Ahogado en tu Adagio (bl - Yaoi)

10

Andrew fue puntual; me llamó justo a las 3:00 pm, pero para mi mala suerte Dennis fue quien respondió. Yo no llegué a contestar porque me había quedado en la ducha, tarareando un riff de guitarra que había escuchado en MTV mientras el agua caliente me confortaba. Una hora después, Thomas entró a mi habitación con la boca llena de chocolate y la varilla de la batidora en la mano.

—Hedmano, una chica te llamó. —dijo, llevándose el batidor empapado de chocolate a la boca.

—¿Una chica? ¿Qué chica? —me incorporé en la cama con el cómic todavía en las manos, sintiendo un hormigueo raro en el estómago. Nunca nadie me había llamado.

—No lo sé... papá dijo que te llamó una mujed.

Recordé de inmediato que Andrew me llamaría esa tarde. El estómago se me encogió de los nervios y mis ojos buscaron el reloj digital: 4:30 pm. Me levanté de un salto y pasé por encima de Thomas, que seguía lamiéndose los dedos frente a la puerta. Bajé corriendo y no vi a mamá, pero Dennis estaba en la sala, sentado en el sofá, con una botella de cerveza sudando en su mano.

—¿Dónde está mamá?

—No lo sé, lavando la ropa, supongo. —Se empinó la botella, como siempre con ese gesto de alcohólico habitual. —Mañana no irás a entrenar. Tu madre dice que vas atrasado en clases, así que te doy el día para que adelantes tus trabajos.

—¿Y Thomas?

—¿Thomas? Está en preescolar. ¿En qué se puede atrasar? ¿En jugar con las plastilinas? —Se rió entre dientes y volvió a beber, sin despegar los ojos del partido de los Bulls contra los Celtics en la televisión de tubo.

Lo observé con odio, la rabia me hinchaba las venas, pero como siempre callé y volví a lo mío.

Encontré a mamá en el patio, tendiendo la ropa. El aire olía a suavizante y a tarde recién caída. Me acerqué con cuidado, emocionado por la llamada que me habían hecho. La sorprendí por detrás mientras colocaba pinzas en una sábana floreada que se movía con la brisa.

—¡David! No me asustes así, un día de estos me matas de un susto.

—No, no digas eso. —Sonreí y le besé la mejilla para calmarla—. Te busqué por toda la casa. Quería saber quién me había llamado.

—Te llamó una tal Amber. —Me miró con sus ojos celestes llenos de intriga, una ceja rubia levantada.

—Nos conocimos ayer. Es una amiga de Andrew. —La ayudé con la ropa mientras ella seguía con las pinzas.

—¿Es mayor? ¿Consume drogas?

—¡Por Dios, mamá! ¿Qué voy a saber? Apenas hablamos... —respiré hondo.

—Tu padre sólo me dijo que la muchacha quería saber si ibas a casa de Andrew.

—Mierda... —murmuré, frunciendo los labios.

—¡Esa boca! —me regañó.

—Lo siento... iré a casa de Andrew. Si papá pregunta por mí, dile que estoy estudiando. Prometo que estaré aquí antes de la hora de la cena. —Le aseguré, besándole la mejilla de nuevo, apresurado—. Vendré temprano. ¡Adiós!

Al llegar a la casa de Andrew, sentí un cosquilleo en el pecho que me dejaba sin aliento, un hormigueo parecido a la ansiedad, pero sin la sensación de peligro. Todo estaba en silencio; él estaba solo. Subimos a su habitación y me detuve, maravillado por la inmensidad del espacio.

Mis ojos se posaron en la cama. Era enorme, con un cabecero acolchado de terciopelo azul oscuro que absorbía la luz suave que se colaba por las persianas venecianas. El edredón estaba perfectamente estirado, sin arrugas, y las sábanas blancas reflejaban la luz cálida de la tarde que atravesaba las cortinas. Respiré hondo. El aroma a madera mezclado con el perfume de Andrew me envolvió. Por un instante, sentí una emoción inesperada: el corazón me latía con fuerza, una felicidad tranquila que no entendía del todo, pero que disfrutaba intensamente.

La habitación era amplia, moderna, con paredes de madera clara y un espejo grande que ocupaba media pared. El suelo estaba cubierto por una alfombra rosa salmón, suave bajo mis pies, que amortiguaba cada paso. En la esquina, una palmera en maceta movía sus hojas lentamente con la brisa, proyectando sombras que se deslizaban sobre la pared.

Cerca de la ventana, una silla de cuero color coñac parecía esperarme. Pasé la mano por el respaldo, sintiendo su textura fría y firme. Frente a la cama, un tocadiscos reproducía un vinilo; el disco giraba lentamente, llenando la habitación con un suave crujido que parecía respirar junto conmigo. A un lado, una pequeña colección de discos estaba apilada, mostrando el gusto musical de Andrew, reflejo de su estilo sobrio.

Todo estaba en orden. La luz de la tarde acariciaba cada superficie, suavizando los contornos y llenando el cuarto de una calma tangible. Solo el zumbido del aire acondicionado rompía ese silencio cálido. Por un momento, quise quedarme allí para siempre, respirando ese aire, absorbiendo esa paz que parecía nacer del interior de Andrew, como si su habitación me ofreciera un refugio al que no necesitaba ni permiso ni invitación.

—Oye, si te molestó que no te haya respondido. Entiendo... —expresé preocupado.

—No estoy molesto. ¿Por qué habría de estarlo? —Se sentó en el borde de la cama y encendió la televisión de tubo—. Están jugando los Bulls contra los Celtics. ¿Te gusta el básquet?




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