Ahogado en tu Adagio (bl - Yaoi)

5

Hicimos una parada en la gasolinera que quedaba a unos treinta minutos del vecindario. En cuanto nos bajamos, mis ojos se encontraron con la enorme panorámica de la ciudad iluminada en la lejanía, bajo el oscuro manto de la noche. El muelle resaltaba a lo lejos por las luces brillantes y coloridas de la feria, que vibraban sobre el mar que se mecía suavemente bajo la estructura de madera. La brisa marina acarició mi cabello mientras contemplaba embelesado aquella postal cautivadora, y al mismo tiempo experimentaba un vacío profundo en mi ser.

—¿Es bonito, verdad? —dijo Andrew mientras llenaba el tanque del coche.

—Sí... —respondí, abstraído.

—¡Y hay más lugares! El estado entero es una joya.

—¿Ya lo conociste? —pregunté, volteando a verlo sorprendido. Me recosté en la puerta y metí las manos en los bolsillos de mi pantalón.

—No, no. Para nada. He conocido muy poco, me falta explorar unos cuantos lugares aún; pero lo que he visto hasta ahora es realmente hermoso. —Terminó de reponer la gasolina, cerró el tanque y se acercó a la puerta del piloto que había dejado abierta. Apoyó los brazos entre el techo y la puerta.— Aún me falta ir al lago y a varios pueblos prácticamente abandonados. ¿Tú conoces algún otro sitio?

Solo fue cuestión de segundos para darme cuenta de que no conocía nada más allá de la escuela, la feria y el centro comercial. Torcí la boca en una mueca de decepción hacia mí mismo ante ese descubrimiento tan desalentador.

—No... No conozco nada de aquí, ni siquiera había estado en esta gasolinera. —Sentí un leve rubor de vergüenza al decirle aquello; incluso esperé ansioso su respuesta mientras mordisqueaba las pielecillas de mi labio inferior.

—¿Qué hay de tus padres? ¿No hacen el típico viaje familiar de vacaciones?

—Bueno... No solemos viajar mucho. Dennis siempre está ocupado y, si no, pues está cansado.

—Ya veo... ¿Dennis es tu padre, cierto?

—Sí. —Dije casi inaudible, apartando la mirada y clavándola en el lejano muelle.

—Aún no coincidimos él y yo. Súbete, voy a pagar y regreso —dijo antes de marcharse.

No pasaron más de diez minutos cuando lo vi reflejado en el retrovisor al salir de la tienda. Ciertamente, cuando estaba solo, su expresión era seria. Andrew imponía, pero de una manera agradable; tenía esa presencia que no necesitaba esfuerzo para llenar el espacio.

Y cuando sonreía... cuando sonreía era otra persona. Podías ver la dulzura hecha carne. Su sonrisa era luminosa, auténtica, llena de ternura y humanidad. Transmitía una alegría genuina, de esas que no se pueden fingir. Especialmente en sus ojos: se iluminaban como si guardaran un pedazo de verdad dentro.

Era perfecta, perlada, con cada diente en su lugar. Impecable.

La mía, en cambio, contaba otra historia. Tenía el colmillo derecho roto, recuerdo de un puñetazo que me había dado Dennis. Aquel pequeño detalle bastaba para restarme atractivo, o al menos eso pensaba entonces.

Se subió al coche y cerró la puerta con firmeza. Lo puso en marcha y pisó el acelerador, hundiéndome en el asiento y provocando cosquillas intensas en mi estómago.

—¿Entonces? ¿Qué hay de tu madre?

—Bueno... Ella es ama de casa; cuida de mi hermano menor y no sabe conducir. Quizás si supiera, podríamos ir a cualquier lugar.

—¿Qué hay de ti? ¿por qué no has aprendido a conducir? ¿Qué edad tienes?

—Dieciséis.

—¡Vaya! No sé por qué pensé que estabas pisando los dieciocho —dijo con ligera sorpresa. Luego bajó un poco la voz, casi como si pensara en voz alta—. Debe ser porque eres alto. —Hizo una pausa—. ¿Sabes conducir o no?

—No. La verdad es que no tengo tiempo.

Sí, le mentí. ¿Pero qué podía decirle? ¿Que mi padre me explotaba? ¿Que ni siquiera quería enseñarme a conducir porque sabía que, si lo hacía, algún día me iría? Lo último que quería era dar lástima, y mucho menos arrastrarlo al torbellino en el que yo estaba atrapado.

—Eres un tipo muy ocupado, por lo que veo —dijo, encendiéndose otro cigarrillo. Tras el chasquido metálico del mechero al cerrarse, volteó a verme—. ¿Cuántas empresas tienes? Imagino que unas seis... quizás diez. —Bromeó con el cigarrillo colgándole del labio inferior; lo apretó entre los dientes y soltó una risilla.

No pude evitar sonreír y negué con la cabeza, él me miró durante unos segundos. Sus ojos eran como topacios azules que atravesaban el alma. La brisa que entraba por las ventanillas llenó el silencio, mezclándose con la melodía de Everybody Wants to Rule the World que brotaba de la radio. Andrew volvió a mirar hacia la carretera y yo recosté la cabeza en la ventanilla, dejando que el viento me revolviera el cabello.

Ragazzo misterioso —murmuró con una media sonrisa.

Me quedé mudo al escuchar esa frase en un italiano impecable. Se echó a reír al ver mi sorpresa.

—¿Qué? ¿Te gusta el italiano? —preguntó con una sonrisa pícara.

—No... Quiero decir... —hice una pausa para aclarar mis propias palabras, incapaz de ocultar el rubor que me subió a las mejillas—. Es un idioma muy bonito. No quise decir que no me gustara...




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