Nos fuimos a la sala pasadas unas horas. Estábamos tan inmersos en la conversación que no nos dimos cuenta de lo tarde que era. La música sonaba a bajo volumen; la cinta que Andrew había puesto en el equipo me resultaba desconocida, pero a él le fascinaba. No podía evitar mover la mano como si dirigiera una orquesta imaginaria. Sonreí al verlo hacer aquello, de pie junto al parlante, con los ojos cerrados y una lata de cerveza en la mano.
—Esta canción es una de mis favoritas. Bueno, en realidad, es la número uno de mi lista —dijo con entusiasmo—. Se llama Adagio for Strings, de Samuel Barber. ¿Sabes quién es? —preguntó antes de dejarse caer en una butaca.
—Ni idea... pero me gusta. Suelo escuchar música clásica, aunque a él no lo conocía —respondí, dándole un sorbo a la cerveza. El gas me raspó la garganta y el sabor amargo me quedó en la lengua. Dejé la lata sobre la mesa y me hundí un poco más en el sofá.
—¿Cuál es tu canción favorita? —preguntó, apoyando la barbilla en una mano como El pensador.
—¿De música clásica?
—No, no. Tu canción favorita, sin importar el género.
—Bohemian Rhapsody.
Andrew sonrió ligeramente y guardó silencio unos segundos.
—Entonces te gusta Queen. Fui a su concierto en Wembley. Fue increíble —dijo, y sus ojos se iluminaron al recordarlo.
—Si solo verlo por televisión fue impresionante, no puedo ni imaginar cómo habrá sido estar ahí —le dije asombrado.
—Una locura. Había tantísima gente... todos gritaban, lloraban, algunos se desmayaban. Y yo estaba allí, sin poder creerlo. Cuando Freddie salió al escenario fue indescriptible. Sentí que estaba frente a un dios. Fue todo un espectáculo.
—Es que Freddie es un dios —aseguré con una sonrisa.
—La próxima vez pagaré solo para hablar con él —bromeó.
—El poder del dinero —sonreí y él me acompañó.
—Es que, para mí, es un genio de la música. Él y Michael Jackson son los dioses de esta era, no hay comparación —aseguró con una sonrisa algo avergonzada.
Miré el reloj en mi muñeca, y mis ojos se abrieron como platos al ver la hora.
—¿Hasta qué hora te dieron permiso? —preguntó al notar mi gesto.
—Pues... hoy no tengo límite, pero no pensé que fuera tan tarde.
—El tiempo pasa volando cuando disfrutas de la charla. Oye, ¿Por qué tienes ese control de horario? Parece que es bastante estricto —dijo mientras se recostaba en el sofá y encendía un cigarrillo.
—Ah, eso es porque soy deportista. Tengo que dormirme temprano: empiezo a entrenar a las cinco.
—¡¿A las cinco de la mañana?! Me estás jodiendo —dijo sorprendido—. ¿En serio?
—Sí, sí —aseguré sonriendo.
—Mierda... debe ser durísimo.
—Ya me acostumbré. Llevo en esto la mitad de mi vida.
—¿Qué deporte practicas?
—Natación. Soy nadador y clavadista.
Se atragantó con la cerveza. Los ojos se le abrieron y la mandíbula casi le cae al suelo del asombro.
—¿En serio? ¡Vamos, no me jodas! —sonrió y me señaló—. ¡Ese cuerpo delgado no parece de nadador!
Solté una carcajada; lo había anticipado. En esa época, nadie creía que fuera deportista. Era delgado, con poco músculo, y aunque nadaba casi todos los días, mi cuerpo no lo reflejaba. Supongo que era cosa de la edad, como también el hecho de sentirme inseguro con aquel cuerpo ectomorfo que cubría con ropa holgada.
—Todo el mundo dice lo mismo, pero tengo músculo, mira —dije, levantando la manga de la camiseta hasta el hombro y flexionando el brazo.
Andrew aplaudió, sorprendido, con los ojos bien abiertos, y luego se echó a reír.
—No me había fijado... pero sí, hay músculo ahí. —se estiró y con sus fuertes dedos me apretó el biceps—. Con razón Amber te echó el ojo, vio el potencial.
—No creo que lo haya notado, las mangas de las camisetas me los suelen tapar.
—A ver, quítate la camiseta. Vamos a comparar.
Se levantó y se quitó la suya, quedando con el torso desnudo frente a mí. No me incomodó; quizá porque el alcohol ya se nos había subido un poco. También me levanté y me quité la camiseta sin pensarlo demasiado. Ahora que lo recuerdo, puedo sentir lo mismo que sentí esa noche: una mezcla de libertad y emoción. De alguna manera, nos mostramos tal como éramos. Creo que en ese momento se formó un lazo, una confianza sincera. Sentí que podía confiar en él, y que no había malicia alguna en sus gestos.
—Se nota que entrenas —dije, sin poder evitar que mi mirada le recorriera los hombros y el pecho—. Tienes... el cuerpo como el David.
No sé por qué lo dije. Me salió solo.
Él soltó una carcajada. Pude ver la sorpresa en su rostro; negó con la cabeza, divertido, sin terminar de creérselo. Pero era verdad: tenía un cuerpo envidiable. Aun así, se lo tomó con modestia, como si aquella comparación con aquella obra maestra le pareciera un exceso.
—Bueno, hago pesas y salgo a correr por las noches —dijo, juntando su hombro con el mío—. Veamos si medimos lo mismo. Eres un poco más bajo, pero para tu edad, eres una farola.