Aida

Capítulo 8

Aída marcó el día en el calendario con un círculo torcido y un corazón mal dibujado. No se lo dijo a nadie, pero llevaba semanas contando las horas.
Diego venía a Salta.
No era una fecha especial para el resto del mundo, pero para ella sí. Era la primera vez que se verían después de semanas difíciles, de mensajes cruzados, de silencios largos y dudas que habían dolido más que las peleas.
La mañana amaneció nublada. Aída caminó hasta la terminal con una mezcla de nervios y esperanza, preguntándose si algo se había roto definitivamente entre ellos o si todavía quedaba espacio para recomenzar.
Cuando lo vio bajar del colectivo, con una mochila gastada y esa sonrisa tímida que siempre aparecía cuando estaba nervioso, supo la respuesta.
No corrieron a abrazarse. Se acercaron despacio, como si el miedo todavía estuviera ahí, pero cuando Diego la rodeó con los brazos, Aída apoyó la frente en su pecho y respiró hondo.
—Estás acá —susurró.
—Siempre voy a intentar estar —respondió él.
Caminaron por la ciudad como si no existiera la distancia. Compartieron una empanada en un puesto de la calle, se rieron de anécdotas viejas, se contaron cosas que no entraban en los audios ni en los mensajes.
—A veces siento que vivo dos vidas —confesó Aída—. La que tengo acá… y la que tengo con vos.
Diego asintió.
—Yo también. Pero cuando estamos juntos, todo encaja un poco más.
Fueron al cerro San Bernardo por la tarde. Subieron en teleférico, en silencio, mirando cómo la ciudad se hacía pequeña. Aída pensó que así se sentían sus problemas cuando estaba con él: más lejanos, menos pesados.
Arriba, el viento les despeinó el cabello y el cielo empezó a abrirse entre las nubes.
—Camila volvió a hablar —dijo Diego, de repente—. Pero esta vez fue distinto.
Aída lo miró, alerta.
—¿Qué pasó?
—Le dije que te amo. Que no hay lugar para ella en lo que siento.
El corazón de Aída dio un salto.
—Gracias por decírmelo —respondió—. No por Camila… por elegirnos.
Diego tomó su mano.
—No siempre sé hacerlo bien —dijo—. Pero quiero aprender. Con vos.
Se sentaron en el borde, mirando el atardecer. La ciudad se llenó de luces y Aída sintió, por primera vez en mucho tiempo, una paz suave.
—No prometamos cosas imposibles —dijo ella—. No sé dónde voy a estar el año que viene.
—Yo tampoco —contestó Diego—. Prometamos esto: hablar cuando duela, volver cuando se pueda, y no soltarnos por miedo.
Aída sonrió. Lo besó sin apuro, sin la urgencia de antes. Un beso que no pedía nada más que ese momento.
Cuando se despidieron en la terminal, no hubo lágrimas.
—Nos vemos pronto —dijo ella.
—Siempre —respondió él.
Mientras el colectivo se alejaba, Aída entendió algo importante: no necesitaban tener todo resuelto para ser una pareja. Solo necesitaban seguir eligiéndose, incluso en la distancia.
Y por ahora, eso era suficiente.

La distancia no desapareció, pero aprendieron a convivir con ella.
Aída descubrió que amar a Diego también era aprender sus horarios, saber cuándo estaba libre para una llamada corta, entender cuándo necesitaba silencio. Diego aprendió a leer los estados de ánimo de Aída en la forma en que escribía su nombre o en los audios que dejaba a medias.
Se mandaban fotos de lo que los rodeaba.
Aída le enviaba el cielo desde la ventana de su cuarto, los apuntes llenos de marcas de colores, el ruido lejano de los colectivos. Diego le mandaba los cerros al amanecer, el río bajo, la plaza vacía al atardecer.
—Hoy Animaná huele a tierra mojada —le escribió una tarde.
—Acá llovió fuerte —respondió ella—. Pensé en vos.
Los fines de semana se hacían rituales. A la misma hora, cada uno preparaba mate. Aída se sentaba en el piso, apoyada contra la cama; Diego, en el patio de su casa. No hablaban todo el tiempo. A veces solo se acompañaban en silencio.
—Antes me daba miedo no decir nada —confesó ella una vez—. Ahora me gusta saber que estás ahí.
Diego sonrió desde la pantalla.
—El silencio con vos no pesa.
Hubo días luminosos. Mensajes largos, planes a futuro dibujados sin fechas, risas que se colaban en los audios. Aída empezó a guardar capturas de conversaciones que le hacían bien. Diego anotó su nombre en la tapa del cuaderno del colegio, como cuando eran chicos.
También hubo nostalgia, pero ya no era amarga.
Una noche, Diego le mandó una foto del cielo estrellado.
—¿Te acordás cuando decíamos que las mismas estrellas nos miraban?
Aída respondió con otra foto, desde la ciudad.
—Siguen siendo las mismas. Solo estamos en puntos distintos.
Se prometieron visitas posibles, sin presiones. A veces Diego iba a Salta. Otras, Aída volvía al pueblo por unos días. Cada encuentro era un recordatorio: no habían idealizado al otro, lo habían elegido con todo y distancia.
Camila quedó cada vez más lejos. No porque desapareciera del todo, sino porque dejó de tener espacio entre ellos. Ya no hacía ruido.
Una tarde, mientras Aída estudiaba, recibió un audio de Diego:
—Gracias por quedarte, incluso cuando es más fácil soltarse.
Ella apoyó el celular sobre el pecho y sonrió.
—Gracias por buscarme, incluso cuando estoy lejos.
La relación no era perfecta. Pero era real. Y estaba hecha de cosas pequeñas: mensajes, fotos, silencios compartidos, y la certeza de que, aunque el camino fuera largo, seguían caminándolo juntos.



#5053 en Novela romántica

En el texto hay: comedia, romance, deja vu

Editado: 29.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.