El cielo estaba gris sobre Animaná. No llovía, pero el aire pesaba como si pudiera hacerlo en cualquier momento.
Aída había pasado la tarde esperando.
No sentada mirando el celular, sino haciendo cosas pequeñas para no pensar: barrió el patio, acomodó la ropa, calentó agua para el mate que se enfrió tres veces. Cada vez que escuchaba pasos, el corazón se le aceleraba.
Cuando Diego llegó, ya era de noche.
—Hola —dijo él, dejando la mochila en el piso.
—Hola —respondió ella.
No se abrazaron.
Ese detalle le dolió más que cualquier palabra.
Se sentaron uno frente al otro, la mesa de por medio, como si sin darse cuenta hubieran levantado una frontera.
—Te noto distinto —dijo Aída al fin—. Desde hace días.
Diego suspiró.
—Estoy cansado.
—Yo también —respondió ella—. Pero no es solo eso.
Él bajó la mirada.
—En casa está complicado.
—Siempre lo está —dijo ella, sin reproche—. Pero antes me hablás.
El silencio se estiró.
—No quiero cargarte —dijo Diego—. Ya bastante tenés con haberte vuelto.
Aída frunció el ceño.
—¿Volver es una carga ahora?
—No, no quise decir eso…
—Pero lo dijiste.
Diego pasó una mano por su cara.
—Todo el tiempo siento que tengo que elegir. Entre mi papá, el trabajo, vos… y nunca hago nada bien.
Aída tragó saliva.
—Yo nunca te pedí que eligieras.
—No —respondió él—. Pero todos me lo hacen sentir.
—¿Yo también?
Diego dudó.
Ese silencio fue una respuesta.
—Aída… yo te amo —dijo—. Pero a veces siento que mi vida se volvió una pelea constante.
Ella sintió que algo se quebraba por dentro.
—¿Y yo qué soy en esa pelea? —preguntó—. ¿El premio? ¿El problema?
—No sos el problema —respondió rápido—. Pero todo es más difícil desde que volviste.
Las palabras quedaron suspendidas.
—Entonces no debería haber vuelto —dijo ella, muy despacio.
—No dije eso.
—Lo pensás.
Diego no supo qué contestar.
Aída se puso de pie.
—Yo dejé mi vida allá —dijo—. Volví porque creí que acá había un nosotros. No para sentirme una intrusa.
—No sos una intrusa —repitió él, con la voz quebrada—. Pero no sé cómo sostener todo.
—Yo tampoco —respondió ella—. Pero no puedo ser fuerte por los dos.
Se miraron, cansados, heridos, todavía enamorados.
—Tengo miedo —confesó Aída—. Miedo de que un día te canses… y me mires como todos los demás.
Diego se levantó también.
—Y yo tengo miedo de perderte por no poder hacer nada bien.
El silencio volvió, denso.
—Tal vez necesitamos un poco de aire —dijo él finalmente.
Aída sintió que el corazón le golpeaba fuerte.
—¿Eso es pedir distancia?
—No —respondió—. Es… no lastimarnos hoy.
Ella asintió, aunque no entendía del todo.
—Entonces andá —dijo—. Antes de que digamos algo peor.
Diego dudó unos segundos, como si quisiera abrazarla, pero no lo hizo. Tomó la campera y salió.
Aída se quedó sola, con la casa llena de recuerdos y el miedo creciendo en el pecho.
No se habían separado.
No habían terminado.
Pero por primera vez desde que volvió, el amor ya no se sentía como un refugio…
sino como una cuerda tensa a punto de romperse.
Camila se enteró de la discusión antes de que terminara el día.
No porque alguien se lo contara directamente, sino porque vio a Diego salir de la casa de Aída sin mirar atrás, con la campera puesta y la mandíbula apretada.
Eso era suficiente.
Esa noche, ella no hizo nada.
Dejó que el silencio trabajara por ella.
Al día siguiente fue hasta donde estaba Aída, con una bolsa de pan caliente y una sonrisa prudente, como si dudara de si era buen momento.
—No quiero meterme —dijo apenas la vio—. Pero me dio cosa dejarte sola.
Aída estaba ojerosa.
—Gracias.
Se sentaron en el patio. El viento movía las hojas secas.
—Diego está muy mal —dijo Camila, bajando la voz—. No duerme casi.
Aída apretó la taza.
—Ayer discutimos.
—Sí… lo sé —respondió Camila—. Él me lo contó.
Eso no era verdad.
Pero sonó natural.
—Dijo que te ama —continuó—. Mucho. Pero que no sabe cómo decírtelo sin lastimarte.
Aída levantó la mirada.
—¿Decirme qué?
Camila dudó. Miró al suelo, como si no quisiera hablar.
—No debería decirte esto —murmuró—. Pero me pareció injusto que no lo sepas.
El corazón de Aída empezó a latir más rápido.
—Decime.
—Él está pensando… en tomarse un tiempo —dijo Camila—. No terminar. Solo alejarse un poco. Porque siente que te está haciendo daño.
Aída sintió frío.
—No me dijo nada.
—Justamente —respondió Camila—. Tiene miedo de que te vayas otra vez.
Hubo un silencio largo.
—También dijo —agregó— que su papá cree que vos volviste por costumbre, no por amor. Y eso lo confundió mucho.
Eso tampoco era verdad.
Era una versión torcida de una charla que nunca ocurrió.
—Yo no volví por costumbre —susurró Aída.
—Lo sé —dijo Camila enseguida—. Yo te creo. Pero él está lleno de dudas… y cuando alguien duda tanto, cualquier palabra pesa.
Aída asintió, con los ojos brillosos.
—No le digas que hablamos —pidió Camila—. Si se entera, se va a cerrar más.
Cuando se fue, dejó atrás una calma falsa.
Esa tarde, Diego escribió.
¿Estás bien?
Aída miró la pantalla durante minutos.
Pensó en lo que Camila había dicho.
En el “tiempo”.
En el miedo.
En la idea de estar siendo una carga.
Sí. Pensando.
—Pensando en irme —susurró para sí.
Cuando Diego volvió a escribir, ella respondió con una frase corta:
Si necesitás distancia, decímelo. No quiero retenerte.
Él leyó el mensaje sin entender.
—¿Distancia? —murmuró—. ¿De dónde salió eso?
Fue hasta lo de Camila esa misma noche.
—¿Hablaste con Aída? —le preguntó.
Camila abrió los ojos, sorprendida.
—Solo la vi triste… nada más.
—Me escribió como si yo quisiera alejarme.
Ella bajó la mirada.
—Quizás lo siente —dijo—. A veces las mujeres intuimos cosas antes de que ustedes las digan.
No mentía del todo.
Solo dejaba que él creyera lo que ya temía.
Esa noche, Aída lloró en silencio.
Diego, desde su cama, pensó que la estaba perdiendo.
Y entre ambos, invisible pero firme, crecía una verdad falsa…
una historia que ninguno había dicho,
pero que ya empezaba a separarlos.