Aida

Capítulo 11

El primer movimiento no fue evidente.
Nunca lo es.
El papá de Diego no levantó la voz, no prohibió nada, no dijo el nombre de Aída en tono de reproche. Hizo algo mucho más efectivo: cambió el clima.
Dejó de preguntar por ella.
Dejó de invitarla a comer.
Dejó de mirarlos cuando caminaban juntos.
Y cuando hablaba con Diego, siempre había algo urgente.
—Mañana necesito que me acompañes temprano al campo.
—No llegues tarde, hay cosas que hacer.
—Tenemos que hablar del futuro.
Diego empezó a sentir esa presión como una piedra invisible en el pecho.
—Pa, hoy iba a ir con Aída a ver a mi abuela —dijo una tarde.
Su padre ni siquiera lo miró.
—Después —respondió—. Primero lo importante.
Diego apretó la mandíbula.
—Para mí, eso también es importante.
El hombre levantó la vista, serio.
—Vos todavía sos chico para saber qué lo es.
Esa noche, Diego llegó tarde al encuentro con Aída. Ella estaba sentada en la plaza, con el buzo apretado contra el cuerpo.
—Pensé que no ibas a venir —dijo.
—Perdón… en casa está raro todo.
Aída lo miró con atención. Desde que había vuelto al pueblo, sentía algo que no sabía explicar. Miradas que se apartaban. Comentarios a medias. Una sensación de no pertenecer del todo.
—Tu papá no me quiere acá —dijo, sin rodeos.
Diego suspiró.
—No es así… bueno, capaz sí. Pero no tiene derecho a meterse.
Ella sonrió, triste.
—Es tu papá. Siempre va a tener derecho, aunque duela.
Mientras tanto, Camila observaba.
Nunca aparecía de golpe. Siempre “casualmente”. En el almacén. En la iglesia. En la parada del colectivo. Siempre con una palabra suave y la expresión correcta.
—Lo veo cansado a Diego —comentó una mañana frente al padre—. Capaz se está exigiendo demasiado por… todo esto.
El hombre no respondió, pero escuchó.
Camila sabía cuándo retirarse.
La siguiente jugada fue más precisa.
El papá de Diego consiguió que lo llamaran para trabajar unos días fuera del pueblo. Buen dinero. Oportunidad rara. Justo ahora.
—Es solo por un tiempo —le dijo—. Pero necesito que vengas conmigo.
Diego dudó.
—¿Y Aída?
—Aída puede esperar.
Esa frase fue como un golpe seco.
—No es tan simple.
—La vida no es simple —respondió su padre—. Pero si empezás a elegir mal ahora, después es tarde.
Diego se fue esa noche sin discutir, pero con el estómago revuelto.
Cuando se lo contó a Aída, ella guardó silencio largo rato.
—No quiero ser el motivo de tus peleas —dijo al final.
—No lo sos. El motivo es que no entiende que ya no soy un chico.
Aída bajó la mirada.
—Tengo miedo, Diego.
—¿De qué?
—De que te canses. De que esto sea demasiado.
Él tomó su rostro con ambas manos.
—Escuchame bien —dijo—. Yo ya te perdí una vez. No pienso dejar que otros decidan por mí otra vez.
Camila supo del viaje antes que nadie.
—Capaz es una señal —le dijo al padre—. La distancia siempre aclara las cosas.
No lo dijo con maldad. Lo dijo como quien ofrece ayuda.
Los días previos al viaje fueron difíciles. Diego y Aída se veían cuando podían, robando tiempo, caminando de noche para evitar comentarios. El pueblo empezaba a hablar.
—No encajás —le dijo una mujer mayor a Aída sin querer ser cruel—. Se nota.
Ella lloró esa noche, sola.
—Tal vez fue un error volver —susurró.
Diego la abrazó fuerte.
—No. El error sería rendirnos ahora.
El día que él se fue, Aída lo acompañó hasta la camioneta. No hubo besos largos ni promesas exageradas. Solo manos entrelazadas.
—Volvé —le pidió ella.
—Siempre vuelvo a vos —respondió.
Mientras el vehículo se alejaba, Camila los miró desde lejos, con una calma peligrosa.
Nada se había roto aún.
Pero las grietas ya estaban ahí.
Y tanto el padre como Camila sabían algo que Diego y Aída todavía no entendían del todo:
el amor resiste mucho…
pero el desgaste constante puede ser más peligroso que una traición.

(gracias por leer ♥)



#5053 en Novela romántica

En el texto hay: comedia, romance, deja vu

Editado: 29.01.2026

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