo, viendo a través de mi—. ¿Crees que fue terrible tu tiempo junto a Yanma? Aquello apenas se registra en la escala de atrocidades del mundo, Amace. Pero puedo darte la venganza que anhelas…
—No quiero venganza —repliqué cortante, apartando semejante idea de mi mente.
Una de las tantas enseñanzas del Maestro Balkar fue “no albergar rencores”. Sentimientos como el odio, el miedo y la culpa son inevitables. No obstante, aferrarse a ellas es dañino para el alma. Especialmente un alma bendecida por los Dioses, como es el caso de nosotros, los Bletsun.
—La justicia es el único camino —dije, repitiendo las palabras del Maestro.
Aunque en ese preciso momento no podía sentirlas como reales, sabía muy bien que cualquier determinación desaparecería cuando volviera a encontrarme con el causante de mis pesadillas… Yanma.
La risa de Wet resonó a nuestro alrededor, provocándome un escalofrío.
—Negarlo no lo vuelve menos real —dijo—. Nada cambiará lo sucedido. Sin importar con cuánto maquillaje las cubras, las cicatrices siguen ahí. A pesar de todas las personas que te rodean, sigues estando sola. Incluso si el General dice amarte, él jamás amará la oscuridad que es una parte imborrable de ti. Nadie nunca podría amarte por completo.
Cada palabra se sintió como agujas atravesando mi corazón. La amargura que quemó mi garganta, empujó las repulsivas palabras a mi lengua.
—Es cierto.
Ella parpadeó, viéndose sorprendida por un minuto. Su psicótica sonrisa desapareciendo bajo el esbozo de una más pequeña y… tímida.
—¿Qué quieres de mí? —Le pregunté, relajando mi postura tanto como pude contra la roca a mi espalda.
Tomo aire y dijo:
—Ayúdame a matarlo.
Su seriedad al decir palabras tan crudas encajaba con el ambiente, y aun así, no pude contener la risa que estalló desde mi pecho. Me estremecí tanto y tan fuerte, que las cadenas replicaban y chapoteaban, y mi estómago dolió.
Cuando conseguí calmarme lo suficiente, regresé mi atención a Wet, quien me fruncía el ceño de brazos cruzados. Nada contenta con mi reacción. Contuve como mejor pude una nueva oleada de risas, e inhale profundamente intentando no enloquecer.
—Creí que trabajaban juntos —dije—. ¿Por qué quieres traicionarlo?
—Para él —gruñó entre dientes—. Cosa que he hecho para sobrevivir… Sin embargo, sus planes ponen en peligro los míos.
—¿Los tuyos? —inquirí, todavía incrédula.
Es un truco, me decía a mi misma, no queriendo que cualquier simpatía hacia ella nublara mi juicio.
—No que importe, pero la idea de irme lejos y vivir el resto de mis miserables días sin preocupaciones, es mucho más atractiva que destruir el mundo —explicó, comenzando a dar pasos de un lado a otro—. Él consiguió completar la primera parte de su plan gracias a ti. Y por lo que pude deducir, ahora está en progreso la segunda parte, pero quiere usarme como distracción. Lo que me pidió… —suspiró, abrazándose a sí misma—, es algo que me mataría.
No es fácil matar un Bletsun. Nuestra magia es capaz de protegernos cuando nos encontramos en peligro mortal, ya sea contra magia externa o ataques físicos. Ni las inclemencias del clima, ni enfermedades mortales pueden afectarnos. Gripes, jaquecas, sangrado nasal y dolor muscular son lo habitual. Sería necesario drogar o envenenarnos, para minimizar nuestras reacciones o eliminar cualquier reacción defensiva. Cosa que antaño se hacía para ejecutarnos.