Aida

Capítulo 18

(POV Diego)

Durante años, Diego Bastella había aprendido a convivir con la ausencia como si fuera una enfermedad crónica.
No se curaba.
Solo se acostumbraba.
Animaná siguió siendo su lugar, su raíz, su destino político incluso. Pero Aída Becker había quedado suspendida en el tiempo, congelada en el último recuerdo que tenía de ella: alejándose sin mirar atrás, con los ojos rotos y la dignidad erguida.
La buscó.
Primero con desesperación.
Después con método.
Preguntó en el pueblo. Nadie sabía nada. La familia Becker se había ido sin dejar dirección. Probó redes sociales, pero ella no existía allí. Era como si se hubiera borrado del mundo.
Durante mucho tiempo creyó que ese era su castigo.
No poder explicarse.
No poder defenderse.
No poder decirle que nunca la había engañado.
Los años pasaron.
Estudió. Trabajó. Se equivocó. Creció.
Y aun así, cada logro tenía un vacío que no se llenaba.
Cuando decidió postularse como intendente, no fue por ambición. Fue por responsabilidad. Porque alguien tenía que ordenar el caos que su propio padre había dejado atrás.
Antonio Bastella había muerto sin pedir perdón.
Y Diego tampoco se lo había dado.
Fue durante una reunión provincial cuando escuchó su nombre por primera vez en casi una década.
—Becker… Aída Becker —leyó una mujer del Ministerio—. Área de inventariado jurídico.
Diego sintió que el aire se le iba de los pulmones.
Pidió que repitieran.
Memorizó cada sílaba.
Esa noche no durmió.
La buscó en los registros públicos. Nada. Solo expedientes. Firmas. Un número interno.
Existía.
Eso era suficiente.
Tardó meses en lograr que el pedido llegara a la junta sin levantar sospechas. No puso su nombre. No pidió favores personales. Solo justificó técnicamente por qué necesitaba a alguien con su experiencia.
Cuando aprobaron la designación, se quedó mirando el papel con las manos temblándole.
No era una trampa.
No era venganza.
Era la única manera que había encontrado de volver a verla sin obligarla.
Nunca pensó que aceptaría.
Hasta que el día llegó.
La vio entrar por la puerta principal de la municipalidad y todo su cuerpo reaccionó como si el tiempo se hubiera replegado sobre sí mismo.
No estaba preparada para volver.
Ni él tampoco.
Se escondió.
No por cobardía, sino por respeto.
Ella merecía pisar ese edificio sin que el pasado le saltara encima.
Desde su despacho la observó aprender los pasillos, escuchar indicaciones, sonreír con educación. Ya no era la chica del pueblo. Era una mujer.
Fuerte.
Hermosa.
Distante.
Y eso dolía más que cualquier rechazo.
La miraba sin tocarla con la vista. Como si temiera romper algo frágil.
La veía salir a almorzar. Caminar por la plaza. Sentarse sola.
Nunca con nadie del pueblo.
Nunca riendo.
—¿Qué te hicieron? —pensó.
Y supo la respuesta.
Nosotros.
Esa noche, al llegar a su casa, sacó una vieja caja del fondo del placard.
Cartas que nunca envió. Fotos gastadas. El anillo barato que había comprado con sus primeros sueldos.
Todo seguía ahí.
Como ella.
—No quiero que vuelvas por mí —susurró—. Solo quiero que sepas la verdad.
Desde entonces, cada día la observa.
Desde lejos.
Desde el respeto.
Desde el miedo.
Porque si algo aprendió del pasado es que el amor no siempre vuelve…
aunque uno lo espere toda la vida.

