Lo vi por casualidad. Aquella tarde acababa de regresar de clases y me encerré en mi habitación con la excusa de que tenía que estudiar. En realidad, sólo quería estar solo. Me dejé caer en el diván, abrí unos cómics de Superman y me puse los audífonos del Walkman. Faith, de George Michael, empezó a sonar, y por unos minutos el mundo dejó de existir.
Desde la ventana podía ver el patio de la casa de Andrew. Eran las cinco, tal vez un poco más. El cielo se teñía de tonos dorados y lilas mientras los últimos rayos del sol se disolvían en la superficie de la piscina. Andrew, con una cerveza en la mano, volteaba unas hamburguesas en la parrilla y reía con un par de amigos. En el borde de la piscina, tres chicas tenían los pies en el agua. Charlaban, bebían y se dejaban acariciar por la tibieza de la tarde.
Andrew levantó la vista y me vio. Pensé que no me había notado; las Wayfarer que llevaba ocultaban su expresión. Pero entonces alzó la mano y me hizo un saludo militar. Sonreí y le respondí igual. Después empezó a hacerme señas. No entendía qué quería, así que bajé, crucé el jardín y llegué hasta la cerca que nos separaba. Andrew me esperaba del otro lado, con el cigarro colgando de los labios y una sonrisa amplia que le encendía la cara.
—Mira nada más, «Carl Lewis...» pero blanco —bromeó.
Solté una risa nerviosa.
—Ojalá fuera Lewis. Haría muchas cosas con lo que gana —respondí con media sonrisa, algo avergonzado.
—¿Todo bien? Imagino que tenías permiso hasta cierta hora. Ni el correcaminos fue tan veloz.
—Sí, no podía llegar después de las ocho —murmuré, encogiéndome de hombros.
Andrew siguió mi mirada hacia la piscina.
—Ya veo —dijo, y luego bajó la voz—. Son casi de tu edad. —Le dio una calada al cigarro y sonrió—. ¿Te vienes? Te iba a invitar ayer, pero te fuiste corriendo.
—No lo sé, yo creo que... —las dudas se apoderaron de mí.
—Vente, no seas tan aburrido. Relájate un poco hombre.
—Esta bien. Iré a cambiarme entonces.
—Perfecto. Cuando llegues, toca varias veces el timbre; con la música no se escucha hasta aquí atrás.
—Okey.
Esa afirmación fue casi para mí, estaba ensimismado. No podía creer que había aceptado ir a su fiesta y mucho menos que me hubiera invitado.
Volví a casa con una mezcla de entusiasmo y nerviosismo. Nunca había ido a una juntada así. Las únicas reuniones que conocía eran las familiares o los cumpleaños de algún amigo de la escuela. Mi madre se preocupaba demasiado y Dennis... Dennis siempre decía que no.
Él insistía en que debía mantenerme alejado del alcohol. Decía que los verdaderos atletas no se dejaban tentar por «debilidades». Una ironía, considerando quién era.
Aquí tengo que hacer una aclaración. Permíteme este paréntesis, porque es importante. Mi hermano y yo éramos nadadores. Él recién empezaba, pero yo ya llevaba tres años de entrenamiento y cinco como clavadista para ese entonces.
Al principio, cuando tenía diez años, todo marchaba bien: asistía a mis entrenamientos con regularidad, competía de vez en cuando y, sobre todo, me divertía. Hasta que mi entrenador renunció porque mi padre no podía seguir pagándole.
Fue entonces cuando Dennis decidió entrenarnos él mismo y descubrió que yo tenía talento, que aquello no era solo un pasatiempo. Desde ese momento, su vida —y la mía— giraron alrededor del agua. Al ver que tenía en las manos a una proeza en formación y que estaba puliendo a otra, su ambición creció hasta desbordarse.
A tal punto que empezó a entrenarme para llevarme a las Olimpiadas de Seúl.
Tenerlo como entrenador era una tortura. Nos despertaba a las cuatro de la mañana, de lunes a jueves. Algunos viernes y sábados competíamos; nos subíamos a un avión y volábamos a cualquier estado. Eran viajes por competición, no de turismo. De aquellas ciudades solo recuerdo carreteras, edificios y sus nombres; la verdad es que nunca llegué a conocerlas.
Llegábamos a un motel barato y nos quedábamos allí, viendo la televisión mientras él se bebía tres botellas de whisky. Entre trago y trago nos repetía que íbamos a ser deportistas de alto nivel, que estaba orgulloso de mí. Eran viajes realmente extraños, suspendidos en un silencio espeso que no sabía interpretar a mi edad.
Nunca nos puso una mano encima cuando viajábamos. Quizá quería evitar que nuestros cuerpos tuvieran marcas. O tal vez era porque mamá se quedaba en casa rezando por nosotros. A veces pienso que, de alguna manera, esas oraciones funcionaban.
Los días de entrenamiento, a las cinco en punto ya estábamos en la piscina. Dennis tenía copia de las llaves del complejo deportivo, cortesía de un viejo amigo vigilante.
A las siete y media me dejaba frente al instituto en su Cadillac negro. Thomas, medio dormido, iba después al preescolar. Llegábamos agotados, con los músculos entumecidos, los ojos rojos por el cloro y por llorar. Thomas se dormía en clase con tanta frecuencia que el director terminó llamando a mis padres. Dennis, en lugar de preocuparse, decidió mandarlo a dormir a las seis de la tarde. Nada ni nadie iba a interponerse en su propósito de formar prodigios.
Por la tarde, yo tenía que volver a la piscina para los entrenamientos de clavados. Tres horas más de esfuerzo. Si Dennis no venía, respiraba. Si estaba, era una pesadilla. Gritos. Zarandeadas. Golpes. Y, a veces, algo peor. Me hundía bajo el agua y me retenía allí hasta que creía que me iba a desmayar. Aprendí a luchar, a contener el aire, a sobrevivir. Desde entonces, supe lo que se sentiría morir ahogado.