Se ofreció a llevarme a casa una vez que nos bajamos de la atracción. Realmente estaba preocupado, y no me extraña: yo también me habría angustiado mucho si me hubiera pasado algo igual. Incluso creo que no habría sabido cómo actuar en tal situación; él, en cambio, logró sacarme de un momento aterrador sin perder la calma, algo que me pareció admirable.
Salimos del muelle y nos encaminamos hacia su coche, dejando la feria a nuestras espaldas. Caminamos bajo largas y delgadas palmeras que adornaban la calle. Yo, inmerso en mis pensamientos, le eché una corta mirada a la playa, a unos metros de nosotros. El reflejo de las luces de la feria se diluía en la marea bajo el muelle, que se convertía en espuma al llegar a la orilla y mojar la arena gris.
Todo el camino hasta su coche transcurrió en completo silencio. No dijo ni una palabra; solo caminaba con las manos en los bolsillos, también sumergido en sus pensamientos. Yo lo seguía unos pasos detrás, entre calles saturadas de vida nocturna.
¿Mi cabeza? No dejaba de pensar millones de cosas que, al recordarlas hoy, me ponen la piel de gallina y me incomodan profundamente. En aquel momento me odiaba por no haber tenido el valor de abandonar este mundo. No estaba agradecido con Andrew; estaba molesto, triste, decepcionado de mí mismo por haber sido tan cobarde. Solo pensaba de manera egoísta; era mi depresión en su máximo esplendor. Quería gritarle a Andrew que lo odiaba por haberme salvado, pero no tuve la valentía de hacerlo. Hablarlo me habría obligado a tocar muchos temas que involucraban a mi progenitor, y el terror que sentía hacia él era tan grande que temblaba solo de pensar cómo su furia podría caer sobre mí, mi madre o mi hermano.
Tenía un Porsche 928 del 79. La carrocería brillaba, sin un solo rasguño. El tono verde Zeltweg parecía negro según cómo le diera la luz y relucía de tal manera que parecía recién salido del concesionario. Estaba impecable.
Nos subimos al coche. Bajó la ventanilla, encendió un cigarrillo, le dio una larga calada y luego lo soltó casi en un suspiro. El humo se asentó sobre su cabeza, y el aroma a tabaco se mezcló con el olor a pino del ambientador que colgaba del retrovisor.
Sinceramente, quería desaparecer en ese momento. Todo era incómodo. No teníamos la confianza suficiente para mantener una conversación, y tampoco ayudaba la razón por la cual estábamos allí.
Puso en marcha el motor y encendió la radio. Rebuscó entre las emisoras hasta que dio con una canción. Los parlantes escupieron un ritmo pegajoso. Hundió el pie en el acelerador, los neumáticos chirriaron y salimos a toda velocidad, dejando una nube de polvo detrás de nosotros. Apoyó el brazo en la ventanilla mientras controlaba el volante con la otra mano. Se le veía tranquilo, con los ojos centrados en el camino. De pronto, me miró con el cigarrillo entre los labios.
Yo estaba nervioso: la velocidad a la que íbamos nos garantizaba un accidente sin supervivientes. La avenida era bastante concurrida, lo que la hacía aún más peligrosa. Él, sin inmutarse, subió el volumen de la música y aceleró más. Sentí cómo el corazón se me quedaba atorado en la garganta y cómo la adrenalina comenzaba a recorrerme las venas.
—¡Wow! Esta canción es buenísima —dijo con una sonrisa, señalando el reproductor—. ¿La conoces?
Asentí con la cabeza y volví a mirar al frente, alerta a lo que pudiera pasar.
—Lay all your love on me —cantó a toda voz —, ¡Relájate! Relájate, no pasa nada, yo controlo. Soy todo un piloto. —dijo confiado, con una amplia sonrisa.
Aquello me puso aún más nervioso. Escuchar eso de alguien no te hace sentir más tranquilo, y menos si es prácticamente un desconocido.
¡Sí, claro! Yo me quería morir, pero quería hacerlo solo, no llevándome a unos cuantos conmigo!
Se echó a reír al ver lo asustado que estaba. Bajó un poco la velocidad y me ofreció la cajetilla de cigarrillos. Saqué uno y tomé el yesquero del tablero. Una vez encendido, me relajé; toda la tensión me abandonó, dejándome el cuerpo ligero y la mente apaciguada.
—La conozco porque a mi madre le gusta —comenté, con una sonrisa tímida.
—Tu madre tiene buen gusto —dijo Andrew—. Es un elixir. ¿Te sientes mejor ahora?
—Sí, gracias —dije, con una ligera risa, al sentirme un poco más cómodo.
—No hace falta —respondió despreocupado—. Sé lo que se siente tener ataques de pánico.
—¿Te suele pasar? —pregunté sorprendido.
—Hace años. Ahora lo controlo —respondió con naturalidad—. Con el tiempo aprendes a manejarlo. Puedes hacerlo, sólo hay que practicar.
Le di otra calada al cigarro y giró a la derecha y se detuvo en un semáforo, la luz roja se estampó sobre nuestros rostros. Mientras esperábamos, golpeaba el pulgar sobre el volante al ritmo de la música.
—Lamento haber arruinado tus planes —expresé.
—No te preocupes —sonrió, relajado—. Igual estaba allí porque tocaba. Además, esto es un proyecto de mierda que tengo que terminar con alguien.
No pude evitar reírme de lo directo que era, despreciando su trabajo de manera tan natural.
—Oye, no te burles. Ya verás cuando estés en la universidad.
—Si vieras mis notas de ahora, no dirías lo mismo. No creo que pise una universidad. Tampoco creo que llegue muy lejos —murmuré con media sonrisa intentando con ello ocultar la decepción, mientras observaba por la ventanilla.