El apellido Bastella pesaba en Animaná.
No por riqueza, sino por historia.
Antonio Bastella era un hombre respetado, duro, de silencios largos. Julia, su esposa, intentaba suavizarlo todo, aunque casi nunca lo lograba. Y Diego… Diego había crecido intentando ser suficiente para ambos.
Eso lo volvía vulnerable.
Esa noche, Arturo lo sabía.
—Dale, Bastella —dijo riéndose—. Un vaso más no te va a matar.
Diego negó con la cabeza.
—No… ya estoy medio mareado.
—¿Desde cuándo sos tan aburrido? —intervino Camila, apoyándole la mano en el hombro—. Si mañana trabajás recién a la tarde.
Arturo le llenó el vaso sin esperar respuesta.
—Por los logros del nene mimado del pueblo —se burló—. El que hace todo bien.
Diego sonrió torcido y bebió.
Uno más.
Y otro.
La música subía, el mundo giraba un poco distinto y el cansancio se mezclaba con la bronca que llevaba semanas acumulando.
—No sabés lo que es tener a todos esperando que no te equivoques nunca —murmuró Diego.
Camila lo miró con dulzura falsa.
—Yo sí —dijo—. Por eso te entiendo más que nadie.
Arturo intercambió una mirada con ella.
El plan avanzaba.
Cuando Diego apenas podía mantenerse en pie, Arturo lo empujó suavemente hacia la habitación.
—Quedate acá, campeón. Ya estás hecho bolsa.
—Tengo que… hablar con Aída… —balbuceó.
—Después —respondió Camila rápido—. Dormí un rato.
Le quitó el celular del bolsillo con la excusa de que “no se le caiga”.
Diego se desplomó en la cama.
Ahí comenzó todo.
Camila escribió el mensaje con calma.
Aída, vení. Necesito verte. Estoy solo en casa. Por favor.
Arturo sonrió.
—Poné ubicación.
Ella lo hizo.
Luego borró la conversación del teléfono de Diego.
Esperaron.
No tocaron a Diego.
No lo movieron más.
Solo acomodaron las cosas.
Cuando Aída llegó, la casa estaba en silencio.
Le temblaban las manos mientras empujaba la puerta sin llave.
—¿Diego? —llamó.
Nadie respondió.
Avanzó por el pasillo con el corazón golpeándole el pecho.
La puerta del cuarto estaba entreabierta.
Empujó.
Y el mundo se partió.
Diego estaba en la cama.
Sin remera.
Dormido, completamente inconsciente.
Y junto a él… Camila.
Cubierta apenas con una sábana, apoyada sobre su pecho.
Parecía una escena íntima.
Irrefutable.
Aída no gritó.
No lloró.
Solo sintió un ruido seco dentro del cuerpo, como algo que se rompe sin arreglo.
Camila abrió los ojos lentamente.
—Aída… —susurró—. Yo… no quería que lo vieras así.
Eso fue lo que la destruyó.
No una explicación.
No una disculpa.
Esa frase que parecía confirmar todo.
—¿Hace cuánto? —preguntó Aída con la voz hueca.
Camila bajó la mirada.
—Pasó —dijo—. Él estaba mal. Tomó mucho. Me pidió que me quedara.
Mentira.
Pero perfecta.
Aída miró a Diego.
Esperó que despertara.
Que negara.
Que dijera su nombre.
Nada.
Solo respiraba profundamente, ajeno a la ruina que lo rodeaba.
—Entonces es verdad —susurró.
Retrocedió.
—Aída, esperá… —dijo Camila.
—No me toques —respondió.
Salió de la casa sin correr.
Sin mirar atrás.
Al amanecer, Diego despertó con la cabeza partiéndole en dos.
Tardó varios segundos en entender dónde estaba.
—¿Qué…? —murmuró.
Camila ya estaba vestida.
—Tranquilo —dijo—. Dormiste mucho.
—¿Aída me escribió anoche? —preguntó él de golpe.
Ella negó.
—No.
El celular estaba sobre la mesa.
Vacío.
—Se fue —agregó Camila—. Te vio… y se fue.
Diego sintió que el estómago se le caía.
—¿Cómo que me vio?
—Así —respondió—. Yo intenté explicarle.
Mentira.
Arturo apareció desde la cocina.
—Fue horrible, hermano —dijo—. No quiso escuchar nada.
Diego salió corriendo.
La casa de Aída estaba cerrada.
La de sus padres, también.
La terminal… vacía.
Solo Julia Bastella lo esperaba en la galería cuando volvió.
—Se fue, hijo —dijo con tristeza—. No dejó dirección.
Diego se sentó en el piso.
Antonio lo miró en silencio.
Camila, desde la vereda de enfrente, observaba todo.
Habían ganado.
Aída se fue de Animaná convencida de haber sido engañada.
Con una imagen clavada en la memoria.
Con la certeza de no haber sido suficiente.
Años después, no soportaría ver una cama compartida.
Ni mensajes nocturnos.
Ni promesas.
Porque la noche que amó más que nunca…
fue también la noche que aprendió que el amor puede mentir sin decir una sola palabra.