El horizonte ya no es un límite, sino un campo de caza. La sal ya no quema, sino que fluye en mis venas como un himno de justicia antigua. Nuestro coro crece con cada barco que no regresa, con cada hombre que elige el miedo sobre la razón, con cada muchacha que desaparece de un puerto y cuya familia recibe, en lugar de un cuerpo, solo un susurro entre las olas.
Algunas cosas han cambiado. En Puertobruma, los hombres ya no lanzan a sus mujeres por la borda con tanta facilidad. Encienden fogatas en los acantilados, como si el fuego pudiera mantener a raya nuestro frío. Las madres susurran nuestro nombre —Elara, Cora, Lyra— a sus hijas rebeldes no como amenaza, sino como advertencia de lo que el mar puede hacer, de lo que los hombres pueden hacer. Y a veces, en la bruma más densa, se ven siluetas que se sumergen antes de que los barcos pasen, como si el océano mismo se preparara para recibirlos.
Porque el mar ya no solo devuelve cuerpos.
Ahora también devuelve leyendas.
Y las leyendas, como la sal, nunca se van del todo.
Solo esperan en las profundidades,
oyendo cómo la humanidad
vuelve a tentar a su propia mala suerte.
Desde las profundidades, donde las sombras tejen historias con hilos de sal y memoria, nuestra hermandad espera. Nuestro canto es el lamento del océano por lo que le han hecho, y la promesa de que cada acto de cobardía, cada traición basada en el miedo, encontrará su eco en la oscuridad bajo las olas.
El mar no olvida. Y nosotras, sus hijas renacidas en sal y furia, somos su memoria viviente.
“Que naveguen con cuidado.
El próximo naufragio
podría estar escuchando su canción”
Editado: 25.12.2025