****

(POV Aida)

Aída no estaba acostumbrada a que alguien pensara en ella antes del amanecer.
Por eso, cuando bajó al comedor de la hostería y vio la bandeja apoyada sobre su mesa habitual, se quedó quieta.
Café caliente. Pan casero. Mermelada. Jugo de naranja.
—Debe estar equivocada —murmuró.
La dueña del lugar levantó la vista desde la cocina.
—No, doctora. Es para usted. Lo dejaron temprano.
—¿Quién?
—No dijo nombre. Solo pidió que no se enfríe.
Aída frunció el ceño.
No lo tocó.
Lo observó como si fuera una trampa.
Durante años había aprendido que los gestos bonitos podían esconder algo más. Que la amabilidad no siempre era inocente.
Finalmente bebió el café.
Estaba exactamente como le gustaba.
Sin azúcar.
Al día siguiente ocurrió lo mismo.
Otra bandeja. Otra nota mínima escrita a mano:
"Que tengas un buen día."
Sin firma.
El tercero apareció un pequeño ramo de flores silvestres, atadas con hilo.
Nada exagerado. Nada romántico.
Solo… presente.
Aída sintió algo extraño apretarle el pecho.
No alegría.
Inquietud.
En la municipalidad comenzaron los murmullos.
—¿Tenés novio? —le preguntó un empleado mientras revisaban expedientes.
Aída levantó la vista apenas.
—No hablo de mi vida personal.
El hombre sonrió incómodo.
—Perdón… era por las flores.
—No son mías —respondió seca—. Llegan solas.
Desde entonces, cualquier intento de acercamiento masculino rebotaba contra ella como contra una pared invisible.
Un comentario de más: silencio.
Una insinuación: distancia inmediata.
Una invitación: negativa firme.
No gritaba.
No discutía.
Pero cerraba todo.
Los hombres lo notaban.
Las mujeres también.
—Es rara —decían algunos.
No lo era.
Estaba herida.
Aída caminaba con la espalda recta y el alma en guardia.
No aceptaba ayuda para cargar cajas. No permitía que nadie se le acercara demasiado. No sonreía por compromiso.
Y, sin embargo, cada mañana esperaba.
No a alguien.
Sino al gesto.
El desayuno. Las flores. A veces una nota mínima:
"Que no te olvides de respirar."
Eso fue lo que más la desarmó.
Porque nadie en el mundo sabía que ella se olvidaba de hacerlo cuando la ansiedad la atacaba.
Esa noche no durmió.
Se sentó en la cama mirando el papel una y otra vez.
—¿Quién sos? —susurró.
Al día siguiente, mientras revisaba archivos en una oficina lateral, sintió esa presencia otra vez.
La mirada invisible.
Levantó la cabeza.
No vio a nadie.
Pero el aire… estaba distinto.
En el despacho principal, con la puerta apenas entreabierta, Diego sostenía una carpeta que no leía.
La observaba sin tocarla con los ojos.
Nunca se acercaba.
Nunca preguntaba por ella.
Solo enviaba gestos pequeños, respetuosos.
No buscaba que lo amara.
Solo quería que el mundo dejara de dolerle un poco.
Cuando un empleado intentó invitarla a tomar algo, Diego apretó los dientes desde lejos.
Ella ni siquiera dudó.
—No —dijo—. No es personal. Simplemente no quiero.
Y siguió caminando.
Esa barrera, tan clara, tan firme, le rompió el pecho.
No porque rechazara a otros.
Sino porque confirmaba lo profundo de la herida.
—Perdón —pensó—. Yo te dejé así.
Esa tarde decidió enviarle algo distinto.
No comida.
No flores.
Un libro.
Sin nota.
Solo una hoja marcada.
Un poema subrayado:
“A veces el amor no pide ser devuelto.
Solo necesita existir sin hacer ruido.”

Aída cerró el libro con las manos temblando.
Las lágrimas llegaron sin permiso.
Por primera vez desde que volvió al pueblo, no quiso huir.
No sabía quién era.
Pero sabía una cosa:
quien fuera que la cuidaba desde el anonimato…
no la estaba tocando.
La estaba respetando.
Y eso, después de todo lo vivido,
era lo más cercano al amor que todavía podía soportar.



#8462 en Novela romántica

En el texto hay: comedia, romance, deja vu

Editado: 02.02.2026

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