Me puse los auriculares porque, honestamente, no estaba para aguantar el escándalo del grupito infantil sentado atrás.
A veces siento que el caos debería pagarme renta por vivir cerca de mí.
Abrí el libro.
Ni sé por qué lo traje, pero aquí estamos: yo fingiendo concentración, y las letras huyéndome como si tuvieran prisa.
Y entonces pasó:
él se sentó justo al frente.
Lo suficientemente cerca como para que el aire se pusiera tenso…
lo suficientemente lejos como para que mis pensamientos hicieran destrezas olímpicas.
El profesor entró, dio los buenos días, pero yo apenas escuché.
Tenía la mirada atrapada en otro punto crítico:
el lunar en su cuello.
Táctico. Peligroso.
Un detalle pequeño capaz de desbaratar mi enfoque corporativo-personal.
Y su mirada… fría, indescifrable, como si supiera más de lo que decía.
Como si me estuviera leyendo el alma con auditoría interna incluida.
Alex se sentó a mi lado, pero ni así se disipó esa extraña corriente que había entre él y yo.
Regresé al libro.
Peor decisión.
La escena que estaba leyendo estaba ocurriendo exactamente igual frente a mí.
Excepto que la protagonista del libro tenía dignidad… y yo estaba aquí suspirando por un tipo que ni sonríe.
Pasaron unos minutos y escuché al profesor decir:
—Seguimos, pórtense bien. Nos vemos allá.
El trayecto siguió.
Yo no.
Me quedé dormida como si alguien me hubiera apagado el switch.
Cuando abrí los ojos, él me estaba mirando.
No directamente.
No descarado.
Pero lo suficiente para que yo lo notara antes de que él fingiera ver por la ventana.
Llegamos.
Fui la última en bajar y la rubia me analizó como si yo fuera un expediente sospechoso.
Toda su manada igual.
Eficiencia grupal, supongo.
Bajé…
Y tropecé con la alfombra de goma como la reina del profesionalismo.
Iba directo al piso.
Hasta que un chico que yo no había visto me agarró del brazo y me sostuvo firme.
—Gracias —dije, acomodándome el pelo con dignidad prestada.
Aren salió en ese instante.
Tenía la mandíbula tensa.
Demasiado tensa.
—Vamos —dijo.
Seco.
Roto.
Como si el simple acto de verme caer le hubiera tocado algún botón interno.
Caminamos un buen rato entre árboles altos, un paisaje demasiado perfecto para no esconder un infierno detrás.
—Aquí —anunció el profesor.
—Antes de comenzar, ¿alguien recuerda qué deben hacer hoy?
Levanté la mano.
Y él también.
Todos nos miraron como si hubiéramos cometido un crimen.
Incluida la rubia, cuyo talento para juzgar era realmente admirable.
Bajé la mano en modo retirada estratégica.
—Bien —dijo el profesor—. Ustedes dos buscarán el primer tesoro.
Fantástico.
Justo lo que mi agenda corporativa necesitaba:
una misión absurda con sabor a misterio.
Yo pensé que eso era todo hasta que nos quedamos solos entre árboles, hojas y un silencio demasiado íntimo.
Aren miró el mapa.
Yo miré la nada.
Y el aire…
el aire decidió ponerse interesante.
—No tenías que dejar que ese tipo te agarrara —dijo él sin levantar la vista.
Ahí estaba.
El celito premium.
El que aparece suave, sin hacer show, pero igual marca territorio emocional.
—¿Qué querías que hiciera? —respondí—. ¿Morirme en la puerta?
—No —replicó, guardándose las manos en los bolsillos—.
Solo… pude haberlo hecho yo.
El corazón me hizo una voltereta digna de bonus.
Pero mantuve la compostura, porque uno tiene que aparentar liderazgo incluso cuando el alma se derrite.
—¿Y por qué ibas a hacerlo tú? —pregunté.
Él me miró.
Directo.
Crudo.
Ese tipo de mirada que te lee y te aprueba al mismo tiempo sin pedir permiso.
—Porque no me gusta cuando otros te tocan —respondió.
Ni un temblor.
Ni una sonrisa.
Solo verdad pura en voz baja.
El mundo se quedó quieto.
Incluso los árboles parecían haber dejado de moverse.
—¿Eso es… celos? —pregunté, queriendo sonar desafiante pero fallando miserablemente.
—Tú decide —dijo él con una media sonrisa que no tenía derecho a verse tan bien—.
Pero caminemos. No quiero que te quedes lejos.
—¿Por qué? —quise saber. Porque sí. Porque me estaba hundiendo en él y ya.
—Porque contigo cerca —respondió— las cosas… se sienten menos peligrosas.
Y ahí, sin tocarme, sin decir nada más, sin exagerar, sin empalagar…
entre el misterio, el bosque y esa tensión que vibraba…
se creó un punto perfecto entre él y yo.
Un punto pequeño.
Un punto peligroso.
Un punto que podía convertirse en todo.