Andrew y yo llegamos a conocernos profundamente el mismo día que decidí quitarme la vida. Estaba cansado... El sufrimiento diario era tanto que no lo soportaba más. Fue por culpa de mi padre —siempre la culpa la tuvo mi progenitor—, la representación perfecta del infierno.
Provengo de un hogar donde reinó el maltrato. Todos los recuerdos que tengo de mi padre involucran violencia pura.
Dennis Collins... Se me hace un nudo en la garganta al pronunciar su nombre.
No tengo nada que acotar sobre él. No era más que un alcohólico. Sí, hubo momentos de sobriedad, pero fueron muchos más los que compartió conmigo bajo los efectos del alcohol; gracias a eso conocí el terror desde pequeño.
Mi madre, mi hermano y yo fuimos sus víctimas durante años. Aún puedo escuchar los gritos como ecos lejanos en la memoria: el llanto de mi madre, los alaridos de mi hermano, el olor de la sangre mezclado con el alcohol, las botellas estrellándose contra las paredes. Todo eso alimentó los terrores nocturnos que me hicieron orinar la cama durante un tiempo. Me acompañaron hasta los trece años.
Tuve una infancia llena de carencias emocionales, aunque no económicas. Éramos clase media alta gracias a su trabajo como piloto de aviación comercial. Cuando no estaba en casa, estaba en un Boeing 747 volando para Pan Am. Lo despidieron en 1984, después de que una azafata lo encontrara consumiendo cocaína en la cabina. Tras aquello, se hundió por completo en las drogas y el alcohol, y el infierno en casa se volvió aún peor.
Volviendo a mi intento de suicidio... Fue en la feria. Iba a lanzarme de la rueda de la fortuna en cuanto mi cabina quedara suspendida en lo más alto. Llegué decidido. Era el último de la fila; la feria recién abría, pero allí esperaban los adolescentes emparejados para subir a la atracción favorita de sus enamoradas. Me fijé en las luces vivaces que rompían la oscuridad de la noche. Sentí el aroma a palomitas y a algodón de azúcar. Escuché el sonido del mar a lo lejos mezclarse con risas de niños, el traqueteo de la montaña rusa y los gritos de terror que brotaban de ella.
Me subí al asiento de la noria. Recosté la cabeza en la estructura y esperé pensativo, con la mirada fijada en la nada, sintiéndome insignificante. Estaba tan ensimismado que olvidé el asiento vacío junto a mí.
Entonces escuché el gatillazo seco de una cámara. El sonido me arrancó de aquella oscuridad interior. Giré la cabeza y me dejé sorprender por el lente de una Nikon apuntándome. Pero lo que me dejó realmente perplejo no fue la cámara, sino quién estaba detrás de ella.
—Vaya, vecino —expresó con cierta sorpresa y seguido media sonrisa se pintó en su rostro—. Qué coincidencia.
En cuanto vi a Andrew, el estómago se me encogió y el pecho me cosquilleó. Me quedé con las palabras ahogadas en la garganta y mis ojos casi salieron de sus órbitas al ver el muelle entero bajo mis pies.
Entré en pánico al estrellarme contra la dolorosa realidad. El corazón comenzó a latirme tan fuerte que creí que me daría un infarto, pero en ese momento no quise morir, no delante de él. El terror y la preocupación me impidieron respirar, y comencé a hiperventilar. Sentí cómo el corazón me dolió y me llevé la mano al pecho. Quise gritar, pero no pude.
—Hey... ¿Estás bien?
Se acercó a mí, preocupado. El aire entraba y salía tan rápido de mis pulmones que sentí la garganta arrugarse tal cual hoja de papel por lo seca que estaba. Tenía las manos heladas y gotas de sudor frío bajaban por mi espalda. Recuerdo con nitidez mis ojos fijos en él con el gesto más sincero de terror. Él no pudo evitar asustarse al verse atrapado en aquella situación confusa y angustiante.
—Escúchame. ¡Escúchame! Vas a respirar de esta manera conmigo. Hazlo conmigo, confía en mí —dijo, preocupado.
Tomó aire por la nariz, lo contuvo en sus pulmones y, finalmente, lo expulsó por la boca. No dijo nada más, se encargó de respirar, y al ver la calma en su rostro, empecé a respirar también. Creo que estuve respirando con él la mitad de la vuelta que dio la rueda. Me calmé, pero al hacerlo, me sentí muy avergonzado por todo.
—¿Estás bien? —preguntó él sin despegar de mí sus ojos preocupados.
Asentí. No tuve valor para pronunciar palabra. Eran tantas las emociones que no fui capaz siquiera de darle las gracias.
—Fue un ataque de pánico —dijo él con una mirada dulce y comprensiva bajo sus enmarcadas cejas—. No pasa nada. Tranquilo, simplemente no mires abajo. Ya estamos casi al final de la vuelta.