Ahogado en tu Adagio (bl - Yaoi)

6

Cuando pasamos frente a mi casa, pude ver que las luces de la sala estaban encendidas; la tenue claridad atravesaba las cortinas translúcidas que cubrían las ventanas. Comencé a sentirme ansioso y, en cuanto Andrew se estacionó frente al garaje de su casa, me bajé de inmediato. Mi cabeza trabajaba a toda velocidad, buscando una coartada lo bastante convincente como para que mi madre no hiciera demasiadas preguntas. No podía simplemente decirle que había llegado tarde porque me había ido a suicidar. Eso la hubiera destrozado.

Miré mi casa con angustia al escuchar el chillido de la trompeta que marcaba el inicio de El show de Bill Cosby. La piel se me erizó y puedo asegurar que también me puse pálido: ese sonido me confirmó que Dennis ya estaba en casa. Sabía que ningún pretexto me salvaría de la ira de mi padre.

El portazo que dio Andrew al bajarse del auto me arrancó de mis pensamientos, esos que me habían dejado inmóvil.

—Oye, mañana tengo una fiesta. No vendrá mucha...

—Lo siento, tengo que irme. Gracias por traerme. —Lo interrumpí con brusquedad, mientras me alejaba de espaldas con la vista fija en mi casa.

—¿Qué pasó? ¿Estás bien?

—Sí... sí, sí. Adiós.

Salí corriendo hacia aquella vivienda de los horrores con el miedo oprimiéndome el pecho. Subí los escalones de una zancada y me detuve frente a la puerta. Respiré hondo y miré hacia la casa de Andrew, preguntándome si ya había entrado. Lo vi recostado en una de las columnas del porche, mirándome mientras encendía un cigarro. Toqué el timbre y cerré los ojos, rogándole a algún Dios que Dennis no estuviera aún allí, que fuera mi hermano quien estuviera viendo aquel maldito programa.

Cuando la puerta se abrió, la luz de la sala me pintó de ámbar. Vi a mi hermano, quien me indicó que guardara silencio llevándose un dedo a los labios. Asentí y entré con él. De inmediato miré hacia la sala: ahí estaba Dennis, completamente dormido frente al televisor, recostado en su sillón, con una lata de cerveza en una mano y el control del tv en la otra. Mi madre asomó la cabeza desde la cocina y se acercó preocupada, sin dejar de secar con un trapo el plato que sostenía.

—David, ¿Dónde estabas? Me tenías preocupada, hijo —dijo en voz baja.

—Lo siento, mamá. Estaba en la feria con unos compañeros de clase. Debí haberte llamado.

—¿Sí? —sus ojos color cielo se iluminaron—. Qué bueno, mi amor. Bueno, ahora me cuentas. Sube con tu hermano a la habitación y no hagan mucho ruido, que después nos toca lidiar con el energúmeno.

—¿Comiste algodón de azúcad? —preguntó mi hermano, ilusionado.

—Vamos y te cuento arriba. —Le sonreí antes de alzarlo y abrazarlo con fuerza.

Cerré la puerta de mi habitación con cuidado en cuanto entramos y me dejé caer sobre la cama. Crucé los brazos bajo la cabeza y fijé la mirada en el póster de Axl Rose pegado en el techo. Luego miré a Thomas y lo ayudé a subir de un tirón.

—¿Estaba dico el algodón de azúcad, David? —preguntó con su dulce voz mientras se acomodaba junto a mí.

—Sí, estaba muy rico. ¿Y tú qué hiciste?

—Fui a la escuela y jugué con las plastilinas... Susy me dio un besito, pero no fue en la boca. Fue aquí. —Se señaló la mejilla y sonrió, avergonzado.

—¡¿Susy te dio un besito?! ¿Y ahora son novios? —pregunté divertido, sin poder dejar de sonreír.

—No, no somos novios. Yo no quiedo sed su novio.

—¿Por qué? —dije riéndome.

—Podque Susy tiene piojos.

Solté una carcajada y él se cubrió la boca con sus pequeñas manos para ocultar la traviesa risa infantil.

—Qué malo eres. Oye, ¿y te gustó el besito?

—Sí. —Volvió a reírse, avergonzado, escondiendo su sonrisa.

Extendí la mano y apagué la luz. Thomas, temeroso de la oscuridad, me abrazó y apoyó la cabeza sobre mi pecho. Le di un beso y con la punta de la nariz le acaricié el sedoso cabello.

—No pasa nada, no tengas miedo —le susurré acariciándole el pelo—. Mira, no estamos completamente a oscuras, la luz de la calle ilumina la habitación.

—No me gusta la noche.

—¿Por qué?

—Podque me hago pipí y después papá me castiga.

Thomas, a pesar de tener solo cinco años, podía romperme el corazón con una facilidad devastadora. Aún hoy recuerdo sus palabras y siento como si esas heridas se abrieran e infectaran.

Mi hermano era la viva imagen de la ternura y la inocencia. Había heredado los buenos genes de mi madre: rubio como ella, con un cabello tan liso que a mamá le encantaba llevarlo a la barbería para que le hicieran ese horrible corte de tazón. Pero su pelo, lleno de reflejos dorados y casi blancos, lograba que se le viera encantador. Su rostro delicado enmarcaba rasgos tan finos que se había ganado el apodo de querubín.

Mi madre entró a la habitación pasadas unas horas. Para entonces, Thomas ya dormía, aferrado a mí de tal manera que apenas podía moverme.

—¿Te divertiste hoy? —susurró, sentándose al borde de la cama mientras acariciaba mi cabello con suavidad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.