Tres días después, él vino a mi casa. Era temprano; yo estaba sentado en el comedor junto a mi hermano pequeño, que devoraba con entusiasmo un sándwich de mermelada con mantequilla de maní. El timbre sonó, y miré a mi madre, que estaba de pie junto a la barra, leyendo el periódico mientras revolvía la leche en su taza de café.
—Ve a ver quién es, David —dijo ella antes de sorber el café sin apartar los ojos de la sección de sucesos, desplegada en las grandes páginas sobre la barra de la cocina.
Me levanté con flojera y me encaminé hacia la entrada. Atravesé el pasillo y vi, en los cristales de la puerta, la silueta de quien esperaba al otro lado.
Debo decir que, si supiera pintar, retrataría aquella mañana que quedó grabada en mi memoria. La tenue luz matinal hacía brillar el cian de sus iris; sus cejas negras y tupidas endurecían su mirada, pero, pese a lo marcadas que eran, encajaban a la perfección con su rostro anguloso y su mandíbula cincelada.
—Toma. Creo que esta correspondencia es de ustedes; el cartero la dejó en mi buzón por error.
Sus palabras fueron tajantes, concretas, sin una pizca de cordialidad. No hubo un «hola», tampoco un «buenos días». Pero su presencia era tan imponente que no reparé en lo descortés que había sido. Solo pensaba en lo genial que se veía envuelto en aquel traje, de un negro tan profundo como la noche misma, de líneas amplias, que caía con descuido perfecto sobre su cuerpo. La chaqueta, desabotonada, dejaba asomar la negrura de una camiseta gastada. El brillo del cinturón captó un instante de luz en la penumbra, y los collares de plata que colgaban de su cuello se movieron cuando respiró, como si también ellos contuvieran el aire.
Recibí los sobres sin decir nada. Su aura oscura y asfixiante me impedía hablarle. (Yo era un muchacho fácil de impresionar).
Su voz imponía: grave, cremosa y profunda. Encajaba con su forma de vestir, perfecta para adornar aquella expresión seria que intimidaba. Buscaba la manera de presentarme, de decir algo, cuando me interrumpió.
—Bueno... —murmuró, incómodo. Creo que se había dado cuenta de que yo era incapaz de soltar palabra, y estaba a punto de despedirse.
—¿Compra o alquiler? —disparé lo primero que se me vino a la cabeza, desesperado por mantener la conversación.
—¿Cómo?
—La casa... que si la compraste o estás alquilado.
—Ah, no, no... Es un regalo de mi abuelo. Yo no tengo mérito alguno.
Me quedé perplejo. Comprendí de inmediato que provenía de una familia adinerada, pues esa casa, en comparación con la de mis padres, era el doble de grande y el triple de costosa.
—Ojalá mi abuelo me regalara cosas así. Lo único que me trae son libros...
Él sonrió; aquello le había hecho gracia. Bajó la cabeza para ocultar su sonrisa y recuerdo que sentí un cosquilleo extraño en el pecho al darme cuenta de lo encantador que se veía al reír.
—Ya quisiera yo que el mío me regalara libros.
Lo dijo con amabilidad, mirándome directamente a los ojos. Aquella leve sonrisa suavizó su expresión severa, haciéndolo parecer mucho más cercano.
—Soy Andrew. Perdona mis pésimos modales, hoy me levanté con el pie izquierdo.
Me estrechó la mano, mientras yo repetía su nombre en mi mente como si con aquello lo grabara a fuego en mis recuerdos.
—¿Y tú eres...? —preguntó, soltando mi mano para luego meter la suya en el bolsillo de su pantalón.
—David.
—Bueno, David... un placer. Si necesitan algo, pueden tocar mi puerta. Nos vemos.
Giró sobre sus talones y bajó los escalones. Cerré la puerta y, curioso, me asomé por la mirilla: lo observé alejarse mientras despertaba en mí un interés inusual.
—¡David, llegarás tarde a clases!
La voz de mi madre retumbó desde la cocina; su llamado me devolvió a la realidad y me descubrí sonriendo, casi sin darme cuenta. Fue una sonrisa breve, contenida, de esas que uno se guarda para sí mismo. En mí había despertado una ilusión desconocida, todavía sin forma, sin nombre. Y aunque no sabía qué significaba, supe que aquella mañana algo había empezado a cambiar.
—¡Voy, mamá!
Regresé a la cocina, me senté y dejé caer el correo sobre la mesa.
—¿Quién era? —preguntó mi madre mientras limpiaba la mermelada de la cara de mi hermano.
—El vecino. El cartero se equivocó y dejó esto en su buzón.
—Qué amable... —dijo, pensativa—. Tal vez esta tarde prepare una tarta de arándanos y le mande un trozo con tu hermano.
—Mamá, no empieces...
—¿Qué? —replicó, con esa mezcla de inocencia fingida y autoridad maternal—. Es bueno tener una buena relación con los vecinos. ¡Amarás a tu prójimo como a ti mismo! —sentenció, alzando el dedo índice como si estuviera en el púlpito.
—Solo... no te pases —dije, rodando los ojos, mientras ella sonreía con esa satisfacción silenciosa de quien siempre tiene la última palabra.
Se acercó por detrás y me rodeó con los brazos. Su abrazo era cálido, suave, y olía a jabón de lavanda y al perfume dulce que usaba desde que tengo memoria. Me acarició el cabello y me besó la mejilla, dejando en mi piel un rastro de ternura que, por alguna razón, siempre lograba calmarme.
—Ayuda a tu madre a recoger la mesa —dijo con una sonrisa mientras se dirigía al fregadero. Se ató el delantal con un lazo firme y abrió el grifo. El agua corrió con un sonido cristalino que llenó la cocina—. Dense prisa, su padre está por levantarse. Ya saben cómo se pone si lo hacen esperar.
Solté un suspiro y empecé a recoger los platos. A mi lado, Thomas ensuciaba lo que limpiaba, mezclando mermelada, mantequilla de maní y miel con una concentración digna de un químico loco.
—¡Thomas, colabora un poco! Mira, estás ensuciando lo que acabo de limpiar —dije, con el ceño fruncido y un plato en la mano.
—Tienes envidia podque no tienes un sándwich como este —replicó, sacándome la lengua y la cara le brilló de satisfacción.