Aida

Capítulo 7

Aída nunca pensó que Diego cumpliría su palabra.
Cuando leyó su mensaje —“Voy a Salta mañana. Si querés, nos vemos”— sintió ese viejo cosquilleo en el estómago, el mismo de los primeros tiempos en Animaná, solo que ahora estaba acompañado de miedo.
La ciudad era ruidosa, rápida, llena de gente que no se conocía. No era como el pueblo, donde todos sabían de todos y el silencio tenía nombre. Ahí, Diego parecía una parte de su pasado que no encajaba… y al mismo tiempo, algo que necesitaba.
Lo esperó en la plaza 9 de Julio, sentada en un banco, jugando con la correa de su mochila. Cuando lo vio cruzar la calle, con la campera de siempre y esa expresión entre perdida y decidida, sonrió sin darse cuenta.
—Te queda grande la ciudad —le dijo cuando se acercó.
—Y a vos te queda chica —respondió él, devolviéndole la sonrisa.
Caminaron sin rumbo fijo. Pasaron frente a la Catedral, entraron a una galería, se rieron de lo distinto que sonaban los colectivos comparados con el silencio de Animaná. Diego miraba todo con curiosidad, como si el mundo se hubiera agrandado de golpe.
—¿Sos feliz acá? —preguntó él, de repente.
Aída tardó en responder.
—Estoy aprendiendo a serlo —dijo al fin—. Me costó dejar de extrañar… incluso a vos.
Diego se detuvo. La gente seguía pasando alrededor, apurada, ajena a ellos.
—Yo te extrañé todos los días —confesó—. Pero no vine a pedirte que vuelvas. Solo… quería verte sin rencores.
Aída lo miró. Ya no era el chico del pueblo solamente. Tampoco ella era la chica que se fue llorando. Algo había cambiado en los dos.
—Gracias por venir —le dijo—. Significa más de lo que creés.
Se sentaron en un bar pequeño, pidieron una gaseosa para compartir y hablaron de cosas simples: materias nuevas, amigos distintos, sueños que antes no se animaban a decir. Por momentos, todo parecía fácil. Por otros, demasiado frágil.
Cuando el sol empezó a caer, caminaron hasta el parque San Martín. El cielo se tiñó de naranja, y Aída pensó que incluso en la ciudad, los atardeceres seguían siendo suyos.
—No sé qué somos ahora —dijo ella.
—Pero sabemos lo que fuimos —respondió Diego—. Y eso ya no duele.
Antes de despedirse, se abrazaron. No como antes. Mejor. Sin promesas imposibles, sin miedo.
Diego subió al colectivo con una última mirada. Aída se quedó ahí, viendo cómo se alejaba, con la certeza de que algunas historias no se rompen cuando uno se va… solo cambian de lugar.

****

La distancia no llegó de golpe. Se fue metiendo de a poco, como el frío en las noches largas.
Al principio, Aída y Diego se hablaban todos los días. Mensajes de buenos días, audios contándose cosas mínimas, fotos del cielo desde dos lugares distintos. Animaná y Salta capital unidos por una pantalla.
Pero no siempre coincidían los tiempos.
Ni las certezas.
Aída empezó a tener días llenos de clases, gente nueva, sueños que crecían. Diego seguía en el pueblo, con rutinas que no cambiaban tanto, con silencios más largos cuando el celular no vibraba.
—Perdón, hoy no pude responder —escribía ella.
—Todo bien —contestaba él, aunque no siempre lo estaba.
Camila volvió como vuelven los problemas no resueltos.
Empezó con lo de siempre: aparecer en los lugares donde estaba Diego, hacerse la comprensiva, la que “solo se preocupa”. Decía conocerlo mejor que nadie, hablaba de Aída como si fuera una historia ya terminada.
—La ciudad cambia a las personas —le dijo una tarde—. Vos seguís esperando a alguien que ya no es la misma.
Diego no respondía, pero las dudas quedaban.
Camila también escribió. No directamente a Aída al principio, sino dejando que otros comentarios llegaran solos: fotos, rumores, medias verdades.
“Diego anda mucho con Camila”
“Acá todos dicen que son inseparables”
Aída le preguntó de frente.
—¿Está pasando algo que no me estás diciendo?
Diego tardó en responder. Ese silencio fue peor que cualquier mentira.
—No —escribió al fin—. Pero estoy cansado de justificarme todo el tiempo.
Discutieron. No fuerte. Peor: con palabras medidas, con frases que dolían porque no gritaban. Aída lloró sola en su habitación. Diego apagó el celular y salió a caminar por el pueblo como antes.
Camila creyó que esta vez había ganado.
Pero no contaba con algo distinto.
Aída no se fue corriendo.
Diego no se quedó callado.
—No quiero perderte por terceros —le dijo él en una llamada nocturna—. Ni por la distancia.
—Entonces elegime —respondió Aída—. No a medias. No en silencio.
Esa noche Diego habló claro con Camila. Le puso límites. Le dijo que ya no había lugar para confusiones ni juegos.
No fue mágico. No se arregló todo.
Pero algo cambió.
La relación siguió, con días buenos y otros difíciles. Aprendieron que amar a distancia también es confiar cuando duele, hablar aunque dé miedo, y entender que crecer no siempre significa alejarse.
Camila quedó atrás, molesta, herida en su orgullo.
Y aunque el camino todavía era incierto, Aída y Diego seguían eligiéndose.
No porque fuera fácil.
Sino porque, a pesar de todo, todavía valía la pena.



#5053 en Novela romántica

En el texto hay: comedia, romance, deja vu

Editado: 29.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.