Sus sentidos estaban abrumados. Escuchaba el lento palpitar de un corazón entre susurros ininteligibles. El familiar frío que la envolvía comenzaba a entumecer sus extremidades y, aunque algo en lo profundo de su mente le decía que no debía dormir, fue incapaz de mantenerse despierta.
La más densa y profunda oscuridad la envolvió, pero a diferencia de otras veces, se sentía… reconfortante.
No habían monstruos, ni más vergüenza, ni culpa, ni mucho menos temor o soledad. Solo ella y la quietud, en medio de la cual se podía escuchar el latido de un corazón. Su corazón que latía muy, muy lento.
¿Alguna vez se había sentido así?
Tan aislada y a la vez, tan plena.
Hasta que alguien alcanzó su mano y la jaló hacia una luz muy brillante. Enceguecedora.
Murmurando su molestia, pestañeo y cubrió su rostro con ambas manos, notando a través de sus pequeños dedos que alguien estaba de pie ante ella. Una fresca brisa hizo revolotear su cabello a su alrededor, mientras sentía la hierba bajo sus pies y enfocaba, con algo de dificultad, el rostro ante ella.
Su pecho se sintió pesado y sus párpados ardieron, mientras las lágrimas escapaban de sus ojos y una sola palabra salía de sus labios.
Esa persona le dijo algo, algo doloroso que no podía negar. Y aunque intentó alcanzarlo con sus manos, gimoteando palabras desesperadas y dando pisotones como la niña que hace una década no era… no pudo.
Sólo quería, por un momento, recuperar aquello que había perdido.
Quería tanto.
La pesada mano que palmeó su cabeza no calmó su llanto, pero… se sentía bien. Reconfortante y agridulce.
Fin del libro 3, continuar con “Aire en sus venas”.