Clim llegó a la trampilla cerca del río y dentro de un callejón, la cual funcionaba como una entrada pública hacia las catacumbas. Lyssa, Alton y Verha se apresuraron a alcanzarlo, mientras él intentaba abrirla jalando y empujando, sin conseguir que se moviera ni un centímetro.
Alton tenía razón, había un hechizo bloqueándola. Podía sentirlo con gran esfuerzo, por lo que no era irrompible.
Dio un paso atrás y concentró su magia en las manos.
—Deiw Dyheu, rompe las cadenas que me impiden avanzar y resguarda esta tierra del daño que se avecina. Este hijo de la luz humildemente te lo pide —recitó, y acto seguido dirigió su fuego a la trampilla.
El choque de su magia contra el hechizo ajeno, provocó una explosión que golpeó las paredes aledañas e hizo estremecer la tierra. Sin embargo, ninguna roca se movió de su lugar, protegidas por la propia magia de Clim. Él, sin perturbarse por el humo que ascendía desde los restos de la trampilla, escuchó los pasos de sus soldados a su espalda.
—¡General!...
—¡Evacuen la zona! —Les ordenó, dando un vistazo sobre su hombro—. ¡Que todos se alejen del río, incluyendo la gente de Onode!
Sin esperar el “a sus órdenes, General” que los tres respondieron, Clim descendió las escaleras y se internó con prisa por los pasajes, dirigiéndose hacia donde sentía que estaba Macy. Con solo una pequeña pero potente llama iluminando su camino, extendió sus sentidos, atento a cualquiera que pudiera y debiera identificar como enemigo. Pero solo había algunos insectos y animales moviéndose entre las grietas y rincones.
Entonces sucedió.
La tierra se estremeció haciéndole perder el equilibrio. Cayó de rodillas, ahogándose en una ola de terror que lo forzó a ponerse de pie y correr. Correr tan rápido como pudo, descendiendo a las húmedas profundidades… o lo que debían ser húmedos pasillos y habitaciones. Todo estaba seco, incluso el aire que entraba y salía de sus pulmones.
La claridad con que había sentido la magia de Macy, alzándose con fuerza contra la magia que debía pertenecer a esa mujer, Lady Wet de Minkah, no fue una ilusión.
—No, no, no, no… —murmuraba, con el corazón en un puño y el polvo irritando sus ojos.
Un segundo remezón lo hizo tambalear. En ese momento se percató de que ya no sentía a Macy, por lo que apresuró sus pasos hacia la luz que de repente se veía al final del pasillo. Pero una ráfaga de viento helado golpeó su rostro, apartando el polvo y haciéndolo trastabillar, justo antes de llegar al borde de un enorme cráter… el borde desde el cual se asomó y observó hacia abajo incrédulo. La bilis quemaba su garganta mientras recorría con la mirada los trozos de roca, el agua del río que comenzaba a cubrir todo, deslizándose entre las grietas y hacia el fondo. Diviso unos trozos de hielo, pero no a Macy.
Macy no puede…. es imposible.
Su alma y su corazón se negaban a aceptar, a dar cabida al hecho…
Se internó en el cráter desplazándose hacia el fondo, tropezando con las rocas, esquivando los grandes trozos de piedra y chapoteando sobre las pozas de agua. Los golpes que se daba a cada tropezón, el barro que se pegaba a su ropa e impregnaba sus botas, los arañazos en sus manos y rostro. Nada. Nada importaba salvo llegar a ella.
Sin embargo, llegó al fondo del cráter con la respiración acelerada y el corazón presa de la angustia más profunda y dolorosa que había sentido en su vida, y ella no estaba a la vista. Entre los trozos de hielo no había rastro alguno de su claro cabello rubio, de sus ojos azules tan cristalinos y sinceros, de esa sonrisa tímida ni de esas pequeñas manos frías que lograban calmar sus preocupaciones.
—¡Macy! —comenzó a llamarla con desesperación.
Hizo a un lado algunas rocas, tanteando con su magia en busca de algún rastro de la suya, por mínimo que fuera.
En una muestra de sus tumultuosos sentimientos, mandó a volar una roca más grande que él con una bola de fuego y un grito desgarrador. El sonido que reverberó en el lugar, llegó a oídos de Lyssa. Ella se había separado de sus compañeros, enviándolos a evacuar Onode mientras se encargaba de Minkah. Pero tras el segundo temblor, fue contra las órdenes dadas y regresó hacia la entrada a las catacumbas, deteniéndose de golpe antes de ingresar al callejón. Al final de la calle, donde debía estar el río Onode fluyendo como siempre, se había abierto un enorme agujero. Un cráter hacia el que corrió, y en cuyo fondo vio a Clim.
—¡¡Macy!!
Sus gritos estremecieron el corazón de Lyssa, mientras ella bajaba con dificultad hacia él.
Clim finalmente vio algo enterrado dentro de un trozo de hielo. Se apresuró a derretirlo y sostener, con manos temblorosas, un trozo de cinta azul claro atado en un moño y con los extremos desgarrados.
Su control se resquebrajó.
La temperatura del aire comenzó a subir y el agua del río fue evaporándose a su alrededor, expandiéndose más y más. Los rastros de hielo desaparecieron y las rocas humeaban. Lyssa se acercó a él pese a ello, sabiendo muy bien que calmar al General conllevaba riesgos.
—Cliiiim. —Canturreaba la Amace que recordaba Clim.
Sonriéndole, frunciendo el ceño, riendo con alegría, burlándose de él. La Macy que sostenía un ramo de flores silvestres que él le acababa de regalar, le decía un “te amo, tontito” con una tímida sonrisa cuando Lyssa le hablo:
—¡General!
La cinta de seda en sus manos se había chamuscado, hasta deshacerse en un polvo negro que mancho su piel.
—¡¡Clim!! —insistió Lyssa, apresurándose a recorrer el puñado de metros que los separaban pese al aire caliente que ingresaba a sus pulmones.
Clim inhalo profundamente, intentando contener los temblores que recorrían su cuerpo y la magia que comenzaba a crear chispas a su alrededor. Ella finalmente saltó sobre una última roca y él la miró sobre su hombro, con el rostro tan pálido que casi se cae de cara por la sorpresa.