Ahogado en tu Adagio (bl - Yaoi)

1

La primera vez que lo vi estaba sentado en los escalones del porche junto a mi hermano. Aquel mediodía el calor caía como una losa. Septiembre había llegado, pero el verano aún se negaba a irse. Comíamos helado, cortesía del heladero que acababa de pasar. El aire olía a césped recién cortado y aún flotaba, entre los árboles, la melodía pegajosa del camión, suspendida junto con el eco de las risas de los niños que corrían tras él.

El sonido se desvaneció cuando un camión de mudanzas se detuvo frente a la casa de al lado. El rugido del motor rompió la quietud del vecindario, arrastrando consigo una nube de polvo que nos hizo entornar los ojos. Thomas me miró con curiosidad; la mitad de su helado se le había derretido entre los dedos, y bajaba por sus brazos en líneas gruesas.

Me encogí de hombros y volví la vista hacia la casa. Llevaba un tiempo vacía, con las ventanas cubiertas de polvo y con la maleza devorando el jardín. Lo único que sabíamos de ella era que, de vez en cuando, un hombre mayor pasaba a asegurarse de que todo siguiera en pie.

Mi hermano, movido por su curiosidad habitual, bajó los escalones y se acercó a la calle. Lo seguí, y juntos observamos cómo los trabajadores abrían las puertas del camión y comenzaban a descargar muebles envueltos en mantas grises. El aire se llenó del golpeteo metálico de las herramientas, del chirrido de los cables al tensarse y del zumbido de los insectos bajo el sol.

Entonces lo oímos: un rugido agudo, vibrante, que nos hizo girar al mismo tiempo. Calle abajo, un Porsche verde emergió entre las ondas de calor del asfalto. La pintura relucía bajo la luz, casi cegadora, y el olor a gasolina quemada se mezcló con la brisa tibia del mediodía. A través del estruendo del motor, alcanzamos a distinguir una melodía que se abría paso entre los ruidos de la calle: T.N.T., de AC/DC. Tan viva que parecía salir directamente del corazón del auto.

La ráfaga que levantó al pasar nos revolvió el cabello y arrastró el polvo del camino. El coche se detuvo detrás del camión de mudanzas y el motor murió tras un ronroneo grave, como una fiera cansada. Entonces lo vi.

Descendió del auto con la elegancia de un cuervo y una calma que desentonaba con el ruido que había traído consigo. Cerró la puerta con un golpe seco y se recostó en ella para encender un cigarrillo. Era alto y de cuerpo atlético. La camiseta ceñida dibujaba la forma de sus hombros; el vaquero oscuro caía limpio sobre unas Converse Pro Leather Mid que brillaban bajo el sol. Llevaba la cabeza rapada al número seis, y el resplandor le dibujaba reflejos dorados sobre el cabello corto. Cuando alzó la vista, el sol se reflejó en los cristales de sus Wayfarer, y un hilo de humo se escapó de sus labios antes de deshacerse con el viento.

El helado de Thomas cayó sobre la acera caliente y se volvió agua. En su mano sólo quedó la paleta, y en su rostro, la sorpresa. No sé por qué, pero hubo algo en su forma de moverse —despreocupada, segura— que me dejó sin palabras. A mi alrededor, el vecindario seguía su curso: los insectos zumbaban, un perro ladraba a lo lejos, el motor del camión rugía. Pero yo solo podía mirar cómo aquel desconocido se apoyaba en su auto, se quitaba las gafas y observaba la casa como si el mundo entero le perteneciera.

—Hey, cuidado con ese piano. Es una reliquia —dijo, con el cigarro encajado en la comisura de los labios, mientras seguía a los hombres y se perdía con ellos dentro de la casa. Lo vi desaparecer tras la penumbra del umbral, envuelto en una última exhalación de humo, y me quedé allí, completamente maravillado, deseando volver a verlo.

Y aquel deseo se me cumplió días después. Esa noche el sueño me había abandonado. Eran cerca de las dos de la mañana cuando salí al porche con un cigarrillo robado de la cajetilla de mi padre. Me dejé caer en la vieja mecedora, arrinconada en una esquina, y me quedé contemplando el jardín bañado por la pálida luz de la luna. El rostro se me iluminó apenas la chispa del fósforo encendió la brasa rojiza, y al darle vida al cigarro que se aferraba a mis labios, aprecié el silencio que envolvía la calle. Era un silencio pleno, profundo, como si el mundo entero contuviera la respiración.

Pero esa calma no tardó en romperse. El lamento áspero de unas bisagras oxidadas me sacudió, y vi cómo la puerta del vecino se abría con un chirrido que parecían ratas chillando desde alguna alcantarilla. Una silueta emergió del umbral y avanzó despacio; las tablas del porche crujieron bajo sus pasos hasta que se detuvo junto al barandal. La luz de la luna lo recortó de golpe: encendió un cigarrillo, se sentó en el pasamanos y apoyó la espalda contra una de las columnas que sostenían el techo. La expresión de su rostro era grave, inmóvil, como si cargara pensamientos demasiado pesados para compartirlos.

Lo que más me llamaba la atención de él era su aspecto. Llevaba la cabeza rapada, como si se negara a seguir la moda de aquellos años. En ese entonces todo era lo contrario: los rizos dominaban las calles, las permanentes estaban en su auge y hasta los hombres se empeñaban en llevar melenas que imitaban a las estrellas de rock. Andrew parecía venir de otro lugar, de otra historia. Yo, en cambio, me conformaba con algo más sencillo: un aire despreocupado, media melena al estilo de George Michael que me bastaba para sentirme parte de aquella época.

No sé por cuánto tiempo lo observé, pero debió de notarlo, porque tras una calada lenta exhaló una nube de humo que coronó su cabeza y me miró.

Me paralizó la profundidad de aquella mirada apagada. Sentí cómo la sangre me subía a las orejas hasta hacerlas arder. Aparté los ojos de golpe, me llevé el cigarrillo a los labios y aspiré con torpeza. El corazón me retumbaba en el pecho; estaba avergonzado, nervioso, y al tragar el humo demasiado rápido acabé atragantado. Tosí con brusquedad, doblándome sobre mí mismo para esconderme tras el barandal, luchando desesperado por sofocar aquella tos traicionera.




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