Aida

Capítulo 6 (El regreso)

El viento de la tarde bajaba desde los cerros, levantando polvo en la calle principal de Animaná. Diego no sabía por qué había salido a caminar justo ese día. Tal vez era costumbre. Tal vez era nostalgia. O tal vez su corazón, terco, seguía buscando lo que ya no estaba.
Habían pasado casi seis meses desde que Aída se fue del pueblo. Seis meses desde el último mensaje sin responder, desde la discusión que nunca se aclaró, desde ese nombre —Camila— que había quedado flotando como una espina entre los dos.
Diego se detuvo frente al almacén de don Raúl cuando la vio.
Aída estaba ahí, apoyada contra la camioneta de su tío, con el cabello un poco más corto y la mirada distinta. Más firme. Más triste. Animaná parecía demasiado chico para contener lo que se le revolvió por dentro.
Ella también lo vio.
No sonrieron. No se saludaron enseguida. Solo se quedaron mirándose, como si el tiempo se hubiera doblado sobre sí mismo y los meses no existieran… pero el dolor sí.
—Hola —dijo Diego al fin, con la voz baja.
—Hola —respondió Aída, sin dar un paso hacia él.
El silencio fue incómodo, espeso. El mismo silencio que había crecido entre ellos desde aquel día.
—No sabía que habías vuelto —agregó él.
—Es solo por unos días —contestó ella—. Vinimos a ver a mi abuela.
Diego asintió. Quiso decir tantas cosas que no supo por dónde empezar. Quiso preguntarle por la ciudad, por su nueva escuela, por si había sido feliz… pero lo único que salió fue:
—Nunca me creíste.
Aída apretó los labios. Ese comentario, tan directo, le dolió más de lo que esperaba.
—Nunca me explicaste —respondió ella—. Solo dejaste que pensara lo peor.
Diego bajó la mirada al suelo de tierra.
—Camila mintió —dijo, casi en un susurro—. Yo nunca quise nada con ella. Pero cuando intenté hablarte… ya no estabas.
Aída respiró hondo. Durante meses se había repetido que había hecho lo correcto, que irse era la única forma de dejar de sufrir. Sin embargo, ahí, frente a él, todas sus certezas temblaban.
—Yo necesitaba irme —dijo finalmente—. Animaná me quedaba chico… y vos también me dolías.
Diego levantó la vista. Sus ojos se encontraron otra vez, distintos, más grandes, más conscientes.
—Capaz todavía nos debemos una charla —dijo él—. Sin malentendidos.
Aída dudó unos segundos. Luego asintió, despacio.
—Capaz —repitió.
El viento volvió a soplar entre los dos, como si el pueblo entero contuviera la respiración. Nada estaba resuelto. Pero por primera vez desde su partida, el final no parecía tan cerrado.

(Punto de vista de Aída)
Nunca pensé que volver a Animaná iba a doler así.
Creí que el tiempo, la ciudad, las nuevas caras y las calles con semáforos me habían cambiado lo suficiente como para no temblar al verlo. Pero ahí estaba Diego, con la misma forma de pararse, con la misma mirada que siempre parecía preguntarlo todo sin decir nada.
Cuando me habló, sentí que el pecho se me cerraba.
Durante meses me convencí de que irme había sido lo mejor. Que no merecía explicaciones. Que si él había elegido a Camila, entonces yo no tenía nada más que hacer en ese pueblo. Repetí esa versión tantas veces que casi la creí… hasta que lo escuché decir que nunca quiso nada con ella.
Esa noche no pude dormir.
Desde la ventana de la casa de mi abuela miré las luces bajas del pueblo y pensé en todo lo que no dije. En cómo me fui sin dejarlo hablar. En cómo el orgullo a veces se disfraza de valentía.
Al día siguiente lo encontré en la acequia, sentado sobre una piedra, mirando correr el agua como si buscara respuestas ahí.
—Diego —dije, antes de arrepentirme.
Él levantó la cabeza, sorprendido, y se puso de pie.
—Aída.
No supe cómo empezar, así que fui directa, como nunca antes.
—Te creí una mentira porque tenía miedo —confesé—. Miedo de que fuera verdad. Miedo de quedarme… y que me dejaras después.
Diego me miró en silencio. No había enojo en sus ojos. Solo cansancio.
—Yo también me equivoqué —dijo—. Pensé que si insistía, ibas a volver. Y cuando no lo hiciste… me callé. Me dolía demasiado.
Sentí un nudo en la garganta.
—Perdón —dije—. Por no escucharte. Por irme sin despedirme bien.
Él respiró hondo.
—Perdón vos —respondió—. Por no correr detrás tuyo y decirte la verdad a tiempo.
El perdón no fue un abrazo inmediato ni una promesa. Fue algo más chico y más grande a la vez. Fue mirarnos sin rencor. Fue aceptar que los dos éramos adolescentes tratando de entender el amor sin saber cómo.
—No sé qué va a pasar —le dije—. Mi vida ahora está en otro lugar.
—Lo sé —respondió—. Pero necesitaba que supieras que siempre fuiste vos.
Sonreí, con lágrimas que no cayeron. Animaná seguía siendo el mismo pueblo, pero yo ya no era la misma chica que se fue huyendo.
Nos despedimos sin apuro, como si el tiempo por fin estuviera de nuestro lado.
Tal vez el amor no siempre sea quedarse.
A veces, también es perdonar.



#5053 en Novela romántica

En el texto hay: comedia, romance, deja vu

Editado: 29.01.2026

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