Aida

Capítulo 9

La idea no llegó de golpe.
Primero fue una sensación leve, como un pensamiento que volvía siempre en los momentos tranquilos. Después, empezó a tomar forma en los silencios largos, en las noches en que Aída cerraba los apuntes y miraba por la ventana preguntándose dónde quería estar de verdad.
Salta capital le había dado mucho. Libertad, aprendizaje, nuevas versiones de sí misma. Pero algo no terminaba de encajar. No era Diego solamente —aunque él era parte—, era esa sensación de vivir corriendo, de extrañar el cielo abierto, el ritmo lento, las caras conocidas.
Una tarde, mientras hablaban por videollamada, Aída lo dijo sin planearlo.
—Estuve pensando en volver.
Diego no respondió enseguida. No sonrió. No se adelantó.
—¿Volver… volver? —preguntó, con cuidado.
—A Animaná —asintió ella—. No para huir. Para elegir.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue profundo.
—No quiero que lo hagas por mí —dijo él al fin—. No quiero ser una jaula linda.
Aída sonrió.
—No lo sos. Yo ya me fui una vez para encontrarme. Ahora siento que puedo volver sin perderme.
Hablaron durante semanas. De posibilidades, de miedos, de lo que implicaba mudarse de nuevo. Aída habló con su familia, explicó que no era un retroceso, que no abandonaba sus sueños, solo los cambiaba de escenario.
Cuando llegó el día, Animaná la recibió con un sol suave y el viento de siempre.
Diego la esperó en la entrada del pueblo. No había flores ni promesas exageradas. Solo él, con una sonrisa nerviosa y los ojos brillantes.
—Bienvenida —dijo.
Aída respiró hondo.
—Gracias por esperarme.
Instalarse no fue perfecto. Extrañó la ciudad, el movimiento, algunas comodidades. Pero también redescubrió lo simple: las tardes largas, los saludos sinceros, el cielo lleno de estrellas.
Con Diego, las cosas fueron distintas. Mejores. Más reales.
Ya no eran mensajes apurados ni despedidas constantes. Eran mates compartidos, caminatas sin rumbo, conversaciones que no se cortaban por falta de señal. Aprendieron a verse también en lo cotidiano, en los días comunes.
—Nunca te había visto así —le dijo Diego una noche, sentados en el patio—. Tranquila.
—Nunca me había sentido así —respondió ella—. Presente.
La relación creció sin urgencias. Se discutieron cosas pequeñas, se ajustaron espacios, se aprendieron de nuevo. Aída necesitaba momentos sola. Diego aprendió a respetarlos. Diego tenía inseguridades. Aída ya no huía.
Camila fue solo un recuerdo incómodo. Un nombre que ya no dolía.
Una tarde, mientras caminaban por el pueblo, Diego tomó la mano de Aída sin decir nada. Ella la apretó de vuelta.
—No sé qué va a pasar más adelante —dijo él—. Pero me gusta esto. Me gusta cómo somos ahora.
Aída apoyó la cabeza en su hombro.
—A mí también. Y esta vez no me voy por miedo.
Animaná no era el final de nada. Era un nuevo comienzo. Uno elegido. Compartido.
Y por primera vez, el amor no se sentía como una promesa frágil, sino como un lugar al que podían volver.



#5053 en Novela romántica

En el texto hay: comedia, romance, deja vu

Editado: 29.01.2026

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