Cuando escuché la alarma de la entrada, no tuve dudas de que esta vez sería Ahren, así que me levanté del asiento con la única idea en la cabeza que me mantenía de pie: proteger a los que amaba.
Papá no habló, seguía sin moverse del lado de mi madre, pero me dijo todo con sus ojos. Incluso si no se tornaban morados, era inconfundible la preocupación y el miedo. No quería que fuese con él.
—No te decepcionaré esta vez, te lo prometo —susurré.
Su expresión cambió. Aunque se sintiera culpable, intenté decirle en silencio que no tenía nada que lamentar, que había hecho todo bien hasta que yo lo arruiné.
—Areia... —comenzó, siendo interrumpido por la alarma de la entrada. Apretó sus labios, incluso si quería reconfortarme, este no era el momento. Tampoco podía asegurar que cambiaría la forma en la que me percibía.
Me di la vuelta, debía prepararme para enfrentar a Ahren y lo que quisiese hacer. Paso a paso, mi corazón iba aumentando el ritmo, como si fuese hundiéndome en el agua otra vez.
Lo vi apenas abrí la puerta, seguido de Seveth y otra thares que llevaba un traje de susurradora certificada, así que tenía un buen control sobre su habilidad y había estudiado para realizar terapias.
Traté de que no se notara que se me hacía extraño y saludé a Ahren de nuevo como se acostumbraba. Él me observó de vuelta, dándole un recorrido a la ropa que estaba usando ahora: no había quedado nada de aquel vestido que por poco me obligó a quedarme al fondo de la gran poza, pero seguía usando lo que a él le apetecía.
Ligero y acinturado, dejando libre los hombros y de un rojo lleno de pequeños brillos en el corsé. Lo que desentonaba eran los zapatos bajos y negros y mi cabello revuelto y sin atar. Incluso así, seguía sin parecer digna de ir del brazo de Ahren y eso me reconfortaba, aunque fuese un poco.
Pero si él quería, si acaso traía consigo otro gran disfraz y maquillista para mí, yo obedecería con tal de no darle más problemas a mi familia.
—Areia. —Tomó mi mano, presionando sus labios sobre mis nudillos por tanto que tuve que luchar con el impulso de quitarla—. ¿Cómo te encuentras? —Acabó juntando ambas palmas con palma en un gesto que tenía más de posesión que de ternura y vi fugazmente su recorrido en reversa.
Me tomó un segundo, había algo inquietante en la mirada que la susurradora le había dado.
—No me encuentro muy bien..., Ahren. —No tenía sentido mentir, mi madre estaba arriba luego de un desmayo y todavía me picaban los pies y mejilla.
La thares abrió los ojos apenas escuchó que ya lo llamaba por su nombre, pero él era todo lo contrario, ampliando su sonrisa y dando una corta mirada de reojo a su espalda como si se lo estuviese sacando en cara.
Fui más atrás en sus recuerdos, a una discusión entre ellos. Te equivocas, Qyubin. Su tono era el mismo que usaba conmigo y el vaso rompiéndose me hizo cortar el lazo de un tirón; no podía seguir viéndolo.
—Si te sientes mal, Seveth te puede ayudar.
Tragué saliva y respondí rápido.
—No me duele nada —señalé escaleras arriba—, quizás no se enteró, pero mi madre se ha desmayado luego del susto. Un sanador ya vino a verla y ahora se encuentra descansando. Lo que quiero decir es que estoy decaída anímicamente.
Aparté un delgado mechón de cabello detrás de mi oreja. Deseaba con todas mis fuerzas que no notara mis dudas y miedos; incluso si mis ojos me delataban, a él jamás le había importado demasiado.
—Lamento escucharlo. —Dio unos pasos, adentrándose como dueño de casa—. Pasaré a verla y le desearé buena absorción de energía.
Antes de asentir, recordé aquella amenaza y le contesté con palabras. Si quería confirmar que no le mentía, podía hacerlo; a papá le molestaría, pero no teníamos como decirle que no.
Seguí a Ahren, Qyubin y Seveth se acomodaron dentro.
Debía advertirle a papá de un posible transmisor.
Él estaba en la misma posición, pero ahora más incómodo que nunca. Fue un par de segundos en los que intentó cambiar los colores de su iris, incluso si no lo veía a la cara.
—Es una pena lo que ha sucedido, Híades Fhrewiz. Me gustaría disculparme por el incidente de Areia, pero debe saber que cuando esté casado con ella esto va a empeorar. Está a cargo de la seguridad, sé que no es estúpido.
Contuve la respiración, ahora que estábamos a solas no temía decirlo abiertamente.
Si su madre realmente había muerto por mano del Rey, era consciente de los riesgos que corría al no ser la pareja que su padre o las familias interesadas aprobaban. Y, aun así, me obligaba a pasar por esto.
Yo no dejaba de ser una cosa que él quería tanto que lucharía contra ellos para quedársela, incluso si solo le quedaban trozos desgastados al final.
Papá no supo responder, lucía perturbado.
Los rangos jamás le iban a dejar replicar, pero tuve la sensación de que, incluso si pudiese, no tenía palabras.
—Espero que su esposa tenga una pronta recuperación.
Vacío, carecía de emoción genuina más que un deje burlesco. Era como si el thares que había conocido en la cascada se largara luego de sumergirme: no quedaba rastro de la versión real, del normal con emociones. A este punto parecía un espejismo. Tal vez me lo había inventado y estaba volviéndome loca, aferrándome a la idea de que era un cithlreano con corazón como el resto.