Ahris | Constelaciones Perdidas

°• Capítulo 20 •°

Bajé a buscar agua cuando estuvimos más calmados. No estaba segura de cuánto tiempo había pasado desde que Ahren nos dejó en la estancia, de solo pensar que iba a verlo otra vez, cuando apenas podía caminar sin derrumbarme otra vez en llanto...

Por Xinegya.

Saqué un par de dulces que había en el mueble y comí uno para ver si así mejoraba mi ánimo. Con el agua y los dulces, subí otra vez y comimos en silencio, cargando el peso de lo que sucedía a nuestro alrededor.

Ninguno dijo nada, dejando el tiempo avanzar hasta que llamaron a la puerta. Se me retorció el estómago de solo pensar en enfrentarme a Ahren de nuevo.

—Yo iré —dijo papá y se apresuró a bajar, dejándonos a las dos arriba.

Mamá no tardó en darme un apretón de manos, mirándome con ojos tristes. Le agradecí de la misma forma.

Cuando oí la voz de Ghemmion y el hecho de que me estaba buscando a mí, supe lo que tenía que hacer. Tenía un rango mayor al de todos en mi familia y, si papá le ponía trabas, podría acusarlo de faltarle el respeto.

—Pequeña...

Le dediqué una sonrisa, esto era lo mínimo que podía hacer por ellos.

Los zapatos me raspaban a cada paso y el vestido que Ahren había enviado era un poco más sencillo que los de la mayoría de altos rangos, pero bajé hasta la entrada manteniendo la cabeza en alto para no decaer frente a Ghemmion.

Dudaba que fuese ignorante del plan de su padre y el Rey Hetduiar, así que iría con cuidado.

—Escuché que está buscándome, lamento haber tardado.

—He venido porque necesitaba conversar contigo, Areia. —Juntó ambas manos sobre la falda del vestido, sus ojos cafés viajaron por mi nuevo atuendo—. Lamento todo lo sucedido en la cascada. Parece un milagro de las Estrellas que estés viva. Me alegra.

Le di una última mirada a papá y salí de la estancia; no quería que me defendieran, quería que descansaran por un par de minutos de mí y mis problemas.

—Le agradezco por su preocupación. —Apreté los dientes detrás de mi sonrisa, me dolía el caminar—. Puede decirme, ¿qué necesita?

Arrugó el ceño con cierto desprecio. Sin embargo, fue obvio que había llorado hace poco mientras más la miraba.

Galaxias, realmente le afectaba; podía ser que incluso su familia la estuviese maltratando por no conseguir a Ahren y todo lo que iba atado a él. Uno nunca sabía.

—Sé que te preguntarás porqué he venido aquí a hablar contigo y, si te soy sincera, también me lo pregunto. Supongo que realmente quería una contestación de tu parte. —Detuvo sus pasos y volteó, elevando el mentón—. Me limitaré a lo necesario, ya que es una verdadera humillación hablar de temas tan importantes con un rango inferior.

Como un tirón de vuelta a la realidad: toda la compasión que sentí por ella murió en ese instante.

Mis Estrellas, y los thares observándonos iban en aumento.

—¿Has compartido alguna situación íntima con el Príncipe Heredero?

Me ardieron las mejillas de pura vergüenza. ¿Qué insinuaba? ¿Qué yo….?

El asco me subió a la garganta.

—No. —Y no lo haría jamás.

—Entonces, ¿qué le ofreciste? —Se burló; en ese aspecto era tan similar a Ahren—. Tu familia no es mejor que ratones correteando por el mejor postor.

Enderecé la espalda lo más que pude, sin flaquear esta vez. Podía insultarme a mí, pero no a ellos.

—Le pediré que se retracte de hablar de mi familia de esa forma, en ningún momento le hemos faltado el respeto para que nos trate así.

—Realmente... —Sonrió, hastiada—. Pues me disculpo, Pléyade Areia, no sabía que era tan sensible en cuanto a lo que su familia refiere.

Otra vez, demostrar mi punto débil nunca era bueno.

Ghemmion apartó una de sus trenzas y se aclaró la garganta, luciendo más regia que antes.

—Estoy preocupada por el futuro de la Cuarta Región. Es notorio la falta de conocimientos que posees en el ámbito aristocrático, también en las costumbres de los rangos altos. Ya sea que encantaste a su Alteza o estás jugando con alguna otra cosa...

—No tiene de qué preocuparse, Pléyade Ghemmion —le aseguré.

Al final del baile estaríamos lejos, yo no me casaría con Ahren y ella tendría el título que tanto anhelaba. Aunque no podía decírselo.

Me miró durante unos segundos, inspeccionando mi rostro en busca de mentiras o el porqué de mí repentina confianza. Supuse que buscaba razones para que un rango bajo hubiese hecho al mismísimo y horrible príncipe de la Cuarta Región caer a sus pies, si podía llamarle así a la obsesión que él sentía por mí.

No podía asegurar cuántos cithlreanos sabían de la Reina Ralidhe; pero estaba claro que, si Ahren no me asesinaba, lo haría el Rey de llegar a abrir mi boca.

Ghemmion no tenía idea de cómo había comenzado todo, de aquel error que condenó a mi familia ni de que las Estrellas me habían sentenciado a llevar el color de la madre de Ahren en la mirada. ¿Qué diría si se enterara de todo eso?




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