Ahogado en tu Adagio (bl - Yaoi)

8

Llamé al timbre varias veces. Estaba muy nervioso; el corazón me latía con fuerza. Creo que también era emoción por estar haciendo algo nuevo.

Cuando la puerta se abrió, me encontré con Andrew, que sonreía de oreja a oreja. Me puso una mano en el hombro y, con energía, me hizo pasar.

La casa era enorme. Me quedé impresionado, como si estuviera entrando en la residencia de un político o una estrella de cine. Todo brillaba, y el orden era tal que parecía una casa de revista. Me sorprendió, porque no es común que un universitario sea tan pulcro.

—Bonita casa —dije mientras mis ojos recorrían cada rincón.

—Se lo diré a mi madre —respondió con una sonrisa—. Le encantará saber que su decoración gusta.

Caminó hasta una estantería de madera junto a la chimenea, repleta de cassettes perfectamente alineados.

—¿Qué quieres escuchar?

—¿Eh? —pregunté distraído, todavía fascinado con el lugar.

—¿Qué tipo de música te gusta? ¿Alguna banda en particular?

—No sé... ahora mismo no se me ocurre nada.

—Ok, entonces pondré INXS —dijo mientras sacaba un cassette.

—Ah, me gusta Need You Tonight.

—Esa está pegada en la radio desde hace días. Vamos, te presentaré a los que están afuera. Si en algún momento te sientes incomodo no dudes en decirmelo.

Me dio una palmada en el hombro y lo seguí hacia el comedor.

La sala era luminosa gracias a un gran ventanal que dejaba entrar la luz dorada del atardecer. Afuera, las chicas nadaban en la piscina mientras los chicos charlaban y bebían sentados al borde. Dentro, una enorme mesa de madera oscura con ocho sillas tapizadas en beige dominaba el espacio. Sobre ella, una lámpara de araña lanzaba destellos que parecían flotar en el aire.

Una alfombra colorida cubría el suelo, con un estampado floral lleno de vida. En las paredes, cuadros impresionistas llenaban el lugar de color. En una vitrina de caoba brillaban copas y platos decorativos, pero lo que más me llamó la atención fueron los dos árboles de palo de Brasil que flanqueaban el ventanal.

—Tienes buena mano para las plantas —comenté.

—Nah, tengo un recordatorio pegado en la nevera. Si no, ya estarían muertas —bromeó con una sonrisa ligera.

La cocina se abría al comedor, con una isla cuadrada de madera rojiza y tiradores dorados que brillaban bajo las luces. Todo parecía sacado de una revista de decoración. Mi casa también era bonita, pero la de Andrew dejaba claro que su familia tenía mucho más dinero. La nuestra había pasado de clase media alta a simplemente clase media después de que Dennis perdiera su trabajo en Pan Am y terminara como mecánico. Los lujos hacía tiempo que se habían ido.

Una puerta doble de vidrio conducía al patio. Andrew la abrió y el sonido de la música llenó la sala. Todos voltearon a mirarnos. Sentí un nudo en el estómago.

—¡Traje música y a un amigo! —gritó Andrew antes de dirigirse al estéreo para proceder a cambiar el cassette, dejándome en el umbral—. ¡Pasa, David! No te quedes ahí.

Me los presentó a todos. Eran simpáticos, y Andrew no me dejó solo ni un instante, así que pronto me sentí parte del grupo.

Amber, la más joven —creo que tenía dieciocho—, pareció interesarse en mí. Para cuando terminamos de cenar, estaba bastante bebida. Andrew hacía caras detrás de ella, juntando las manos en forma de corazón y levantando las cejas con picardía. Yo apenas podía contener la risa y la vergüenza. No estaba acostumbrado a ese tipo de atención.

Charlamos casi toda la noche. Fue la última en irse. Cuando el reloj marcó las diez, Andrew bajó el volumen para no molestar a los vecinos y se nos acercó.

—¿Te vas a quedar a dormir, Amber? —le preguntó, encendiendo un cigarrillo.

—¿Quieres que me quede? —replicó ella con una sonrisa provocadora.

—Esa no es respuesta para mi pregunta —respondió él con frialdad.

—No, ya me estaba despidiendo de David. ¿Cierto?

Asentí, incómodo.

—Muy bien, te llamo un taxi.

—Tranquilo, tengo el auto a una cuadra —dijo, mirándome—. ¿Me acompañas a la puerta?

—Claro. —Dejé la cerveza y me levanté.

—Gracias, David. Eres un caballero, no como otros —le lanzó una mirada fulminante a Andrew antes de caminar hacia la salida.

—Cuidado no se pierdan —dijo él con desdén.

En la entrada, Amber se giró hacia mí con aire juguetón. Deslizó su dedo por mi abdomen hasta levantar un poco la camiseta.

—Vaya, estás bien marcado —murmuró con picardía.

—Hago deporte —respondí, apartando suavemente su mano.

—Eres muy guapo. Me gusta el verde de tus ojos.

—Gracias... tú también eres muy linda.

Ella sonrió, me tomó por la nuca y me besó. Me quedé helado. Era mi primer beso. Sentí una corriente recorrerme el cuerpo y cuando reuní el valor para tocarla, se separó.




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