Ailin

Capítulo 6

Seguimos buscando.
Y en medio del silencio, sentí esa sensación incómoda… como si unos ojos desconocidos estuvieran recortando mi silueta desde lejos.
La piel me hizo tic tic—alarma barata, versión demo—pero decidí hacerme la valiente corporativa y seguir caminando como si supiera lo que hacía.

—Oye… —solté, tanteando terreno— ¿te puedo preguntar algo?

—Depende —contestó él sin dignarse a verme, como si yo fuera una notificación sin importancia.

—El primer día vi un dibujo en tu cuaderno. ¿De dónde lo sacaste?

Se congeló.
Pero se congeló tipo “se me apagó el WiFi interno”.
Parecía que mi pregunta había tocado un cable pelado en su alma.

—No sabría explicarlo —dijo al fin, mirándome como si yo fuera un código en otro idioma—. ¿Para qué preguntas?

—Para saber —respondí, porque obvio.

Él respiró, como quien trama algo.

—Oye, encontré algo.

—¿Qué?

—Dice que doblamos al tercero y lo vamos a encontrar.

—¿El tesoro?

—No. El otro papel.

—Ah… okay.

Él se viró de golpe, con esa arrogancia elegante que siempre parece patrocinada por su ego.

—¿Por qué eres así?

—¿Y tú por qué haces tantas preguntas? —me salió automático, directo, sin edulcorante.

Silencio.
De ese que no solo se oye… se siente.
Se te pega en la columna, se instala en los huesos, exige respeto.

Seguimos el recorrido sin hablar, como si ya hubiéramos dicho más de la cuenta sin decir nada realmente.
Una tormenta emocional en mute.

Al final lo encontramos.
Ni idea de qué era lo que buscábamos exactamente, pero las pistas nos llevaron a una cabaña sola, vieja, con aura de “si entras, firma tu testamento”.

Aren entró primero.
Yo detrás, pegadita, porque si el piso se abría yo caía primero y no estaba para dramas verticales.

—Tiene que estar por aquí —dijo él con esa voz segura que a veces dan ganas de golpear.

—Ajá.

Sacamos las linternas.
Estaba tan oscuro que mi sombra renunció sin aviso y se fue.

Él buscó por un lado, yo por el otro.
Todo era viejo, húmedo, sospechoso.
Un muro descascarado, una cueva improvisada, polvo como si lo fabricaran ahí.

Hasta que vi algo arriba.
Muy arriba.
Demasiado arriba para mi tamaño estándar.

Y ahí… actué.

—¡AHHHHHHHHHH! —grité como si me hubieran puesto una película de terror en 4D.

—¡Ailin! ¡AILIN! —corrió hacia mí, alarmado—. ¿Qué pasó?

—Nada —respondí tranquila—. Solo quería que vinieras.

Me miró como si evaluara despedirme de la misión.

—¿No podías llamarme por mi nombre? ¿Tú no eres humana?

—No. Soy vampiro.

—Ajá, claro… ¿podemos dejar los shows y concentrarnos?

—Te llamé por algo.

—¿Llamaste o gritaste como niña desesperada?

—Ok yaaaa. ¿Me puedes alzar? No llego.

—Yo puedo —dijo con un tono tan incrédulo que me dio calor en lugares que no voy a mencionar.

—Sí, ajá.

—¿Quieres ayuda o no?

—Por favor.

Bufó como si le doliera ser útil.
Pero me levantó.
Y ahí, con la adrenalina subiéndome como ascensor sin frenos, encontré un tesoro grande, antiguo, hermoso… del tipo que te mira y te cuenta historias viejas sin hablar.

—¿No te gusta? —pregunté.

—¿Por qué no habría de gustarme?

—No sé, tu cara…

—No he dicho que no me guste.

—Pero se nota.

—¿Qué tengo que hacer para que dejes de decir cosas sin sentido?

—Solo dale un toque de aprecio.

—Déjate de estupideces.

Salimos.

Y al llegar…
La rubia apareció como flecha teledirigida hacia él.
Le cayó encima con un abrazo que parecía publicidad de perfume caro.

Me atravesó un puñalito emocional.
No lo voy a disfrazar: dolió.

Me desconcentré, tropecé, y casi me doy de bruces contra el suelo.
Pero otra vez, una mano me sostuvo.

Él.
El otro chico.

—Lo siento —dijo, suave—. Dos veces en un solo día. Tienes que tener más cuidado.
Me pasó una botella de agua como si fuera un acuerdo firmado.

—Gracias —susurré.

Algo en mi pierna ardía.
Él lo notó enseguida.

—¿Te duele?

—No.

Caminé… y fui coja.
Brillante.

—Dicen que cuando el cerebro se da cuenta de algo, empieza a doler —comentó él, tipo doctor improvisado.

—Ajá… claro —murmuré.

Le entregué el tesoro al profesor.

—Te llevo al bus —dijo él—. Tengo mi botiquín.

—¿Tienes botiquín?

—Sí. Mi madre dice que es clave para momentos inoportunos como este.

—¿Y cómo voy a llegar si me duele?

—Pues… te llevo.

—¿Qué? ¿Estás loco?

Pero ya era tarde.
Me cargó en brazos como si fuera parte del protocolo.

No sabía qué pasaba.
Apenas lo conocía y ya teníamos más contacto físico que yo con toda la clase junta.

—¿Cómo te sientes? —preguntó.

—¿Qué?

—Aquí. En este lugar.

—Rara… pero bien.

—Con el tiempo te va a gustar.

—Bueno…

—¿De dónde eres? —pregunté.

—De Turquía.

Me reí.

—Wow… eso es peligrosamente agradable.

—Eso dicen —sonrió, y el aire se volvió suave.

Me desinfectó, puso crema, vendó la herida.
Me ardió hasta la dignidad… pero aguanté.

—Gracias —le dije.

—Quédate con esto —me pasó un frasco pequeño—. Te lo pones luego. Va a ayudarte.

Alex apareció.

—Amiga… qué envidia. Ese tipo está guapísimo.

—Claro —respondí, sin saber si reír o pedir auxilio emocional.

(AREN)

Lo vi apenas se alejó de ella.
La forma en que caminaba.
Ese estilo casi arrogante que siempre tuvo… incluso cuando no tenía nada en la vida.

Claro que lo reconocí.

Pero delante de Ailin me hice el idiota.
Era mejor así.
Ella no tiene que cargar con mis heridas familiares.
Bastante tiene con las suyas.

Cuando ella se quedó a revisar su vendaje, él pasó cerca, demasiado cerca, como si fuera casualidad.




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