La distancia no empezó con kilómetros.
Empezó con cansancio.
Diego llevaba semanas despertándose antes de que aclarara. El frío todavía mordía la piel cuando subía a la camioneta con su padre, y el día se extendía entre herramientas, polvo y silencios incómodos.
El celular casi no tenía señal.
A veces, cuando lograba escribirle a Aída, ya era de noche.
—Estoy bien, amor. Solo cansado —tecleaba con los dedos entumecidos.
Ella respondía rápido.
—¿Comiste?
—¿Dormiste algo?
—Te extraño.
Diego leía esos mensajes con una mezcla de alivio y culpa. Quería contestar con la misma intensidad, pero el cuerpo no siempre acompañaba.
El padre observaba todo.
—Antes no estabas tan pendiente del teléfono —comentó una mañana, sin levantar la voz.
—Antes no estaba lejos de la persona que amo —respondió Diego.
El hombre no dijo nada, pero dejó la frase flotando.
Durante los días siguientes, cada vez que Diego sacaba el celular, aparecía una tarea urgente. Un favor. Un mandado. Una excusa.
—Después hablás.
—Eso puede esperar.
—El trabajo no.
Aída empezó a sentirlo sin que nadie se lo dijera.
Las llamadas se acortaban.
Los audios llegaban tarde.
Las respuestas eran menos emocionales.
No porque Diego quisiera, sino porque lo estaban agotando.
Una noche, después de esperar una llamada prometida, Aída se quedó dormida con el celular en la mano. Cuando despertó, había un mensaje.
“Perdón. Me quedé sin batería. Te amo.”
Ella apoyó el teléfono contra el pecho.
—Yo también… pero te estás alejando —susurró al vacío.
En el fondo, ambos lo sabían:
la distancia ya no era geográfica.
Era emocional, inducida, forzada.
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Camila eligió el momento exacto.
Diego estaba solo en la plaza, esperando que cargara el celular desde un enchufe del kiosco. Tenía la mirada perdida.
—¿Todo bien? —preguntó ella, sentándose a una distancia prudente.
—Sí… normal —respondió él.
Camila no insistió.
Hablaron de cosas simples. Del clima. Del trabajo. De lo mucho que había cambiado el pueblo desde que Aída volvió.
—Debe ser difícil —dijo ella con suavidad— amar a alguien que ya vivió otra vida.
Diego frunció el ceño.
—¿Por qué lo decís?
—No como crítica —aclaró—. Solo… Aída conoció cosas que vos no. A veces eso genera distancia.
Diego no respondió, pero la idea quedó.
Camila nunca hablaba mal de Aída.
Eso era lo peligroso.
—Yo te veo distinto —continuó—. Más cansado. Como si siempre estuvieras intentando sostener algo solo.
—No estoy solo —dijo él, aunque sin convicción.
—Claro que no —sonrió ella—. Pero tampoco deberías cargar con todo.
Empezó a aparecer seguido. Siempre “de paso”. Siempre “casual”.
Le llevaba agua cuando trabajaba.
Le avisaba cuando su padre lo buscaba.
Le escuchaba las frustraciones sin juzgar.
—No digo que la dejes —repetía—. Solo digo que también merecés paz.
Diego empezó a confundirse.
No porque dudara de Aída.
Sino porque empezaba a dudar de sí mismo.